Hoy, la gran mayoría de la población basa su dieta en solo cuatro cultivos: el arroz, el maíz, el trigo y las patatas. La globalización de los mercados ha creado una abundancia de alimentos en algunas partes del mundo
Garantizar la seguridad alimentaria de hoy y de mañana pasa por revalorizar el pasado. En muchos casos, el futuro fue sembrado hace miles de años, como en el caso de la quinua, cuyo potencial para contribuir a la seguridad alimentaria mundial celebramos en 2013 con el Año Internacional de la Quinua. Cultivada por los pueblos andinos de América del Sur, la quinua es el único cereal que contiene todos los aminoácidos que el ser humano necesita. Además, se adapta bien a todas las altitudes donde se cultivan especies, desde el nivel del mar hasta el altiplano andino. Por razones mercantilistas fáciles de explicar, los mercados globales se fueron concentrando en el comercio de unas pocas materias primas, denominadas “commodities” alimentarias, dejando infrautilizados a los alimentos cultivados a escala local. El considerado “superalimento andino” es sólo un ejemplo de la importancia de la recuperación y revalorización de los cultivos olvidados como parte central de la respuesta a los desafíos relacionados con la sostenibilidad y el alza y volatilidad de los precios internacionales de los alimentos.
Tan solo cuatro cultivos
Hoy, la gran mayoría de la población basa su dieta en solo cuatro cultivos: el arroz, el maíz, el trigo y las patatas. La globalización de los mercados ha creado una abundancia de alimentos en algunas partes del mundo, pero también ha causado una escasez de alimentos en otras. Al mismo tiempo ha creado una cierta homogeneidad de productos, perdiendo la riqueza de distintas culturas culinarias, y de la biodiversidad que ha sostenido una larga lucha para mantener la diversidad cultural y tradicional. La FAO estima que alrededor de 7 000 especies de plantas se han cultivado o consumido como alimento a lo largo de la historia. En la actualidad, muchas de estas especies están desapareciendo y, con ellas, su diversidad genética. Si perdemos estos recursos únicos e irremplazables, nos será más difícil adaptarnos al cambio climático y garantizar una alimentación sana y diversificada para todos.
Nuestra dependencia calórica en los cuatro cultivos de base y el esfuerzo para aumentar la producción mundial desde los años 60, durante lo que se conoce como la Revolución Verde (que ha permitido garantizar el abastecimiento alimentario de una creciente población mundial), nos ha llevado sin embargo hacia el monocultivo y el uso intensivo de insumos químicos y recursos naturales, lo que ha afectado de forma negativa a numerosos ecosistemas. El enfoque del sector agrario en pocos productos (de alimentos básicos o productos destinados a la exportación) reduce, en consecuencia, la diversidad alimentaria. Y si la dieta se basa en pocos cultivos, crece el riesgo de deficiencia de micronutrientes.
Al mismo tiempo que casi 870 millones de personas pasan hambre, un número aún mayor sufre sobrepeso y obesidad y al mismo tiempo que el acceso inadecuado a alimentos causa el sufrimiento en países pobres. Todos los años los consumidores en países industrializados tiran a la basura 220 millones de toneladas de alimentos, el equivalente a la producción de África Subsahariana. Precisamente para reducir el desperdicio de alimentos, la FAO y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), lanzamos en el mes de enero la campaña «Piensa. Aliméntate. Ahorra: reduce tu huella alimentaria», que pretende concienciar sobre como medidas sencillas por parte de consumidores y vendedores minoristas pueden reducir drásticamente los 1300 millones de toneladas de alimentos que cada año se pierden o desperdician. Sin embargo, afortunadamente, muchas especies infrautilizadas aún no se han perdido y representan la base de los sistemas locales de alimentación de muchas regiones del mundo. Además, en general, estos cultivos están adaptados a las condiciones agroecológicas específicas en las que todavía persisten y mantienen un fuerte vínculo con los medios de vida de las comunidades que los utilizan. Durante miles de años, los países han desarrollado culturas en armonía con el ecosistema, utilizando la rica naturaleza circundante. La alimentación también es parte de nuestra cultura e identidad, como en el caso de México, donde los mayas se autodenominaban «los hombres del maíz». No permitamos que se pierda la riqueza de la identidad y la cultura alimentaria, ni la sabiduría de nuestros antepasados. Todo lo contrario, aprendamos de ellos para que en nuestro futuro haya aún más diversidad. Rumbo a la consecución de los compromisos asumidos en la Conferencia Río+20, nuestro esfuerzo tiene que ver también con avanzar hacia un desarrollo sostenible. Por eso, la manera en la que producimos y cómo consumimos reviste gran importancia.
La FAO promueve la intensificación sostenible de la producción agrícola, que resumimos en la expresión “Ahorrar para Crecer”. La intensificación sostenible consiste en una agricultura productiva que conserva y mejora los recursos naturales. Emplea un enfoque ecosistémico que se basa en la contribución de la naturaleza al crecimiento de los cultivos y aplica insumos externos apropiados en el momento preciso y en la cantidad adecuada. Igualmente, se requieren cultivos y variedades mejor adaptados a las prácticas productivas basadas en el ecosistema que los disponibles en la actualidad, diseñados para la agricultura que requiere una gran cantidad de insumos. El uso selectivo de insumos externos supondrá que las plantas tendrán que ser más productivas, emplear los nutrientes y el agua de manera más eficiente, ser más resistentes a las plagas y las enfermedades y ser más tolerantes a las condiciones climáticas adversas. Las variedades empleadas en la intensificación sostenible de la producción agrícola deberán adaptarse a las zonas y los sistemas productivos menos favorecidos y tendrán que producir alimentos con un valor nutricional más elevado y con propiedades organolépticas. En este contexto, las especies olvidadas e infrautilizadas desempeñan un papel crucial en la lucha contra el hambre y constituyen un recurso clave para el desarrollo agrícola y rural. Los cultivos autóctonos se adaptan mejor ecológicamente a las zonas de las que son propios y ofrecen un amplio valor nutricional.
Sin embargo, el enfoque de investigación científico se ha centrado en la mejora de un número demasiado reducido de cultivos. Es por ello necesario incrementar la investigación científica para la mejora de los cultivos infrautilizados. Aún cuando se investiga, los resultados no llegan siempre a los pequeños productores: es importante que brindemos apoyo a los agricultores familiares para aumentar la productividad, contribuir a la seguridad alimentaria y nutricional, y mejorar los medios de vida, conservando la biodiversidad en sus campos y cocinas y protegiendo nuestra tierra. Es necesario fortalecer las políticas e instrumentos internacionales para la conservación y el uso sostenible de los cultivos olvidados, teniendo en cuenta tanto los desafíos del hambre como los de una alimentación cada vez más sana. Es preciso generar mayor conciencia del valor y del potencial que tienen para la seguridad alimentaria mundial los cultivos infrautilizados a nivel local y regional. Hay que facilitar un mayor intercambio de estos cultivos entre los países para favorecer la investigación y, al mismo tiempo, tener en cuenta el reparto justo y equitativo de los beneficios derivados de la misma. Es, por tanto, imperativo un diálogo entre los países encaminado a rescatar a estos cultivos olvidados para que no perdamos la riqueza ni la sabiduría de nuestros antepasados, para que podamos aprender de ellos. Una mayor diversidad de cultivos hará menos arduo el reto de alimentar al mundo.
Lucha contra el hambre
La FAO fue creada en 1945 con la esperanza de que una vez alcanzada la paz se podría garantizar la seguridad alimentaria a todos los habitantes del planeta. En un mundo devastado por la guerra, expandir la producción de alimentos constituía un arma clave para luchar contra el hambre. En ese sentido, en las últimas décadas la FAO ha dedicado la mayor parte de sus esfuerzos a apoyar a los países a aumentar su producción alimentaria. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la disponibilidad de alimentos per cápita aumentó en un 40 por ciento. Y hoy el mundo produce alimentos suficientes para sus más de siete mil millones de habitantes. La FAO ha contribuido de forma notable a esos logros que, sin embargo, no han sido suficientes para erradicar el hambre.
Sin embargo, a pesar de esos logros, aún demasiada gente padece hambre en el mundo. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, la principal causa del hambre en el mundo en la actualidad ya no es la producción insuficiente, sino la falta de acceso adecuado a los alimentos. Es decir, la gran mayoría de las personas subnutridas se encuentra en esta condición porque no tiene los recursos para producir los propios alimentos o porque no tienen los ingresos para comprarlos.
Esto nos obliga a afrontar el desafío de erradicar el hambre con una visión más amplia, que contemple la agricultura pero no se limite a ella. Afortunadamente, la FAO ya no es la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, sino la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Y desde que asumí el cargo el 1 de enero de 2012, estoy haciendo un esfuerzo para que esta prioridad de la alimentación sobre la agricultura se refleje en el trabajo de la Organización, en el apoyo que la FAO proporciona a sus países miembros en el ámbito de su mandato.
Ese esfuerzo se concreta de diversas maneras. La principal es un proceso de planificación estratégica que centra el trabajo de la FAO en su principal misión: erradicar el hambre, contribuyendo así al futuro sostenible que todos deseamos. El pasado mes de diciembre, el Consejo de la FAO dio su aprobación a un conjunto de objetivos estratégicos que guiarán el trabajo. Llegamos a estos objetivos tras un proceso de consultas y debates de varios meses, involucrando a gobiernos, especialistas internos y externos, representantes de la sociedad civil, del sector privado y del ámbito académico. En el primer paso de ese proceso identificamos ocho tendencias globales que enmarcan el debate sobre la agricultura y la seguridad alimentaria.
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Recuadro 1. Las ocho tendencias globales
1. La demanda de alimentos seguirá creciendo; 2. La inseguridad alimentaria ha disminuido pero sigue siendo un gran problema al que se ha sumado el problema de la obesidad; 3. La malnutrición es un motivo de preocupación cada vez mayor, sobre todo debido a la deficiencia de nutrientes; 4. La pobreza rural ha disminuido en algunas regiones pero sigue siendo un problema importante. Los que pasan más hambre son precisamente los que trabajan en la agricultura, especialmente las mujeres; 5. Los sistemas agrícolas y alimentarios se van haciendo cada vez más complejos. Más del 80% del valor total de la producción de alimentos corresponde a los sectores industrial y comercial; 6. El comercio agrícola sigue creciendo con rapidez, con acuerdos que no siempre son los más justos; 7. El cambio climático ya afecta a la producción de alimentos convirtiendo a las comunidades rurales en particularmente vulnerables. 8. El entorno del desarrollo está cambiando y es necesaria una mejor gobernanza a nivel mundial, regional y nacional para hacer frente a la creciente complejidad social y política de las actividades de desarrollo en la agricultura, la alimentación y los medios de vida rurales. |
En el segundo paso, a partir de esas tendencias identificamos siete desafíos globales relacionados con el mandato de la FAO.
En el tercer paso, medimos las tendencias y los desafíos con las atribuciones básicas de la organización, nuestras funciones principales y nuestras ventajas comparativas para definir donde deberíamos enfocar nuestra labor.
Llegamos a cinco objetivos estratégicos intersectoriales que resumo a continuación:
- Contribuir a la erradicación del hambre, de la inseguridad alimentaria y de la malnutrición.
- Aumentar la producción de manera sostenible.
- Reducir la pobreza rural.
- Facilitar el establecimiento de sistemas alimentarios más integrados y eficientes.
- Aumentar la resiliencia de los medios de vida.
| Recuadro 2. Los siete desafíos globales
1. Incrementar la producción de la agricultura, de las actividades forestales y de la pesca. 2. Erradicar la inseguridad alimentaria, la carencia de nutrientes y los alimentos nocivos en vistas del encarecimiento de los alimentos y la elevada volatilidad de los precios. 3. Mejorar la calidad y el equilibrio del consumo de alimentos y la nutrición. 4. Mejorar los medios de subsistencia de las población, especialmente de los que viven en zonas rurales. 5. Garantizar sistemas alimentarios y agrícolas más integradores en los ámbitos local, nacional e internacional. 6. Incrementar la resiliencia de los medios de vida ante las amenazas y crisis relativas a la agricultura y seguridad alimentaria. 7. Reforzar los mecanismos de gobernanza a fin de satisfacer las necesidades de los sistemas alimentarios, agrícolas, forestales y pesqueros en los planos nacional, regional y mundial. |
La importancia de los cultivos infrautilizados
El rescate de cultivos infrautilizados es un tema que toca varios de estos objetivos y que también tiene una gran relevancia para lograrlos. Hacerlo es de gran importancia para que nuestras sociedades puedan afrontar los desafíos agrícolas y alimentarios de las próximas décadas.
Para lograrlo, también debemos mirar hacia los ámbitos de la producción y el consumo de forma conjunta y no de forma aislada como productores o consumidores. Hoy en día es más acuciante que nunca la necesidad de conservar las especies olvidadas e infrautilizadas para que no se pierdan y de mejorar los cultivos tradicionales, que son importantes para mantener la diversidad de las culturas y el estado nutricional de los pueblos. Las instituciones internacionales y nacionales tienen la capacidad para investigar sobre su mejor y necesitamos aunar esfuerzos intercambiando información y experiencias para utilizar los recursos limitados de una forma más eficiente. De igual forma, no podemos olvidar la importancia de una dieta sostenible. En este caso, la palabra sostenible se refiere al modo en que se produce y se consume el alimento.
Las Naciones Unidas disponen de distintas políticas e instrumentos internacionales para la conservación y para el uso sostenible de los cultivos infrautilizados. La FAO, el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura y el Convenio de Diversidad Biológica son los foros principales en ese sentido. A través de la Comisión intergubernamental sobre recursos genéticos, la FAO trabaja hoy en la preparación del primer Informe del Estado Mundial de la Biodiversidad para la Agricultura y la Alimentación. El documento analizará el estado y las tendencias de la conservación y el uso no sólo de los cultivos infrautilizados sino también de las especies de interés para la ganadería, pesca y acuicultura sostenible.
Con ocasión de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible Río +20 tuve ocasión de participar en la Mesa Redonda de Alto Nivel del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura. Entre las medidas prioritarias que se adoptaron y que tienen importancia para el tema que nos ocupa en esta publicación, quisiera destacar la importancia de generar mayor conciencia del valor efectivo y potencial que tienen para la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible las especies infrautilizadas de importancia local y regional. También la necesidad de estudiar la posibilidad de ampliar la lista de cultivos contenida en el Anexo I del Tratado. Así también se podría facilitar el intercambio, la investigación y el reparto justo y equitativo de los beneficios derivados de los cultivos infrautilizados u olvidados. Por último, quiero reiterar la conveniencia de facilitar un nuevo diálogo, dando el peso que merece a la sociedad civil a fin de completar la gobernanza de todos los recursos fitogenéticos para la alimentación y la agricultura en el marco del Tratado, que necesariamente tendrá que tratar en profundidad los cultivos infrautilizados u olvidados.
Por poner un ejemplo concreto, la FAO está en contacto con los ministerios de Agricultura de Perú para garantizar la disponibilidad de semillas seleccionadas para que puedan ser probados en los países interesados en introducir los cultivos. La Organización también está asociada a la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA), un prestigioso centro de investigación agrícola tropical que fue clave en el éxito del programa de Brasil para reducir drásticamente el hambre, centrando la investigación en los cultivos producidos por pequeños agricultores que aumentaron el suministro local de alimentos en diferentes condiciones geográficas y climáticas.
Uno de los objetivos estratégicos de la FAO es reducir la pobreza rural. Foto: Álvaro López.Volatilidad y alza de los precios
La recuperación de los cultivos olvidados es más actual hoy que nunca y parte central de la respuesta a los desafíos relacionados a la sostenibilidad y al alza y volatilidad de precios. Esta alza ha puesto en evidencia la dependencia de muchos países en los mercados globales y los riesgos que ocurren cuando se dan variaciones bruscas, principalmente para los países pobres que además de importadores netos de alimentos suelen ser también importadores netos de energía.
Aún cuando no provoca un aumento en la subnutrición, el alza de los precios de los alimentos aumenta el costo de la importación de alimentos de los países y el coste de la alimentación para las familias pobres, que muchas veces deben cambiar sus hábitos alimenticios o cortar otros gastos para mantener el consumo que necesitan. La recuperación de los cultivos infrautilizados y la revalorización de los circuitos locales de producción y de consumo son importantes estrategias para hacer frente a la actual situación de volatilidad de precios de los alimentos.
Esto es aún más importante si consideramos las previsiones de la FAO y de la Organización para la Cooperación y del Desarrollo Económico (OCDE), que indican que los precios de los alimentos seguirán altos y volátiles en el futuro próximo. El rescate de productos infrautilizados revaloriza en nuestra alimentación productos que no son materias primas de transacción en los mercados internacionales de alimentos. Es decir, son productos cuyos precios no son determinados por los precios internacionales.
Apostar por la producción de estos cultivos genera alternativas saludables para la alimentación de las familias pobres y puede proporcionar nuevas oportunidades de ingresos para los agricultores familiares. Esto se puede lograr de varias maneras. Encontramos un ejemplo de mucho éxito en la Estrategia Hambre Cero de Brasil y en otros países de América Latina: vincular la alimentación escolar con la producción local a través de la compra de un determinado porcentaje de los alimentos utilizados a agricultores familiares, lo que garantiza una alimentación sana, fresca, variada y adaptada a la cultura local para los estudiantes más necesitados y crea un mercado para los agricultores familiares, a quienes dedicaremos el 2014 con la celebración del Año Internacional de la Agricultura Familiar. El binomio producción y consumo local puede crear dinámicas extraordinariamente positivas para las economías y comunidades locales. Estos son los círculos virtuosos que debemos intentar potenciar.
No menos importante es el hecho de que fortalecer los cultivos y mercados locales también hace aumentar la sostenibilidad de la alimentación, ya que disminuye los costes asociados al transporte y almacenamiento. Por eso acordamos hablar de transporte cero cuando hablamos de Hambre Cero. Cuando se trata de hambre la única cifra aceptable es ésa: cero. Podemos alcanzar esa meta si unimos nuestros esfuerzos.
Jose Graziano da Silva
Director General
FAO
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