El volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Ha’apai, en el Pacífico Sur, dejó una de las imágenes más impactantes de 2022. Pero ahora los científicos han encontrado otra pista dentro de aquella enorme nube de ceniza y vapor. El propio penacho volcánico pudo destruir parte del metano que liberó durante la erupción.
La conclusión viene de un estudio publicado en Nature Communications. Los investigadores detectaron una señal muy alta de formaldehído a unos 30 kilómetros de altura, una huella química que aparece cuando el metano se oxida en la atmósfera. El cálculo es llamativo. Unas 900 ± 220 toneladas de metano destruidas al día, tras una inyección mínima estimada de 330 gigagramos de metano en la estratosfera.
La pista estaba en el formaldehído
El formaldehído no dura mucho en el aire. Por eso, verlo durante días dentro de la nube volcánica no encajaba con una simple emisión puntual del volcán. Algo seguía fabricándolo mientras la nube avanzaba.
Ese «algo», según el equipo, era la destrucción continua de metano. El instrumento TROPOMI, a bordo del satélite Sentinel-5P de la Agencia Espacial Europea, permitió seguir esa señal química en la enorme nube que salió del volcán. La Universidad de Copenhague explica que la nube pudo rastrearse durante 10 días, incluso mientras se desplazaba hacia Sudamérica.
Maarten van Herpen, de Acacia Impact Innovation BV y primer autor del estudio, lo resumió con una frase clara. «Hasta ahora no se sabía que la ceniza volcánica también fuera capaz de limpiar parcialmente esta contaminación», explicó. Y eso cambia la forma de mirar este tipo de erupciones.
Sal, ceniza y luz solar
La clave no está solo en la ceniza. Hunga Tonga-Hunga Ha’apai era un volcán submarino, así que la erupción lanzó enormes cantidades de agua de mar salada junto con material volcánico hasta la estratosfera. Una mezcla poco común. Y muy potente desde el punto de vista químico.
La hipótesis del estudio es que la luz solar actuó sobre esa mezcla de sal, ceniza y compuestos con hierro. Así se habrían generado átomos de cloro muy reactivos, capaces de atacar el metano y acelerar su descomposición. En la práctica, el formaldehído visto por satélite era la marca visible de ese proceso.
Matthew Johnson, investigador de la Universidad de Copenhague, señaló que lo sorprendente es que un mecanismo parecido ya se había observado con polvo del Sáhara y sal marina sobre el Atlántico. Lo nuevo es verlo en una nube volcánica, mucho más arriba, donde las condiciones físicas son muy distintas.
Por qué importa el metano
El metano preocupa porque calienta mucho a corto plazo. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente recuerda que es unas 80 veces más potente que el CO2 durante los 20 años posteriores a su emisión. También apunta que es responsable de aproximadamente un tercio del calentamiento actual.
La diferencia con el CO2 es que el metano dura menos. Suele permanecer en la atmósfera alrededor de una década, frente a los efectos mucho más largos del dióxido de carbono. Por eso, reducir metano ahora puede notarse antes en el clima. No arregla todo, pero ayuda a pisar el freno.
Aquí entra el interés de este hallazgo. Si la naturaleza ha mostrado una vía para destruir metano en condiciones muy concretas, los científicos pueden estudiarla con más detalle. No para celebrar una erupción, claro está, sino para entender una reacción que hasta ahora no se había medido así.
No es una solución mágica
Conviene no confundirse. El estudio no dice que los volcanes sean buenos para el clima ni que haya que copiar sin más lo que ocurrió en Tonga. Una erupción de este tipo también libera gases, partículas y puede causar daños enormes. Basta recordar el tsunami y el impacto regional de aquel evento.
Además, trabajar con cloro reactivo en la atmósfera no es algo menor. Cualquier intento de imitar el proceso tendría que demostrar antes que es seguro, medible y eficaz. En ciencia climática, la letra pequeña importa. Y mucho.
Los propios investigadores van con cautela. Nature Communications señala que la producción de cloro por fotoquímica de hierro y cloruro en ceniza volcánica recubierta de sulfato es un mecanismo plausible, pero que harán falta modelos específicos y estudios de laboratorio para confirmarlo del todo.
Los satélites abren una puerta
Uno de los puntos más interesantes está en la medición. Si algún día se prueban tecnologías para acelerar la eliminación de metano, habrá que saber cuánto gas se ha destruido realmente. No basta con prometerlo en un informe bonito.
Ahí TROPOMI puede tener un papel importante. El estudio presenta una metodología para usar el formaldehído como señal indirecta de oxidación del metano, especialmente sobre océanos, donde medir metano por satélite es más complicado. Es una especie de detector de huellas químicas.
Jos de Laat, del Real Instituto Meteorológico de los Países Bajos, lo explicó de forma muy directa. Demostrar que el metano se ha eliminado de la atmósfera es difícil, pero el trabajo muestra que esa destrucción puede observarse con satélites. Esa es una pieza clave.
Lo que viene ahora
El descubrimiento obliga a mirar mejor el presupuesto global del metano. Es decir, cuánto entra en la atmósfera y cuánto desaparece por procesos naturales. Si el polvo volcánico puede influir, aunque sea en situaciones raras, habrá que incluir mejor ese efecto en los cálculos.
También abre una línea de investigación para la ingeniería climática, pero con muchas preguntas por delante. ¿Se puede reproducir este proceso sin generar problemas nuevos? ¿Cuánto costaría? ¿Cómo se controlaría? ¿Qué pasaría si se aplicara a gran escala?
Por ahora, la lección principal es más sencilla. Una erupción volcánica extrema ha mostrado una química atmosférica inesperada, y los satélites han permitido verla casi en directo. El estudio científico completo ha sido publicado en Nature Communications.













