Una central térmica de carbón en Ningbo, en la provincia china de Zhejiang, está probando una idea que suena casi imposible. En lugar de limitarse a capturar el dióxido de carbono y enterrarlo bajo tierra, el sistema atrapa parte de los gases de la combustión y los transforma en fertilizante para el campo. En palabras del responsable del proyecto, «por un lado entra gas de combustión y por el otro sale fertilizante».
La conclusión principal es sencilla, aunque tiene matices. Esta tecnología puede ayudar a reducir emisiones industriales y fabricar abonos útiles, pero no convierte una central de carbón en una fuente limpia de energía. Lo que sí hace es abrir una vía distinta para la captura de carbono, una que mira menos al subsuelo y más a los agricultores.
Del humo al abono
El proyecto pertenece a Jiangnan Environmental Technology (JNG), una empresa que lleva años trabajando con tecnologías basadas en amoníaco para limpiar gases industriales. Su nuevo enfoque captura dióxido de azufre y dióxido de carbono, dos gases asociados a la quema de carbón, y los usa como materia prima para fabricar fertilizantes.
El proceso no es magia, es química aplicada a escala industrial. El amoníaco absorbe los gases del escape y forma compuestos como sulfato de amonio y bicarbonato de amonio, usados como fertilizantes. Según la presentación técnica de JNG, una tonelada de amoníaco puede capturar 2,6 toneladas de CO2 y producir 4,6 toneladas de fertilizante de bicarbonato de amonio.
La diferencia con enterrar CO2
La captura de carbono tradicional suele funcionar de otra manera. Primero se separa el CO2 de los gases industriales, luego se comprime o licua y finalmente se almacena en formaciones geológicas adecuadas. El problema es evidente para cualquier empresa que tenga que pagar la obra. Hace falta infraestructura cara, permisos, transporte y un subsuelo que sirva.
Aquí la lógica cambia. En vez de tratar el CO2 solo como un residuo molesto, se convierte en un ingrediente para producir fertilizante. A cambio, conviene no exagerar. Usar carbono en un producto agrícola no siempre equivale a guardarlo durante siglos, y el propio material técnico de JNG señala que el bicarbonato de amonio puede volver a descomponerse en CO2 según el uso del proyecto.
Las cifras del piloto
El piloto de Ningbo empezó a funcionar en agosto de 2025 en las instalaciones de Jiufeng Thermal Power. Su diseño permite capturar unas 10 000 toneladas de CO2 al año y producir cerca de 30 000 toneladas de fertilizante compuesto con carbono y azufre. No es una cantidad gigantesca frente a las emisiones de una gran flota de carbón, pero sí basta para probar si la cadena industrial funciona.
Los primeros ensayos agrícolas se han centrado en arrozales de Dongqianhu, también en Ningbo. En esas pruebas, el tratamiento con el nuevo fertilizante logró hasta un 6,2 % más de rendimiento frente a la fertilización convencional, según la información difundida por los responsables del proyecto. Además, el informe citado indica una mejora del retorno económico, de 6,20 a 8,08.
Qué gana el agricultor
¿Qué significa esto para quien trabaja el campo? En la práctica, lo que importa no es solo que el fertilizante venga de una chimenea, sino que funcione, cueste menos y no deje más problemas en el suelo o en el agua. Y eso, de momento, es justo lo que los ensayos intentan comprobar.
Las pruebas citadas apuntan a una menor pérdida de nitrógeno, fósforo y potasio hacia el entorno, tres nutrientes básicos que, cuando se escapan, pueden contaminar ríos, lagunas y acuíferos. También se habla de un posible ahorro de costes para los agricultores, incluso de hasta el 50 % según los promotores, aunque ese dato necesita validación comercial a gran escala. No es poca cosa.
No todo está resuelto
La parte incómoda es clara. Esta tecnología nace alrededor de centrales de carbón, y el carbón sigue siendo una fuente importante de CO2. Capturar una parte de las emisiones no borra el impacto climático de quemarlo, del mismo modo que poner un filtro en un tubo de escape no convierte un atasco lleno de humo en movilidad sostenible.
También queda por ver de dónde sale el amoníaco usado en el proceso. Si se produce con energía fósil, el balance climático empeora. Si se obtiene con hidrógeno verde y electricidad renovable, la historia cambia bastante. La propia empresa plantea ese camino dentro de una cadena con hidrógeno verde, amoníaco verde y fertilizantes de menor huella climática.
Ensayos fuera de China
El fertilizante ya se está probando fuera de China, con ensayos citados en Alemania, Francia, España, Italia y Brasil. La idea es comprobar si responde igual en suelos, climas y cultivos distintos. Porque una cosa es funcionar en un arrozal concreto de Ningbo y otra muy distinta convencer a agricultores de medio mundo.
Para España, el punto clave será ese. No basta con que el fertilizante sea barato o venga de una tecnología llamativa. Tendrá que demostrar seguridad, eficacia agronómica, control de emisiones reales y encaje con la normativa europea. Tampoco debe confundirse con un fertilizante ecológico certificado, porque su origen está en gases de una central de carbón.
El material técnico sobre la tecnología CCUF ha sido publicado por Jiangnan Environmental Protection Group.













