¿Puede un lobo convertirse en una herramienta contra el cambio climático? La pregunta suena rara, casi sacada de una conversación de campo más que de un estudio científico. Pero una investigación liderada por la Universidad de Leeds acaba de poner esta idea sobre la mesa al analizar qué pasaría si se reintrodujeran lobos en varias zonas de las Tierras Altas escocesas.
La conclusión principal es clara, aunque necesita matices. Los lobos no capturan CO2 por sí mismos. Lo harían los árboles, si estos depredadores reducen la presión de los ciervos rojos sobre los brotes jóvenes y permiten que los bosques nativos vuelvan a crecer con más fuerza. En el escenario estudiado, ese nuevo bosque podría absorber alrededor de un millón de toneladas de CO2 al año.
Lobos para salvar árboles
El problema empieza con los ciervos rojos. En muchas zonas de Escocia, estos animales comen los brotes de árboles jóvenes antes de que puedan crecer. Es como intentar plantar un bosque y ver cómo desaparece poco a poco, rama a rama.
Los lobos fueron erradicados de Escocia hace unos 250 años. Sin ese depredador natural, las poblaciones de ciervo rojo crecieron durante décadas, pese a la gestión humana. Según la Universidad de Leeds, las estimaciones más recientes sitúan la población hasta en unos 400 000 ejemplares.
Y eso se nota. Escocia tiene hoy uno de los niveles más bajos de bosque nativo de Europa, con solo alrededor del 4% del país cubierto por este tipo de vegetación. En la práctica, la regeneración natural queda muchas veces limitada a zonas valladas, donde los ciervos no pueden entrar.
El cálculo que sorprende
Los investigadores analizaron cuatro áreas clasificadas como Scottish Wild Land. Son los Cairngorms, las Tierras Altas del suroeste, las Tierras Altas centrales y las Tierras Altas del noroeste. Allí aplicaron un modelo de depredador y presa para calcular el posible efecto de recuperar al lobo gris.
El resultado apunta a una población de unos 167 lobos. Según el modelo, esa cifra bastaría para reducir los ciervos rojos hasta un nivel en el que los árboles podrían regenerarse de forma natural. No es poca cosa.
El dato más llamativo llega después. Los investigadores estiman que cada lobo estaría asociado de forma indirecta a una absorción anual de 6080 toneladas de CO2, gracias al crecimiento del bosque. Traducido a dinero, cada animal tendría un valor climático aproximado de 154 000 libras, según las valoraciones actuales del carbono usadas en el estudio.
No es magia climática
Aquí conviene frenar un poco. Un lobo no funciona como una máquina de captura de carbono. No aspira CO2 del aire, no lo almacena en su cuerpo y no sustituye a la reducción de emisiones.
Lo que plantea el estudio es una cadena ecológica. Si hay lobos, hay menos ciervos o ciervos más cautelosos. Si hay menos presión sobre los brotes, crecen más árboles. Y si crecen más árboles, el bosque puede almacenar más carbono durante años.
A esto se le llama cascada trófica. Es una forma técnica de decir que un cambio en la parte alta de la cadena alimentaria puede mover muchas piezas por debajo. En este caso, el depredador afectaría al herbívoro y el herbívoro dejaría más margen al bosque.
Clima y biodiversidad juntos
El profesor Dominick Spracklen, autor principal del trabajo en la Escuela de Tierra y Medio Ambiente de la Universidad de Leeds, resume el fondo del debate con una idea sencilla. Según explicó, las crisis climática y de biodiversidad ya no pueden tratarse como problemas separados.
El investigador defiende mirar con más atención a los procesos naturales, incluida la reintroducción de especies, para “recuperar nuestros ecosistemas degradados”. Dicho de otra forma, no todo pasa por plantar árboles en fila o levantar vallas. A veces, la naturaleza necesita que vuelvan algunas piezas que se quitaron del tablero.
Según el comunicado, ese millón de toneladas de CO2 al año equivaldría aproximadamente al 5% del objetivo de eliminación de carbono en bosques que el Comité de Cambio Climático del Reino Unido ha señalado como necesario para llegar a cero emisiones netas en 2050. Es una cifra importante, pero sigue siendo una parte del problema, no la solución completa.
El conflicto sigue ahí
La propuesta no llega a un terreno tranquilo. La reintroducción del lobo suele despertar preocupación entre ganaderos, cazadores y comunidades rurales. No es difícil entenderlo. Cuando se habla de grandes depredadores, la conversación deja de ser solo ecológica y entra en la vida diaria de quienes trabajan con animales o viven cerca del monte.
Los propios investigadores reconocen que cualquier paso en esa dirección necesitaría una participación pública amplia. Lee Schofield, coautor del estudio, señaló que el objetivo es aportar nueva información para las conversaciones sobre posibles reintroducciones en el Reino Unido y otros lugares. También advirtió de que los conflictos entre humanos y carnívoros deben abordarse con políticas que tengan en cuenta las actitudes de la gente.
Es decir, el estudio no dice que mañana vayan a soltar lobos en Escocia. Lo que hace es añadir una pieza nueva al debate. Hasta ahora se hablaba sobre todo de biodiversidad, gestión de ciervos y restauración del paisaje. Ahora entra también el clima.
Qué cambia ahora
Lo más interesante del estudio es que cambia la pregunta. Ya no se trata solo de si Escocia puede convivir otra vez con el lobo, sino de si recuperar grandes depredadores puede ayudar también a restaurar bosques y almacenar carbono.
Para quienes miran el cambio climático desde la ciudad, puede parecer un debate lejano. Pero en el fondo habla de algo muy cercano. Bosques que crecen, fauna que vuelve, paisajes que retienen más carbono y decisiones difíciles sobre cómo queremos gestionar la naturaleza en las próximas décadas.
El estudio completo ha sido publicado en Ecological Solutions and Evidence.



