Una nueva fiebre del cacao está avanzando por el sureste de Liberia, una de las últimas grandes reservas de selva tropical de África Occidental. Una investigación de Mongabay siguió las alertas de los satélites hasta Grand Gedeh y encontró plantaciones abiertas dentro del bosque, trabajadores migrantes, acuerdos de tierras poco claros y una vigilancia desbordada.
La conclusión es incómoda. El cacao promete ingresos a comunidades con pocas alternativas, pero su expansión está destruyendo el recurso del que depende ese futuro y puede cerrar al país las puertas del mercado europeo. La tableta que termina en un supermercado de la UE empieza, en algunos casos, en una parcela cuyo origen nadie puede demostrar con precisión.
Una alarma desde el satélite
El primer aviso apareció en Global Forest Watch, donde los puntos de pérdida forestal se acumulaban en Grand Gedeh. Entre 2024 y 2025, el condado perdió una superficie de bosque primario superior a cuatro veces el tamaño de Manhattan, mientras que desde 2002 la pérdida acumulada de bosque primario húmedo alcanza unas 72 000 hectáreas.
Mongabay no se quedó en el mapa. Sus reporteros viajaron en todoterreno, motocicleta y a pie, durmieron en la selva y acompañaron a guardabosques hasta claros ilegales donde las hileras de cacao ya cortaban la copa de los árboles. Las plantaciones también están presionando zonas propuestas para protección, como el propuesto Parque Nacional de Kwa.
El cacao cruza la frontera
En Costa de Marfil, el envejecimiento de los árboles, el agotamiento de algunos suelos, las enfermedades y las alteraciones del clima han reducido la seguridad de las cosechas. Además, la tierra disponible es cada vez más escasa.
A la vez, los precios internacionales se dispararon. En abril de 2024, los futuros del cacao alcanzaron máximos históricos por encima de los 12 000 dólares por tonelada, cerca de cuatro veces los niveles observados un año antes en algunos mercados. Ese salto convirtió cada hectárea nueva en una oportunidad difícil de ignorar.
Muchos trabajadores con experiencia cacaotera han cruzado desde Costa de Marfil, aunque una parte procede originalmente de Burkina Faso. En Liberia encuentran propietarios dispuestos a ceder bosque mediante acuerdos de “plantar y compartir”, por los que el trabajador crea la plantación y ambas partes se reparten después la tierra o los ingresos.
Un bosque que sostiene mucho más
Liberia conserva alrededor del 43 % de lo que queda del bosque de la Alta Guinea, considerado un punto crítico mundial de biodiversidad. Sus selvas cubrían cerca del 69 % del país en 2019 y forman uno de los grandes bloques forestales que aún sobreviven en la región.
¿Qué se pierde cuando se sustituye esa selva por cacao? Desaparecen hábitats, se libera carbono almacenado y se debilitan servicios cotidianos como la protección del suelo, el agua y los recursos rurales. Una plantación puede parecer verde, pero no equivale a un bosque primario. No es poca cosa.
Acuerdos con demasiadas sombras
La investigación muestra que no existe un único culpable. Las familias liberianas buscan ingresos, los trabajadores migrantes buscan tierra y empleo, los intermediarios aprovechan el mercado y las empresas necesitan más grano para alimentar la cadena mundial del chocolate.
El problema aparece cuando esos intereses se unen sobre terrenos mal delimitados. Un informe independiente de IDEF encontró cesiones de decenas e incluso cientos de hectáreas, a menudo mediante compromisos informales cuyo reparto futuro no siempre queda claro. En la práctica, el bosque se convierte en moneda de cambio.
También hay una dimensión humana. Las patrullas han detenido a trabajadores dentro de áreas protegidas, mientras distintas investigaciones alertan sobre conflictos de tierras, explotación y posibles casos de trabajo infantil. Castigar al último eslabón sin ordenar la propiedad y la cadena comercial difícilmente resolverá el problema.
Europa pone fecha al problema
El Reglamento de la Unión Europea sobre productos libres de deforestación comenzará a aplicarse el 30 de diciembre de 2026 a los operadores grandes y medianos. Los operadores micro y pequeños del cacao dispondrán hasta el 30 de junio de 2027.
Para entrar en el mercado europeo, el cacao tendrá que proceder de tierras que no hayan sido deforestadas después del 31 de diciembre de 2020 y cumplir la legislación del país productor. Las empresas deberán conocer la parcela de origen y aportar datos que permitan comprobarlo.
Liberia ha comenzado a preparar una hoja de ruta nacional de trazabilidad, pero el sistema todavía es incipiente y persisten vacíos en el registro y la geolocalización de las fincas. Sin esa información, incluso el cacao cultivado legalmente puede quedarse fuera porque el comprador europeo no tendrá cómo demostrar su origen.
Una norma que divide al país
El ministro interino de Agricultura, David Akoi, calificó la regulación europea como una “nueva norma colonial” durante una comparecencia ante el Senado. Su argumento es que los costes técnicos pueden excluir a pequeños agricultores y chocar con los planes nacionales para ampliar la producción.
Otros responsables liberianos sostienen lo contrario y advierten de que rechazar la norma sin una alternativa puede aislar al país de sus principales mercados. En el fondo, la disputa gira alrededor de una pregunta muy concreta. ¿Quién pagará los mapas, el registro de agricultores y la vigilancia?
Producir sin borrar la selva
IDEF propone suspender temporalmente los nuevos desmontes para cacao en Grand Gedeh hasta que existan mapas y trazabilidad, además de reforzar a la Autoridad de Desarrollo Forestal y formalizar los derechos sobre las tierras comunitarias. También reclama cooperación entre Liberia, Costa de Marfil y la Unión Europea.
Eso no significa acabar con el cacao. La alternativa pasa por mejorar las plantaciones existentes, recuperar fincas degradadas, profesionalizar las cooperativas y dirigir la expansión hacia terrenos ya transformados. El análisis de preparación para la norma europea señala el control de la deforestación, la modernización y la trazabilidad como las tareas urgentes.
Para el consumidor europeo, la lección es sencilla. Una etiqueta sostenible vale poco si nadie puede seguir el grano hasta su parcela, pero la responsabilidad principal recae en las empresas y las autoridades capaces de cambiar toda la cadena.
La investigación completa ha sido publicada en Mongabay.



