Costa Rica estuvo a punto de perder una de sus mayores riquezas naturales. En 1987, su cobertura forestal había caído hasta el 21% del territorio por la expansión agrícola y ganadera. Ahora, el mapa nacional de 2023 sitúa esa cobertura en el 58,4%.
La clave es que este giro no llegó solo por plantar millones de árboles. Llegó por cambiar las reglas del juego. El país protegió bosques, pagó a propietarios por conservarlos, dejó regenerar tierras degradadas y convirtió la biodiversidad en un activo económico. ¿La parte más interesante? Nuevos estudios apuntan a que no solo volvieron los árboles, también está volviendo la vida.
El giro empezó con una crisis
Durante décadas, talar bosque era visto como una forma normal de hacer productiva la tierra. Ganadería, cultivos de exportación, carreteras y políticas mal diseñadas empujaron a muchas fincas a cambiar árboles por pastos. Según la ONU Climática, Costa Rica tuvo una de las tasas de deforestación más altas del mundo en los años setenta y ochenta.
El propio organismo recuerda que, en 1950, más de la mitad del país estaba cubierto por bosques, pero en 1995 esa cifra había bajado al 25%. El dato de 1987, recogido por el mapa forestal presentado por PNUD Costa Rica con base en información del SINAC, marca el punto más bajo con un 21%.
Ese desplome no solo significaba menos árboles. También suponía menos refugio para animales, más erosión y ríos más vulnerables. Cuando desaparece el bosque, el problema no se queda en el bosque.
El país decidió pagar por conservar
El cambio más famoso llegó con el Pago por Servicios Ambientales, conocido como PSA. FONAFIFO lo define como un reconocimiento económico del Estado a propietarios de bosques y plantaciones por los servicios que prestan al ambiente. Entre ellos están la captura de carbono, la protección del agua, la biodiversidad y la belleza escénica.
En la práctica, Costa Rica hizo algo bastante simple de entender. Si destruir el bosque daba dinero y conservarlo no, había que corregir esa cuenta. El programa se financia con fuentes como el impuesto a los combustibles, el canon de agua, créditos de carbono y alianzas públicas y privadas.
La ONU Climática señala que más de 18.000 familias se han beneficiado del programa, con una inversión de 524 millones de dólares y más de 1,3 millones de hectáreas bajo contratos PSA. No es poca cosa.
Plantar árboles no fue suficiente
La recuperación no se entiende si se reduce a una foto de alguien metiendo un plantón en la tierra. Eso ayuda, claro. Pero buena parte del éxito vino de dejar que antiguas fincas y pastos se recuperaran de manera natural.
Un estudio reciente dirigido por investigadores de ETH Zurich escuchó 16.658 horas de sonido en 119 puntos de la península de Nicoya. Compararon pastos degradados, bosques regenerados bajo el programa PSA, plantaciones y bosques maduros protegidos.
El resultado es muy revelador. Los bosques que se dejaron regenerar de forma natural sonaban mucho más parecidos a los bosques maduros que a los antiguos pastos. Las plantaciones de monocultivo, sobre todo de teca, también mostraron recuperación, pero con sonidos más pobres y menos complejos.
El bosque vuelve con ruido
Puede parecer raro medir un bosque por su sonido, pero tiene sentido. En un bosque sano se oyen aves, insectos, anfibios y otros animales. No es solo una pared verde vista desde un satélite.
Según el estudio, los sitios regenerados de forma natural eran, de media, 1,4 veces más parecidos acústicamente a los bosques de referencia que a los pastos degradados. Al atardecer, incluso llegaron a sonar casi igual que zonas de parques nacionales.
Esto cambia la lectura de la historia. Costa Rica no solo recuperó cobertura forestal. En muchos lugares, según estos datos, también empezó a recuperar funciones ecológicas. Y eso se nota.
Los parques fueron la base
Otro pilar fue la red de áreas protegidas. Costa Rica presume de proteger alrededor del 25% de su territorio nacional a través del Sistema Nacional de Áreas de Conservación. Esa red ha dado refugio a bosques lluviosos, manglares, humedales, volcanes y zonas costeras.
El país ocupa apenas el 0,03% de la superficie del planeta, pero la información oficial de turismo estima que alberga cerca de medio millón de especies, alrededor del 6% de la biodiversidad mundial. Es una concentración enorme en un territorio pequeño.
Por eso los parques nacionales no fueron un adorno en esta historia. Fueron el punto de apoyo. Sin esas zonas, muchas especies habrían tenido menos margen para recolonizar paisajes regenerados.
La economía también cambió
La otra gran lección es económica. Costa Rica entendió que un bosque puede generar valor sin convertirse en madera, pasto o cultivo. El ecoturismo, la investigación científica y los servicios ambientales dieron una salida distinta a muchas comunidades.
Quien ha caminado por un sendero tropical sabe que el bosque no es una abstracción. Hay sombra, humedad, ruido, aves, guías locales, alojamientos pequeños y familias que viven de que ese paisaje siga ahí.
Pero no todo está resuelto. Los bosques jóvenes no sustituyen de golpe a los bosques primarios. El cambio climático, los incendios, la presión agrícola, el crecimiento urbano y el tráfico ilegal de especies siguen siendo amenazas reales.
Una lección para otros países
La historia de Costa Rica funciona porque combina varias piezas. Primero protegió lo que quedaba. Luego pagó por conservar, dejó regenerar tierras degradadas, creó áreas protegidas y vinculó la naturaleza con ingresos reales.
La parte replicable no es tener jaguares, tucanes o bosques nubosos. La parte replicable es la decisión política. En el fondo, Costa Rica demostró que la recuperación forestal no aparece sola.
Ahora el reto es más exigente. Ya no basta con contar árboles desde arriba. Hay que medir si los bosques son diversos, si conectan hábitats, si protegen agua y si siguen siendo útiles para la gente que vive cerca de ellos.
El estudio sobre la recuperación de biodiversidad ha sido publicado en Global Change Biology.



