A las 22:45 del 11 de septiembre de 2017, los voluntarios que contaban pájaros desde la azotea de un aparcamiento cercano a Wall Street ya veían más de mil aves girando dentro de los haces del homenaje del 11-S en Nueva York. «No son ángeles ni confeti. Son aves en apuros», dijo Susan Elbin, entonces directora de conservación y ciencia de la Audubon de Nueva York.
Poco después, Elbin fue a buscar al equipo de producción para pedir que apagaran las luces, según contó la periodista Annie Novak en 2018 en Living Bird, la revista del Laboratorio de Ornitología de Cornell.
Esa escena se repite cada septiembre desde hace años, y un estudio publicado en 2017 le puso cifra. Según sus cálculos, el Tribute in Light influyó en el comportamiento de unos 1,1 millones de aves migratorias durante siete noches del 11 de septiembre repartidas entre 2008 y 2016.
La cifra se refiere a aves concentradas o desviadas por la luz, y los autores no la presentan como un recuento de animales muertos.
Dos columnas de luz en plena migración
El Tribute in Light recuerda desde 2002 a las víctimas de los atentados de 2001 con dos haces verticales que evocan las Torres Gemelas. Según el Museo y Memorial del 11-S, la instalación usa 88 bombillas de xenón de 7000 vatios cada una, colocadas en dos cuadrados de unos 14,6 metros de lado sobre un aparcamiento del sur de Manhattan.
La fecha coincide con el pico de la migración de otoño en el noreste de Estados Unidos.
«La mayor parte del movimiento es invisible para nosotros porque ocurre de noche y, a veces, a miles de pies sobre el suelo», explicó Andrew Farnsworth, ecólogo especializado en migración y científico visitante del Laboratorio de Ornitología de Cornell, en una nota de la universidad publicada el 10 de septiembre de 2026.
«Pero cuando las aves migratorias encuentran una fuente de luz artificial extraordinariamente brillante, podemos ver esa migración oculta», añadió Farnsworth, que sigue a las aves del homenaje desde 2002.
Cómo se calculó la cifra de 1,1 millones
El trabajo lo dirigieron Benjamin Van Doren, del Laboratorio de Ornitología de Cornell y la Universidad de Oxford, y Kyle Horton, del mismo laboratorio y la Universidad de Oklahoma. Farnsworth y Elbin figuran entre los coautores.
El equipo revisó las noches del 11 de septiembre de 2008 a 2016 y dejó fuera 2009 y 2011 porque la lluvia impedía leer bien los datos del radar, con lo que quedaron siete noches en siete años distintos.
Para estimar el efecto, los investigadores compararon las aves detectadas en un radio de cinco kilómetros alrededor de los focos con las que cabía esperar según la densidad de la zona que los rodea. Al sumar esas diferencias salieron unos 1,1 millones de aves, con un intervalo de confianza del 95 % de entre 600.000 y 1,6 millones.
Con la luz encendida, la densidad máxima de aves cerca del memorial superó 20 veces la del entorno todos los años, pasó de 60 veces en cinco de ellos y de 150 veces en 2008, 2012 y 2013. Sin luz, nunca llegó a 13 veces ese nivel de referencia.
Aves que frenan, giran y llaman sin parar
«Teníamos a más de 20 voluntarios estupendos en tierra contando aves para confirmar lo que pasaba en los haces», contó Farnsworth en octubre de 2017 a All About Birds, la web del laboratorio. «También usamos herramientas de teledetección, incluidos datos de los radares locales del Servicio Meteorológico Nacional, para entender la densidad y los movimientos de las aves. Los monitores acústicos grabaron los reclamos y captaron el comportamiento vocal de las aves en los haces».
Con los focos encendidos, el efecto se notaba incluso en noches despejadas y hasta unos 4 kilómetros de altura. «Frenan, empiezan a dar vueltas y llaman con más frecuencia. Acaban gastando energía sin avanzar y se arriesgan a chocar con edificios cercanos o a ser atrapadas por depredadores», explicó Van Doren en la misma publicación.
En 2015 y 2016, los observadores anotaron que muchas aves chocaban contra las ventanas de un edificio en construcción situado justo al norte de los focos, en el número 50 de West Street, un problema que en España también preocupa por las colisiones de aves contra cristales.
Veinte minutos a oscuras para dejarlas marchar
Según el estudio, cuando los observadores ven más de 1000 aves girando en los haces, la Audubon de Nueva York pide a los organizadores que apaguen la instalación durante unos 20 minutos. «Tenía que ser una cifra alta porque estamos pidiendo mucho», explicó Elbin a Living Bird, que recoge otras dos razones para el apagado, que un ave caiga muerta o que las aves parezcan atrapadas, volando bajo y llamando.
Durante las siete noches del estudio, la luz se cortó 22 veces, unos 20 minutos cada vez. Al apagarse, las aves se dispersaban, aceleraban, llamaban menos y se alejaban del lugar «en cuestión de minutos», escriben los autores.
En 2024, los voluntarios de la antigua Audubon, hoy NYC Bird Alliance, contaban las aves cada 20 minutos y pedían el apagado con 500 por haz o 1000 entre los dos, contó Katherine Chen, que se encarga allí de la ciencia ciudadana y de reducir los choques de aves.
Aquel 11 de septiembre, el primer apagado llegó a las 22:28 y duró 15 minutos. «En menos de dos minutos desde que se apagaron las luces, las aves habían despejado por completo el cielo sobre nosotros», escribió Chen en el balance de NYC Bird Alliance.
A la mañana siguiente, añade la organización, sus voluntarios no encontraron en los edificios cercanos más aves muertas de las que cabría esperar con los focos apagados.
Lo que el estudio no puede demostrar
Los autores advierten de que su trabajo fue «oportunista y no un experimento controlado». El viento, la temperatura, las nubes y otras luces de la ciudad podían influir en cuántas aves se concentraban, y en 2014 apenas hubo pájaros en los haces y las luces no llegaron a apagarse.
Tampoco pudieron medir la mortalidad. «No tenemos datos suficientes para analizar la mortalidad en relación con la iluminación y la intensidad de la migración», escriben. Entre otras cosas, los andamios impedían que las aves cayeran al suelo y los carroñeros y el personal de los edificios retiraban los cuerpos.
Una lección útil para casas y oficinas
El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos explica que la iluminación nocturna puede atraer aves migratorias desde hasta 5 kilómetros de distancia y que, cuando quedan atrapadas en una luz que no se puede quitar, apagarla entre 15 y 20 minutos les permite escapar.
La agencia aconseja apagar la luz que no hace falta, sobre todo de abril a mayo y de agosto a octubre, apuntar las lámparas hacia el suelo y usar luces cálidas de menos de 2700 kelvin. Son consejos que encajan con lo que ya se sabe de la contaminación lumínica en ecosistemas tan remotos como la Antártida o de las luces que desvían el primer vuelo de los frailecillos en Islandia.
Del bajo Manhattan al monte Washington
Este año, según la nota de Cornell, una nueva instalación de luz en el monte Washington, en Nuevo Hampshire, iba a sumarse al Tribute in Light para recordar el 11-S. «Los equipos de Nuevo Hampshire están siguiendo las lecciones aprendidas en Nueva York», explicó Farnsworth, que precisó que habría observadores en la cumbre y otros vigilando a distancia.
«El Tribute in Light es ante todo un memorial profundamente significativo, y es posible honrar ese significado protegiendo al mismo tiempo a las aves que cruzan el cielo nocturno de Nueva York», añadió.
El estudio completo se publicó en 2017 en Proceedings of the National Academy of Sciences.
Kyle Horton, que pasó la noche de 2017 en aquella azotea, lo resumió así en el reportaje de Living Bird: «Que los organizadores estén dispuestos a apagar las luces por las aves migratorias es alentador para la conservación».
Imagen: Denise Gould / U.S. Air Force (dominio público)












