Chicago no solo tiene rascacielos, tráfico, parques y barrios llenos de vida. También tiene coyotes. Muchos vecinos no los ven nunca, pero están ahí, moviéndose de noche por cementerios, campos de golf, reservas forestales, vías de tren y rincones verdes que parecen demasiado pequeños para un depredador.
La gran sorpresa no es solo que hayan llegado a una ciudad tan poblada. Lo llamativo es que han aprendido a vivir junto a millones de personas sin llamar demasiado la atención. El Proyecto de Investigación del Coyote Urbano de Cook County comenzó en el año 2000 y sigue activo, con animales capturados, marcados con collar y liberados de nuevo para entender cómo se mueven, qué comen y cómo conviven con humanos, mascotas y fauna silvestre.
Fantasmas urbanos
«Los fantasmas de la ciudad están ahí fuera», explicó Stanley Gehrt, investigador de la Universidad Estatal de Ohio. La frase encaja bien, porque el coyote urbano suele estar más cerca de lo que pensamos y, aun así, pasa desapercibido. No es poca cosa.
Gehrt pensó al principio que el estudio duraría poco. Pero lo que encontró fue otra historia. Los coyotes no estaban solo sobreviviendo en Chicago, sino usando la ciudad como un mosaico de refugios, pasos seguros y zonas de caza nocturna.
La investigación oficial resume esa idea de una forma clara. Los datos de seguimiento muestran que las personas y los coyotes coexisten a diario en la región de Chicago, muchas veces sin que los vecinos sepan que esa interacción potencial existe.
La ciudad como refugio
Durante años se pensó que los humanos estaban empujando a los coyotes hacia la ciudad al ocupar sus hábitats. Pero los datos de Chicago apuntan a algo distinto. En buena parte, son los coyotes los que se están adentrando en nuestro territorio.
¿Por qué iban a hacer eso? En la práctica, la ciudad les ofrece algo que el campo no siempre les da. Menos caza, menos captura directa y una red de pequeños refugios donde ocultarse durante el día.
Un estudio reciente publicado en «Urban Ecosystems» analizó 214 coyotes seguidos entre 2013 y 2021 en el área metropolitana de Chicago. El resultado fue inesperado, ya que la densidad de población humana se relacionó con una mayor supervivencia de los coyotes, mientras que los rasgos ambientales clásicos no aparecieron como los factores más importantes.
Qué comen realmente
Aquí hay una idea que desmonta muchos mitos. Los coyotes de Chicago no viven principalmente de hamburguesas tiradas, bolsas de basura o restos humanos. Prefieren presas naturales, como roedores, conejos, ardillas, frutas y otros recursos disponibles en el entorno urbano.
La investigación sobre dieta del proyecto analizó 1429 excrementos de coyote recogidos entre mayo de 2000 y diciembre de 2002. Los alimentos dominantes fueron pequeños roedores, ciervo de cola blanca, fruta, conejo de rabo blanco y aves, aunque en el sitio más urbanizado sí aparecieron alimentos asociados a humanos en algunas épocas.
Esto importa más de lo que parece. Si un coyote se alimenta de roedores en un parque, un campo de golf o una zona verde, está haciendo un trabajo silencioso dentro del ecosistema urbano. No elimina el problema por arte de magia, pero ayuda a equilibrarlo.
El depredador que regula
El coyote ocupa una posición alta dentro de la cadena alimentaria urbana. En una ciudad, eso significa que puede influir sobre especies que se multiplican con facilidad cuando no hay depredadores suficientes. Roedores, conejos e incluso gansos de Canadá entran en esa ecuación.
El propio proyecto señala que los coyotes desempeñan un papel importante como depredadores en la región de Chicago. También indica que cada vez hay más pruebas de que ayudan a controlar poblaciones de roedores, ciervos y gansos de Canadá.
El detalle clave es que no lo hacen como animales domesticados ni como «servicio municipal». Siguen siendo fauna salvaje. Y esa diferencia es importante, porque convivir con ellos no significa acercarse, darles comida o tratarlos como si fueran perros callejeros.
El dato inesperado
El nuevo estudio añade otra capa a la historia. Los investigadores esperaban que el hábitat natural, las carreteras o las zonas verdes explicaran mejor la supervivencia. Pero las características sociales del entorno tuvieron más peso del previsto.
Emily Zepeda, primera autora del trabajo, lo resumió con cautela al señalar que «las características sociales parecen desempeñar un papel mucho más importante» que las ambientales para predecir el tiempo de supervivencia. Además, en zonas densamente pobladas, los coyotes de áreas con menores ingresos fueron 1,5 veces más propensos a sobrevivir hasta los dos años que los de áreas con ingresos altos.
¿Qué significa esto para una ciudad? Que la ecología urbana no se entiende mirando solo árboles, parques o carreteras. También cuentan las formas de vida de cada barrio, el acceso a refugios, los residuos, las estructuras humanas y hasta cómo la gente se relaciona con la fauna.
Riesgo bajo, respeto alto
La pregunta que mucha gente se hace es sencilla. ¿Son peligrosos para las personas? La respuesta del proyecto es prudente. Los ataques a humanos son raros, aunque los coyotes sí pueden suponer un riesgo para mascotas pequeñas si se dejan solas o sueltas.
El Proyecto de Investigación del Coyote Urbano indica que, en Cook County, pocos coyotes marcados han sido considerados problemáticos y que no había casos documentados de mordeduras a humanos en el condado en la información analizada por el equipo. A cambio, las mascotas al aire libre sí tienen más riesgo, sobre todo gatos y perros pequeños.
Por eso las recomendaciones son bastante de sentido común. No alimentar coyotes, no dejar comida de mascotas fuera por la noche, llevar a los perros con correa y no correr si aparece uno cerca. Si el animal se acerca demasiado, conviene hacer ruido, levantar los brazos y mantener la distancia.
Qué cambia ahora
Después de 26 años de seguimiento, Chicago se ha convertido en una especie de laboratorio vivo. No por tener coyotes encerrados, sino porque estos animales muestran cómo una gran ciudad puede convertirse en hábitat para especies que antes imaginábamos lejos del asfalto.
El mensaje no es que haya que idealizarlos. Tampoco demonizarlos. La lección más útil es que la convivencia depende mucho del comportamiento humano, desde no alimentar fauna silvestre hasta proteger a las mascotas y entender que ver un coyote no significa automáticamente estar ante una amenaza.
La ciudad, al final, no es solo nuestra. También es un ecosistema lleno de presencias discretas que trabajan cuando las calles se vacían y baja el ruido.
El estudio completo sobre la supervivencia de los coyotes urbanos ha sido publicado en la revista Urban Ecosystems.











