En la William Root House de Marietta, en el estado norteamericano de Georgia, el museo que gestiona la casa recuerda una rutina que se repetía cada verano en el siglo XIX, antes del aire acondicionado. «Las alfombras se enrollaban y se sustituían por esteras de bambú para proteger los suelos de la suciedad y el polvo», explica la Cobb Landmarks & Historical Society en su web.
Ese cambio de textiles formaba parte de una forma de vivir la casa según la estación. Hoy los arquitectos explican la parte que sí tiene base física con un concepto concreto, la inercia térmica, y una simulación de la Universidad de Extremadura le pone cifras en las casas de piedra del Valle del Jerte.
Una costumbre que llegaba con el calor
La idea es sencilla. Cuando llegaba el verano se guardaban las alfombras gruesas de lana y el suelo quedaba al descubierto o cubierto con una estera ligera de junco, bambú o fibra vegetal.
Directo al Paladar, a partir de un reportaje de la revista francesa Le Journal des Femmes, cuenta que en Francia era habitual retirar las alfombras de invierno durante buena parte del siglo XX. El mismo artículo advierte de que la estera no baja la temperatura por sí sola y de que lo que refresca la habitación es, sobre todo, el suelo que queda debajo.
Esa distinción entre lo que se nota al pisar y lo que marca el termómetro es la clave de toda la historia.
Las esteras de junco de los castillos franceses
Las esteras llevan siglos dentro de las casas. En 2018, Dominique Hervier reseñó en la revista Bulletin Monumental un artículo de Magali Bélime-Droguet sobre las esteras de junco trenzado en las casas y castillos franceses.
Según la reseña, su uso parece muy extendido desde la Edad Media hasta el siglo XVIII, en lugares como el Louvre, Saint-Germain-en-Laye y Fontainebleau, tanto en los suelos como en las paredes. Del material solo se conserva un fragmento, procedente del palacio inglés de Hampton Court, y el resto de pruebas sale de actas notariales y diccionarios antiguos.
Su uso se justificaba por un papel profiláctico, reforzado con romero y enebro esparcidos por el suelo, y la autora menciona además «el confort que estas esteras trenzadas podían ofrecer en castillos poco caldeados», según resume Hervier. Es decir, servían para sanear y para abrigar, no para refrescar.
El castillo de Azay-le-Rideau, en el valle del Loira, reconstruyó en su habitación renacentista unas paredes forradas de junco. El Centro de Monumentos Nacionales de Francia explica en su web que en el siglo XVI los muros de los castillos se cubrían con tapices o esteras de junco «que aislaban las estancias del frío», y añade que al olor del junco se le atribuía la capacidad de sanear el aire.
Por qué una baldosa parece más fría que una alfombra
La sensación al pisar tiene una explicación sencilla. Una baldosa y una alfombra pueden estar a la misma temperatura, pero la baldosa conduce el calor mucho mejor y se lleva antes el del pie, así que la percibimos más fresca.
El Laboratorio Móvil de Transferencia de Calor del Departamento de Ingeniería Mecánica de Virginia Tech, en Estados Unidos, usa precisamente ese ejemplo en sus prácticas. «La alfombra se nota mucho más cálida en los pies que un suelo de baldosa», resume uno de sus talleres.
Qué es la inercia térmica
La inercia térmica es la capacidad de los materiales pesados, como la piedra, el hormigón o el barro cocido, para almacenar calor y soltarlo poco a poco horas después. Un suelo de este tipo absorbe parte del calor del día y amortigua los picos dentro de casa.
Si encima hay una alfombra gruesa, el suelo intercambia mucho menos calor con el aire del cuarto. La guía oficial del Gobierno australiano Your Home aconseja, para aprovechar al máximo los suelos de masa térmica, «reducir al mínimo las moquetas y alfombras» y usarlas, si se quiere, en las zonas donde no da el sol.
Ese mismo mecanismo tiene una cara mala si el sol entra de lleno. «Los materiales que forman el edificio van absorbiendo radiación solar durante el día y se calientan de forma progresiva», decía el arquitecto Julio A. Romero, de Arrevol Arquitectos, en declaraciones a La Vanguardia que recogió Xataka Home en agosto de 2026.
Las casas de piedra del Valle del Jerte
En el norte de Cáceres muchas casas tradicionales se levantaron así, con muros de piedra gruesos y la planta baja pegada a la tierra. El trabajo lo firmaron los arquitectos Beatriz Montalbán Pozas y Francisco Serrano, de la Universidad de Extremadura, que simularon el comportamiento de las viviendas del Valle del Jerte, en Cáceres, donde se conservan unas 3000 casas tradicionales.
Para medir el efecto de la inercia, compararon en el ordenador casas con y sin esos elementos pesados. En la semana más dura del verano, con temperaturas exteriores que oscilaban entre 12 y 35 °C, el salón y la escalera de la planta alta pasaban de 21 °C a las cuatro de la madrugada a 27 °C a las cuatro de la tarde en la casa de muros de entramado de madera, mientras que en la de piedra se mantenían en torno a 24 °C, la media de las temperaturas exteriores del día.
El suelo también cuenta. En el zaguán de la planta baja, con muros de piedra y el suelo apoyado en la tierra, la temperatura rondaba los 19-20 °C. Cuando simularon esos muros de entramado de madera y además separaron la casa del terreno sobre vigas de madera, ese espacio subía hasta los 23 °C.
Los autores concluyen que esta estrategia es beneficiosa, «ya que estabiliza las temperaturas interiores respecto a las oscilaciones exteriores, acercándolas a las medias diurnas, más agradables».
Sombra de día y aire fresco por la noche
La masa térmica solo refresca si puede descargar el calor que acumula. Por eso la costumbre de las esteras iba de la mano de otras, como cerrar postigos en las horas de sol y abrir cuando bajaba la temperatura, la misma lógica de una casa bioclimática que se enfría sin electricidad.
La arquitecta y diseñadora Passivhaus Gisela Trilla lo explicaba en junio de 2026 en El Español. «Es fundamental aprovechar ese momento, cuando el aire es fresco, porque así baja la carga de calor del interior de la casa», decía sobre la ventilación nocturna.
Trilla también avisaba de lo que pasa cuando no se hace. «Si no ventilas por la noche y no bajas la temperatura de la casa, al día siguiente tienes calor acumulado en el interior», advertía.
De día, lo importante es que el sol no caliente ese suelo desnudo, y ahí cuentan las persianas y los toldos del color adecuado para reducir el calor en casa.
Lo que esta costumbre no puede prometer
Ninguna de las fuentes consultadas mide cuántos grados se ganan por guardar una alfombra, ni cuánto se ahorra en la factura de la luz. La simulación del Jerte analiza muros de piedra y suelos sobre la tierra, y no habla de alfombras ni de esteras. Además, es un modelo por ordenador, y los propios autores recomiendan validarlo con mediciones en viviendas reales.
La historia también matiza el mito, porque las esteras de junco de los castillos franceses se usaban para aislar del frío. Una estera de fibra vegetal es agradable al pisar, pero su origen natural no la convierte en un sistema de refrigeración.
En una ola de calor con noches que no refrescan, esa misma inercia juega en contra, porque las paredes no terminan de enfriarse y la casa amanece más caliente, como recordaba Romero. Y en un piso con tarima ligera hay poca masa que aprovechar. En esos casos un ventilador o el aire acondicionado siguen siendo necesarios, y conviene conocer el consumo de los aires acondicionados y los ventiladores.
Lo que sí se puede hacer es combinar los gestos antiguos con las normas nuevas, porque los edificios deberán adaptarse a las olas de calor en los próximos años.
El estudio completo se ha publicado en Informes de la Construcción.
Para quien quiera probarlo en casa, el primer paso no cuesta nada. Basta con enrollar la alfombra gruesa, dejar a la sombra el suelo de baldosa o piedra y abrir las ventanas cuando fuera haga menos calor que dentro.
Imagen: Fab5669 / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)














