Cuando pensamos en cómo entendemos el mundo, desde la caída de un vaso hasta la órbita de los satélites, casi siempre hay un nombre en la base de todo ese conocimiento, aunque no lo recordemos en el día a día, Isaac Newton.
Su famosa frase «un hombre puede imaginar cosas que son falsas, pero solo puede entender cosas que son ciertas» condensa muy bien su manera de hacer ciencia, centrada en los hechos y en las matemáticas. Nació el 25 de diciembre de 1642 en Woolsthorpe, en el condado inglés de Lincolnshire, y murió el 20 de marzo de 1727 en Londres, después de una vida dedicada en buena parte a intentar poner orden en el universo con lápiz, papel y experimentos.
Una frase que resume toda una forma de pensar
La idea que hay detrás de esa cita es sencilla y, al mismo tiempo, muy exigente. Imaginar, podemos imaginar casi cualquier cosa. Entender, para Newton, solo significa una cosa, apoyarse en aquello que se puede comprobar con observaciones y con números.
En sus escritos aparece la versión original en inglés de la frase, donde insiste en que, si algo es falso, la manera en que lo captamos ya no es verdadera comprensión.
En la práctica, esto le llevó a desconfiar de explicaciones vagas y a buscar leyes que funcionaran igual para una manzana que cae que para un planeta que gira alrededor del Sol.
Hoy puede sonar muy obvio decir que la ciencia se apoya en pruebas, pero en el siglo diecisiete no lo era tanto. Justo ahí está la revolución que impulsó.
De un pueblo rural a la Universidad de Cambridge
Newton creció en un entorno rural y llegó a la universidad gracias a su talento para las matemáticas y la observación. Ingresó en la Universidad de Cambridge en 1661, se graduó pocos años después y, en 1669, ocupó la prestigiosa cátedra lucasiana de Matemáticas, un puesto reservado a figuras de primer nivel.
En esos años universitarios empezó a formular sus ideas sobre el movimiento y la gravedad. Mientras Europa vivía epidemias y conflictos, él pasaba horas encerrado con cuadernos, realizando cálculos y construyendo pequeñas maquetas. Su manera de trabajar combinaba intuición y paciencia extrema, algo que muchos historiadores destacan cuando revisan sus manuscritos.
Las leyes que pusieron orden al movimiento
Las Tres Leyes del Movimiento y la ley de la Gravitación Universal son seguramente su aportación más conocida. En resumen, describen cómo se mueven los cuerpos, qué ocurre cuando actúa una fuerza sobre ellos y cómo se atraen entre sí los objetos con masa.
En la vida cotidiana se nota más de lo que parece. Cuando un coche frena de golpe y el cuerpo se va hacia delante, cuando una pelota sigue rodando hasta que la fricción la detiene o cuando vemos caer un objeto siempre de la misma forma, estamos viendo esas leyes en acción.
Newton aplicó las mismas reglas para explicar las órbitas de los planetas y la Luna. Esa unificación entre lo que pasa en la Tierra y lo que pasa en el cielo fue un paso enorme. A partir de ahí se pudo calcular la trayectoria de cometas, diseñar trayectorias de cohetes y, mucho más tarde, colocar satélites en órbita con una precisión que hoy damos por hecha.
Luz, colores, telescopios y el nacimiento del cálculo
Newton no se conformó con estudiar cómo se mueven las cosas. También quiso saber qué es la luz que vemos a diario. A mediados de la década de mil seiscientos sesenta realizó experimentos con prismas y demostró que la luz blanca se puede descomponer en los colores del arcoíris, lo que hoy llamamos espectro visible.
Este trabajo sentó las bases de la óptica física y cambió para siempre la forma de entender fenómenos tan comunes como un arcoíris o el funcionamiento de una lente.
Para comprobar sus ideas, construyó en 1668 el primer telescopio reflector realmente operativo, que utilizaba un espejo en lugar de una lente para evitar ciertos defectos en la imagen.La The Royal Society quedó tan impresionada que conservó uno de esos telescopios como pieza de referencia.
En paralelo, desarrolló una herramienta matemática nueva, el cálculo diferencial e integral. Otros científicos trabajaban en ideas similares, pero Newton elaboró una versión muy potente que le permitió describir cambios continuos, desde la velocidad hasta la aceleración. Esa herramienta es fundamental hoy en física, ingeniería y economía.
Del laboratorio a las instituciones y un legado que no se apaga
Además de investigador, Newton fue una figura clave en varias instituciones de su época. En 1699 fue nombrado responsable de la Casa de la Moneda inglesa, donde aplicó métodos muy rigurosos para luchar contra la falsificación y mejorar la calidad de las monedas.
En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society y mantuvo ese cargo hasta su muerte, guiando buena parte de la ciencia británica del momento.
Dos años después, en 1705, la reina Ana lo nombró caballero, algo poco habitual para un científico en aquella época.
En sus últimos años dedicó mucho tiempo a la teología y a la alquimia, un campo que hoy vemos con distancia, pero que entonces formaba parte de los intentos serios por entender la materia y sus transformaciones. Su curiosidad no se limitaba al laboratorio, quería una visión completa del mundo.
Cuatro siglos después, seguimos usando sus ecuaciones para calcular trayectorias, para diseñar puentes y edificios y para enseñar a las nuevas generaciones la idea de que hay leyes que gobiernan la naturaleza. Su famosa frase sobre imaginar e entender resume la base de toda esa herencia, confiar en aquello que resiste las pruebas.
Al final, lo que queda es una forma de mirar el mundo. Menos basada en suposiciones y más en pruebas, aunque eso obligue a corregirse muchas veces.
La información biográfica y documental sobre Isaac Newton utilizada en este artículo procede de la colección académica dedicada al científico publicada por The Royal Society.







