El mayor análisis mundial sobre los cambios de distribución de las mariposas reúne más de 6.000 registros y demuestra que el calentamiento no empuja a todas las especies en la misma dirección. Para sobrevivir no basta con encontrar temperaturas más frescas, también necesitan plantas huésped, alimento y corredores ecológicos que conecten sus nuevos territorios.
Mariposas y cambio climático ya alteran el mapa global
Una mariposa desconocida en un jardín puede parecer una buena noticia. Sin embargo, su llegada también puede indicar que las condiciones ambientales de su territorio anterior han dejado de ser adecuadas. El aumento de las temperaturas, las sequías, los episodios meteorológicos extremos y la transformación del paisaje están modificando las áreas donde estos insectos pueden completar su ciclo vital.
Un estudio mundial publicado en Nature Ecology & Evolution ha recopilado 6.182 informes sobre cambios en la distribución de las mariposas, procedentes de 567 investigaciones y 68 evaluaciones de especialistas. El conjunto incluye 1.758 especies de 105 países y territorios, aproximadamente una décima parte de la diversidad mundial conocida.
Los resultados muestran que el 80 por ciento de las especies analizadas expandió su área de distribución en alguna dirección. El 27 por ciento sufrió contracciones y el 22 por ciento cambió su posición a lo largo de gradientes de altitud. Estas categorías se solapan, por lo que una misma especie puede haber ganado territorio en una zona mientras desaparecía de otra.
La expansión de las mariposas no significa recuperación
La investigación introduce un matiz esencial. Ocupar nuevos territorios no implica necesariamente que una especie sea más abundante, tenga poblaciones estables o haya dejado de estar amenazada. Una mariposa puede avanzar hacia el norte y, al mismo tiempo, perder colonias en el extremo más cálido y seco de su distribución.
Este contraste también aparece en los datos institucionales europeos. La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que la abundancia conjunta de 17 especies de mariposas de pastizal cayó un 47 por ciento en la Unión Europea entre 1991 y 2024. La intensificación agrícola, la pérdida de hábitats, la fragmentación y el uso de pesticidas figuran entre las principales presiones.
Por esa razón, cada nuevo avistamiento debe interpretarse con cautela. El reciente primer registro de una mariposa diurna en un parque de Barcelona demuestra el valor del seguimiento urbano y de la ciencia ciudadana. También plantea preguntas sobre la conectividad con Collserola, la recuperación tras varios años de sequía y la disponibilidad de plantas adecuadas para las orugas.
Plantas huésped y corredores ecológicos deciden el viaje
El discurso más conocido sostiene que las especies se desplazan hacia los polos o ascienden por las montañas para encontrar temperaturas más bajas. Ese patrón existe, pero resulta insuficiente para explicar todos los movimientos observados. Algunas mariposas avanzan hacia el este o el oeste, otras descienden por las laderas y otras alternan expansiones y retrocesos según las condiciones locales.
La temperatura es solo una parte de la ecuación. Muchas orugas dependen de una o de unas pocas plantas huésped. Los adultos necesitan flores con néctar, lugares de descanso, humedad, protección frente al viento y espacios seguros para reproducirse. La estrecha relación química entre orugas y plantas ayuda a entender por qué una mariposa no puede instalarse automáticamente en cualquier territorio con una temperatura favorable.
También necesita atravesar el paisaje. Una sucesión de setos, praderas, márgenes fluviales, jardines, parques y pequeños refugios puede funcionar como una ruta. Una autopista, una gran superficie urbanizada o un monocultivo sin vegetación natural pueden convertirse en barreras difíciles de superar.
La pérdida de hábitat frena el desplazamiento de las mariposas
El cambio climático y los episodios meteorológicos extremos estuvieron asociados con el 79 por ciento de los desplazamientos reunidos por el estudio. Aun así, los autores advierten de que la agricultura, la silvicultura, la urbanización y la destrucción de hábitats actúan al mismo tiempo. El calentamiento puede empujar a una especie a desplazarse mientras la fragmentación del territorio le impide hacerlo.
La misma regla ecológica puede observarse en ecosistemas muy diferentes. Cuando un hábitat pierde vegetación, alimento y refugios, la movilidad de los animales deja de ser suficiente. Una investigación reciente sobre el deterioro del hábitat en el Mar Menor encontró 21 especies de peces en las áreas saludables y solo tres en el núcleo más degradado. No es un estudio sobre mariposas, pero ilustra el mismo principio (sin un ecosistema funcional, trasladarse no garantiza sobrevivir).
En España, la Estrategia Nacional para la Conservación de los Polinizadores incluye entre sus objetivos la protección de especies amenazadas y sus hábitats, la reducción de los riesgos derivados de los pesticidas, la mejora del conocimiento científico y la creación de condiciones favorables para los polinizadores.
La conservación de las mariposas necesita mapas del futuro
Muchas áreas protegidas se diseñaron utilizando registros históricos de las especies. El problema aparece cuando el clima convierte esos territorios en lugares demasiado cálidos o secos. Mantener únicamente los espacios donde vivieron las mariposas en el pasado puede dejar sin protección las rutas y los destinos que necesitarán durante las próximas décadas.
La respuesta pasa por conservar grandes hábitats, pero también por proteger corredores ecológicos, refugios climáticos, márgenes agrícolas, zonas húmedas y pequeños parches de vegetación que funcionen como escalas. Además, las plantas huésped y las fuentes de néctar deben acompañar el desplazamiento de las mariposas.
El estudio también reconoce importantes vacíos de información. El seguimiento es más sólido en Europa y Norteamérica, mientras que muchas regiones tropicales y áridas siguen estando poco representadas. El 65 por ciento de las especies incluidas dispone de un único registro independiente de cambio y, para aproximadamente un tercio de las especies de mariposas conocidas, ni siquiera existe un registro de presencia disponible en las bases de datos consultadas.
La gran pregunta ya no es solamente hacia dónde vuelan las mariposas. La cuestión decisiva es si el territorio permitirá que se desplacen junto con las plantas, los refugios y los recursos de los que dependen. Proteger puntos aislados conserva una fotografía del pasado. Proteger rutas, conexiones y futuros hábitats ofrece a las especies una posibilidad real de adaptación.
El estudio científico ha sido publicado en Nature Ecology & Evolution.











