Los campesinos del condado de Qingtian, en la provincia china de Zhejiang, crían carpas en arrozales inundados desde hace más de 1200 años. En 2024 el sistema ocupaba unas 237 hectáreas en el municipio de Fangshan, con 1197 agricultores.
Las carpas se comen larvas y malas hierbas entre las plantas. Según un trabajo publicado en PNAS en 2011, estos campos usan un 68 % menos de pesticidas que los de arroz solo. La cosecha de grano es parecida.
Seis razas de carpa local
La FAO incluyó el sistema de Qingtian en 2005 entre los primeros Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial. Según su ficha, los peces abonan el arroz, remueven el agua y ablandan el suelo. A cambio, el arroz les da sombra y comida.
En Longxian, la aldea que forma el núcleo del sitio, se crían seis razas autóctonas de carpa. Las hay rojas, negras, blancas y moteadas.
Con 2493 kilómetros cuadrados, el condado es montaña en un 90 %. Por eso los arrozales se escalonan en terrazas, como en otros métodos ancestrales que siguen en uso siglos después.
Unos 15 días antes de la siega, los agricultores vacían el agua y sacan los peces de 0,3 a 0,5 kilos. Los pequeños vuelven al campo tras la cosecha. Cada hectárea da de media 450 kilos de pescado y 6000 de arroz.
Golpes contra los tallos
El estudio de PNAS salió de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Universidad de Zhejiang. Entre 2005 y 2010 siguió campos de 31 aldeas del sur de la provincia. En cada una comparó parcelas con peces y sin ellos.
Con carpas, la cosecha de arroz varió menos de un año a otro. El uso de fertilizantes químicos fue además un 24 % menor.
En un experimento paralelo de cinco años sin pesticidas, las carpas redujeron los delfácidos. Son insectos diminutos que chupan la savia del arroz. También bajaron el tizón de la vaina, causado por un hongo, y las malas hierbas.
Gracias a grabaciones en vídeo, los autores vieron que los peces chocan con los tallos. Así hacen caer a esos insectos al agua, donde probablemente se los comen. Ese contacto explicaría el 26 % del descenso de los delfácidos.
Entre las 12.00 y las 14.00, la sombra de las plantas dejó el agua 2,56 °C más fresca. Bajo el arroz, las carpas se movían un 58 % más que en parcelas que solo tenían peces.
Carpa local entre 2017 y 2020
Parte del mismo grupo, con Xin Chen y Liangliang Hu entre los firmantes, repitió la prueba en Qingtian entre 2017 y 2020. El trabajo se publicó en eLife en 2022. Incluía otros dos ensayos de cuatro años, con cangrejos y con tortugas de caparazón blando.
En la parcela de Qingtian, con la raza local de carpa común, el arroz rindió de media un 9,13 % más que en el monocultivo. Cada hectárea dio además unas 0,85 toneladas de carpa al año.
En los tres ensayos hubo entre un 45,3 % y un 51,9 % menos de malas hierbas, sin herbicidas. Los peces recibían pienso, pero el 50,2 % de lo que comían las carpas salía del propio arrozal.
«También vimos que el nitrógeno del suelo se mantenía estable en los arrozales con animales acuáticos», explicó Lufeng Zhao en la nota de prensa de eLife. Zhao es uno de los dos primeros autores.

En esa misma nota, Chen, catedrático de Ecología, dijo que el agricultor puede vender «tanto los animales como el arroz». Además, gasta menos en abonos y pesticidas.
Arroz certificado a 8 yuanes
El estudio de 2026 lo firman Yuwei Li, Wenjun Jiao y Qingwen Min, de la Academia China de Ciencias. En julio de 2024 entrevistaron en Fangshan a 35 personas del sector y a 26 consumidores.
Uno de aquellos campesinos lo resumía así: «Usamos muy poco fertilizante químico y casi ningún pesticida, así que el arroz es más limpio y sano». Y el 76 % de los consumidores dijo que pagaría más por productos certificados.
En el mercado, ese sobreprecio se queda corto. El arroz con sello verde o ecológico se vende a unos 8 yuanes el kilo, frente a los 6 del que no lo tiene.
Para la primera certificación, el Gobierno local paga 30.000 yuanes, y 10.000 por cada renovación. Esas ayudas llegan sobre todo a empresas y cooperativas, porque los pequeños productores no pueden pagar el sello.
Alevines, pienso y emigración
Según los autores, criar peces cuesta más de lo que ahorra. Citan un trabajo de 2010 que calculó un gasto en efectivo un 79,7 % mayor que el del monocultivo. Los alevines y el pienso se comen lo ahorrado en abonos y pesticidas.
El sistema pide además más horas de trabajo. Un pequeño agricultor gestiona de media unas 0,4 hectáreas.
Ya en 2012, una ficha de la FAO describía Longxian como una aldea de emigrantes, con más de 650 vecinos en el extranjero. Los ingresos del campo no llegaban a la décima parte de los de otros empleos.
Uno de los campesinos entrevistados en 2024 admitía que sus antepasados criaban peces «desde hace generaciones». Aun así, reconocía que ellos no entienden bien sus beneficios ecológicos.
Para dar salida al producto, el equipo propone reforzar las cooperativas y unificar el logotipo del patrimonio agrícola en los envases. También sugiere vender más a turistas y por internet.
Cuánto arroz se pierde, en duda
Los tres estudios no coinciden en la cosecha de grano. PNAS no halló diferencias y eLife midió un 9,13 % más en Qingtian.
En cambio, el trabajo de 2026 calcula que estos arrozales rinden en torno al 80 % de un monocultivo. La razón es que se planta menos denso para que naden los peces.
Tampoco las carpas frenan todas las plagas. En el experimento de PNAS no redujeron los barrenadores del tallo ni el enrollador de la hoja, que atacan la parte alta de la planta.
Los autores del estudio de 2026 piden trabajos a largo plazo para saber si el valor añadido sostiene la tradición. Es una duda que también rodea a otros arrozales, desde el arroz valenciano hasta los campos extremeños que ya usan drones contra las plagas.
El estudio sobre el valor comercial de los productos de Qingtian se ha publicado en Frontiers in Sustainable Food Systems.
Foto: FAO GIAHS












