Captan por primera vez un iceberg gigante en el Atlántico «hirviendo» en su interior: el colapso silencioso del A-23A

Imagen autor
Publicado el: 23 de abril de 2026 a las 22:03
Síguenos
Iceberg A-23A con agua azul y grietas internas en el Atlántico Sur durante su desintegración.

Las últimas imágenes de satélite no dejan mucho margen a la duda. El iceberg A-23A, uno de los bloques de hielo más grandes y longevos que se han seguido desde el espacio, está llegando al final de su viaje con un patrón muy claro de rotura y fragmentación en el Atlántico Sur.

Lo llamativo es cómo “se rompe por dentro” antes de desaparecer del todo. Esos tonos azules que parecen agua atrapada y esas grietas que se abren como si el hielo estuviera “hirviendo” no son una curiosidad estética, son señales de un proceso físico que acelera su desintegración y que, de paso, está alterando la vida microscópica del océano a su alrededor.

De la Antártida al Atlántico Sur

A-23A se desprendió en 1986 de la gran plataforma de hielo Filchner Ronne, en la Antártida, y durante años fue un gigante poco móvil, incluso llegando a quedar “anclado” en el fondo marino. Con el tiempo se liberó y empezó a desplazarse, y esa deriva lo terminó empujando hacia latitudes más cálidas, donde el hielo lo tiene mucho más difícil para aguantar entero.

Para hacerse una idea del tamaño, cuando se formó rondaba los 4.000 kilómetros cuadrados. La Agencia Espacial Europea lo describía como un iceberg “de más de tres veces el tamaño de Roma”, una comparación que ayuda a entender por qué se le llamó “megaberg” en muchos informes.

Ahora la escala es otra. La NASA explica que, a finales de marzo de 2026, los analistas que lo seguían estimaban que se había reducido a algo más de 170 kilómetros cuadrados, una fracción mínima de lo que ocupaba años atrás, y a comienzos de abril ya aparecía claramente roto en múltiples pedazos en las imágenes.

El azul que delata el desgaste

Si has visto las fotos, quizá te lo preguntaste sin darte cuenta. ¿Por qué ese azul tan intenso en un iceberg que, en teoría, debería verse blanco? En buena parte, porque hay charcos y canales de agua de deshielo acumulándose en la superficie, algo que en verano austral es más probable y que, en este caso, se extendía por grandes zonas del bloque.

Ese agua no solo “pinta” el hielo, también lo debilita. Ted Scambos, científico especializado en hielo, lo resumía de forma muy visual al explicar que el peso del agua dentro de las grietas ayuda a forzarlas y abrirlas, empujando la rotura hacia delante. Dicho de otra manera, el iceberg no se rompe solo por fuera, el agua se cuela, presiona y acelera la fractura.

Además hay un detalle casi de historia geológica. Las franjas lineales que se ven en la superficie están relacionadas con marcas antiguas del hielo cuando todavía formaba parte de un glaciar, y hoy esas pequeñas “ondulaciones” dirigen por dónde corre el agua de deshielo. Walt Meier, del NSIDC, explicaba que esas estrías influyen en el flujo del agua, como si el propio relieve del hielo marcara carriles.

Cuando el iceberg “pierde” agua

Hay otro momento clave en este tipo de colapsos, y es cuando el sistema empieza a “drenar” de golpe. En el caso de A-23A, la NASA habla de una posible fuga asociada a un “blowout”, un episodio en el que el agua acumulada logra abrir una salida y cae hacia el océano, mezclándose con fragmentos de hielo alrededor y formando una especie de penacho de descarga de agua dulce.

En este punto, el entorno importa muchísimo. Los científicos señalaban que el iceberg ya estaba en aguas de alrededor de 3 grados y empujado por corrientes hacia zonas aún más cálidas, un escenario que en la jerga de expertos se parece a un “cementerio de icebergs” porque ahí la desintegración suele acelerarse. Y cuando el aire y el agua se suavizan un poco más, el reloj corre deprisa.

Chris Shuman, uno de los investigadores que lo ha seguido durante años, lo decía con claridad al anticipar que no esperaba que A-23A aguantara el verano austral. No es una frase dramática, es un diagnóstico basado en lo que ya se veía desde el espacio.

Un impulso inesperado para la vida microscópica

Aquí viene una parte que a veces se pierde en los titulares. Mientras A-23A se rompe y deja agua dulce y fragmentos en su estela, el océano responde. A finales de enero de 2026, satélites de la NASA observaron un gran aumento de fitoplancton en superficie alrededor de los trozos del iceberg y del “campo” de fragmentos más pequeños.

Fitoplancton es una palabra técnica para algo muy básico. Son organismos microscópicos que hacen fotosíntesis y sostienen la base de la cadena alimentaria marina. Además, organismos y agencias científicas recuerdan que contribuyen a producir hasta cerca de la mitad del oxígeno del planeta y forman parte de la llamada “bomba biológica de carbono”, que ayuda a mover CO2 desde la atmósfera hacia el océano profundo. No es poca cosa.

El oceanógrafo Grant Bigg fue muy directo al valorar lo observado desde satélite, diciendo que el “bloom” era demasiado grande y se veía expandiéndose desde los icebergs como para no estar fuertemente vinculado a ellos. Y matizaba algo importante, que también hay floraciones sin relación con icebergs en esa zona, pero en este caso la conexión visual se mantuvo durante semanas, lo que reforzaba la relación.

Por qué un iceberg puede “fertilizar” el mar

La explicación tiene dos piezas fáciles de entender. Por un lado, el deshielo puede crear una capa superficial más estable, con mejores condiciones para que el fitoplancton reciba luz sin mezclarse constantemente hacia aguas más profundas por el viento y la turbulencia.

Por otro lado, el agua de deshielo puede arrastrar nutrientes clave que en esa región son escasos, especialmente hierro. Heidi Dierssen explicaba que ese hierro funciona como un fertilizante para el fitoplancton, y los estudios citados por la NASA también apuntan a aportes de manganeso y nutrientes mayores como nitratos y fosfatos. Es como si, al derretirse, el iceberg liberara un “paquete” de ingredientes que la vida microscópica aprovecha.

Esto abre un debate interesante sin necesidad de exagerar. El British Antarctic Survey lo plantea con una pregunta muy concreta, si los icebergs gigantes llegaran a ser más frecuentes con un clima más cálido, podrían cambiar la productividad marina y, con ella, parte del ciclo del carbono. Nadie lo vende como solución mágica, pero sí como un proceso real que merece seguimiento científico.

¿Sube el nivel del mar cuando se derrite un iceberg?

Esta es la duda típica y tiene truco. Un iceberg como A-23A ya estaba flotando, así que su fusión por sí sola no eleva el nivel del mar de forma directa. Es parecido a cuando se derrite un cubito en un vaso, el volumen ya estaba “contado” en el agua.

Lo que sí preocupa en el panorama global es otra cosa. La pérdida de plataformas de hielo y la dinámica de los glaciares en tierra firme pueden acelerar el flujo de hielo hacia el océano, y eso sí contribuye a la subida del nivel del mar. Por eso, aunque un iceberg concreto sea parte de un ciclo natural, se estudia con lupa dentro de un contexto más amplio de cambios en la Antártida y en el océano.

En la práctica, A-23A sirve como “caso de estudio” enorme y muy bien documentado. Su vida ha coincidido con décadas de mejora de satélites y sensores, y eso permite ver con detalle cuándo se rompe, cómo se mueve y qué deja en el mar.

Lo que se vigila ahora

Aunque el iceberg esté en sus últimos capítulos, no significa que deje de ser relevante. La NASA señala que A-23A incluso salió del área de análisis del U.S. National Ice Center a comienzos de febrero de 2026 y pasó a ser gestionado por el servicio meteorológico argentino al entrar en rutas con tráfico marítimo. Y aquí hay un punto práctico, los fragmentos más pequeños pueden ser un peligro real para la navegación y son más difíciles de seguir.

También está el factor “no siempre lo vemos todo”. Jan Lieser comentaba que en las últimas semanas parecía que la naturaleza había puesto un velo de nubes sobre el iceberg moribundo, como si le diera algo de privacidad. Aun así, hubo suficientes ventanas de observación para documentar su final y reconstruir su recorrido.

Y queda ciencia por delante. El propio seguimiento de A-23A ha dejado nuevas preguntas sobre cómo influyen las corrientes, los vórtices y la forma del fondo marino en la trayectoria de cada iceberg, grande o pequeño. En palabras de los investigadores, sabemos bastante sobre patrones generales, pero todavía hay mucho que aprender cuando miramos la pista exacta de cada fragmento.

El análisis más reciente con imágenes y datos de satélite ha sido publicado en el Observatorio de la Tierra de la NASA.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

Deja un comentario