La teoría de la evolución no está avanzando como Darwin pensaba y la culpa, cómo no, es de los humanos

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Publicado el: 23 de abril de 2026 a las 15:32
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Ardilla y aves comiendo basura en ciudad mostrando adaptación y cambio de comportamiento en fauna urbana.

En muchas ciudades ya es casi rutina ver animales que antes evitaban a las personas. Ardillas que se acercan demasiado, gaviotas que “patrullan” terrazas, aves que cantan cuando aún no ha amanecido del todo. ¿Es que se están volviendo más listos o solo más atrevidos?

Un análisis reciente alerta de algo más sutil. Distintas especies, en ciudades muy diferentes, están desarrollando conductas parecidas al convivir con humanos. A este fenómeno lo llaman “behavioral homogenization” (homogeneización conductual) y no es solo una curiosidad. Puede ayudarles a sobrevivir en el asfalto, sí, pero también hacerles perder habilidades clave para vivir en la naturaleza.

La ciudad como filtro que selecciona “valientes”

Las ciudades, con sus diferencias, comparten un mismo “pack” de condiciones. Suelen ser más cálidas que el entorno rural, están llenas de ruido y luz artificial y, sobre todo, están dominadas por personas. Ese cóctel cambia las reglas del juego para los animales que se quedan.

En la práctica, muchos animales aprenden rápido una idea sencilla. Los humanos pueden ser una fuente de comida (basura, restos, contenedores) y, la mayoría de las veces, no suponen un peligro directo. Con el tiempo, los individuos más audaces tienden a moverse mejor en ese escenario y tienen más opciones de prosperar.

Qué significa eso de “homogeneización conductual”

La homogeneización conductual es, básicamente, que la fauna urbana empieza a comportarse de forma parecida en lugares muy distintos. No hablamos de que todas las especies hagan lo mismo, sino de que aparecen patrones repetidos. Menos miedo a las personas, más “cara dura” para buscar comida y más capacidad para explotar recursos humanos.

Los investigadores ponen ejemplos que cualquiera entiende. Monos urbanos que roban comida en Nueva Delhi, ardillas en Nueva York que se acercan demasiado, ibis blancos en Sídney con el apodo de “bin chickens” por rebuscar en la basura. Lo llamativo es que ese tipo de conducta se repite en ciudades de continentes distintos. Y eso, en evolución, es una pista seria.

Ruido, luz y calor que cambian la forma de comunicarse

No todo es comida. El ruido constante del tráfico y la actividad humana también empujan cambios en la comunicación, sobre todo en aves. Si el entorno “tapa” tu canto, tienes un problema. Y en reproducción, quedarse sin mensaje suele significar quedarse sin pareja.

Un ejemplo muy ilustrativo llegó con la pandemia. En San Francisco, al bajar el ruido urbano durante los confinamientos, los gorriones de corona blanca ajustaron su canto, bajando volumen y frecuencia. El mismo artículo explica que, en décadas anteriores, estos pájaros habían ido cantando más alto y con tonos más agudos conforme crecía el ruido de la ciudad. Dicho de forma simple, la ciudad “mueve el dial” de lo que se oye y de lo que funciona.

Y luego está el calor. El efecto “isla de calor” hace que muchas ciudades sean más cálidas que el campo cercano, con diferencias que pueden rondar entre 1 y 5 ºC en promedio según se discute en literatura científica sobre urbanización y selección. Ese extra de temperatura (y la luz artificial nocturna) puede alterar calendarios biológicos, como los periodos de actividad o los momentos de reproducción.

La basura como buffet y la creatividad que lo hace posible

Aquí entra una escena muy cotidiana. Sacas la basura, bajas al contenedor, y te olvidas. Para ciertos animales, ese gesto es como dejar una despensa abierta. Y lo preocupante no es solo que coman, sino que aprendan a hacerlo cada vez mejor.

En Australia, por ejemplo, se ha documentado cómo las cacatúas aprendieron a abrir contenedores domésticos copiándose unas a otras. Según contó ABC News a partir de un estudio publicado en Science, la conducta se extendió a 44 suburbios en solo dos años. No es un detalle menor, es cultura animal propagándose por barrios.

Este tipo de “innovación urbana” puede parecer casi simpática, pero tiene doble filo. Si un animal se acostumbra a concentrar su dieta en basuras y vertidos, puede acabar dependiendo de una fuente de alimento irregular y, a veces, poco saludable. Además, cuanto más cerca vive de nosotros, más fácil es que aparezcan conflictos.

El coste oculto para la conservación

El riesgo grande no es que los animales se adapten (adaptarse es lo que hacen). El problema es cuando esa adaptación se vuelve uniforme y se pierde diversidad de comportamientos. Los propios autores advierten de que la variación conductual puede ir ligada a variación genética, y que reducirla deja a las poblaciones con menos capacidad para responder a cambios futuros. Su comparación con una “cartera de inversión diversificada” es bastante clara. Si todo es igual, cualquier shock te golpea más fuerte.

Además, hay conductas que no vienen en los genes, vienen en el aprendizaje social. Rutas, técnicas de búsqueda de alimento, dialectos de canto. Y cuando esas “tradiciones” se rompen, recuperarlas puede ser casi imposible.

Un caso que lo ilustra con datos es el del mielero regente (regent honeyeater), un ave en peligro crítico. Un estudio en Proceedings of the Royal Society B analizó grabaciones históricas, ciencia ciudadana y datos de reproducción, y encontró que el 27% de los machos cantaban canciones distintas de la norma cultural regional. Y un 12% ni siquiera cantaba canciones propias de la especie, sino que imitaba a otras aves. Lo más importante es el impacto: los machos con canto atípico tenían menos probabilidad de emparejarse o criar. Ahí se ve el coste real de perder cultura vocal.

Qué podemos hacer para convivir mejor

La pregunta incómoda es inevitable. ¿Significa esto que la ciudad es un buen refugio para la fauna salvaje? A corto plazo, para algunas especies, puede parecerlo. A largo plazo, si ese refugio “entrena” animales muy dependientes de lo humano, la salida puede ser complicada.

Hay medidas simples que ayudan sin entrar en debates raros. Reducir el acceso fácil a restos de comida es clave, porque corta la recompensa. Contenedores bien cerrados, menos basura fuera de hora, compostaje y gestión de residuos más cuidadosa (especialmente en zonas con parques o riberas) disminuyen el “efecto buffet”. Y, como ciudadanos, evitar alimentar fauna salvaje es una de esas cosas pequeñas que cambian mucho.

También cuenta el diseño urbano. Menos contaminación lumínica, reducción de ruido donde se pueda y más corredores verdes bien conectados ayudan a que la ciudad no sea solo un filtro de “atrevidos”, sino un espacio donde más especies puedan mantener comportamientos naturales. Suena técnico, pero se nota en lo de siempre: menos estrés, menos conflictos, más biodiversidad real.

El artículo original que recoge y explica este fenómeno ha sido publicado en The Conversation.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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