La zoóloga canadiense Nancy Barker, de la Universidad de KwaZulu-Natal (UKZN), y su equipo pusieron collares GPS a 17 leones y 14 hienas manchadas en el Parque Nacional de Etosha, en Namibia, y en el sistema Chobe-Linyanti, en Botsuana, y reunieron 349.163 posiciones. El estudio, publicado el 9 de septiembre de 2026, describe un patrón claro: las hienas tienden a apartarse de los leones cuando coinciden, y los leones machos, a acercarse a ellas, aunque esta segunda parte se apoya en muy pocos animales.
La idea venía de su máster en la Reserva de Caza de Madikwe, en Sudáfrica, donde estudiaba hienas pardas y veía una y otra vez a leones que seguían su rastro. Según recuerda en la nota de prensa de Frontiers, otros investigadores le decían que tenía la relación al revés y que son las hienas las que siguen a los leones para aprovechar la carroña.
Una zoóloga que veía a los leones seguir a las hienas
En 2022, Barker se convirtió en la primera persona sorda en doctorarse en la UKZN, con una tesis sobre cómo se mueven y usan el espacio leones e hienas manchadas en el sur de África. La dirigieron los catedráticos Rob Slotow y Wayne Getz, que firman ahora el nuevo trabajo con ella, según la página de la UKZN que anunció su doctorado.
Collares GPS en dos parques del sur de África
El primer escenario fue el Parque Nacional de Etosha, en el centro-norte de Namibia, una sabana semiárida vallada de 22.270 kilómetros cuadrados. El equipo trabajó en unos 9000 kilómetros cuadrados alrededor de Okaukuejo y Halali, cerca del 40 % del parque.

El segundo fue el sistema Chobe-Linyanti, en el noreste de Botsuana, entre el Parque Nacional de Chobe, sin vallar, y la vecina Linyanti Conservancy, donde el equipo estudió 7500 kilómetros cuadrados de llanuras de inundación. Los datos se tomaron entre 2013 y 2018.
Antes de colocar un solo collar, Barker observó a los animales unos ocho meses en Etosha y cinco en Chobe-Linyanti y eligió para el collar a los de rango más alto, los menos propensos a abandonar su territorio. En total llevaron collar 13 leonas, 4 leones machos, 10 hienas hembra y 4 hienas macho, todos adultos.

Los collares registraban una posición cada 30 minutos durante la noche y cada cinco minutos en las dos horas posteriores al atardecer y las dos anteriores al amanecer. Se recuperó el 57 % de las posiciones posibles, porque hubo animales muertos y collares que no se pudieron recoger, un problema distinto al de las urracas australianas que se ayudaron entre ellas a quitarse los arneses GPS.
Para cada momento en que un león y una hiena tenían una posición real y simultánea, sin rellenar huecos con modelos, el equipo comprobó si cada animal se movía hacia el otro, se alejaba o se desplazaba hacia un lado. Eso redujo el análisis a 23 parejas: 10 de león e hiena (8 en Etosha y 2 en Chobe-Linyanti), 9 de dos leones y 4 de dos hienas.
Las hienas se apartan en las tres pruebas
Según Barker, los leones africanos y las hienas manchadas «dejan una huella clara y medible en la forma en que se mueven el uno alrededor del otro». Como la retirada de las hienas fue constante en tres pruebas estadísticas independientes, el equipo concluye que refleja un patrón de comportamiento repetible.
En cuatro de las 10 parejas mixtas, la hiena se alejaba del león mucho más de lo esperable por azar, y ninguna hiena mostró tendencia a acercarse. Con distancias de hasta 5 kilómetros, las nueve parejas con datos suficientes daban una hiena que se retiraba más de lo que se aproximaba.
La hiena manchada es la especie subordinada. Los leones la desplazan de las presas, la matan cuando tienen ocasión y merman su reproducción al acabar con sus cachorros, según los estudios que cita el artículo. Un trabajo de la Universidad de Granada ya había descrito esa relación de amor y odio entre leones y hienas alrededor de la carroña, y el GPS ya ha mostrado que los cuervos de Yellowstone recuerdan y vuelven a los sitios donde hay comida.
Los leones machos se acercan, con solo dos ejemplares
Ninguno de los leones se alejó de forma clara de su hiena. Tres leones, un macho y dos hembras, se acercaron a su hiena más de lo esperable por azar, y en las tres parejas con un león macho el felino avanzaba hacia la hiena más veces de las que se alejaba. El caso más marcado fue el del macho OF-34309, que avanzó hacia la hiena SA-33872 en 101 de sus 147 desplazamientos no laterales, el 68,7 %, mientras ella se alejaba en 110 de 157, el 70,1 %.
Las leonas no mostraron una dirección constante. En el modelo estadístico, la probabilidad de avanzar hacia la hiena fue de 0,548 en los machos y de 0,501 en las hembras, una diferencia en la dirección esperada que no llega a ser significativa.
Agua, vallas y cadáveres que reducen el espacio para evitarse
Según los autores, las medidas que comprimen el espacio en el que se mueven leones e hienas podrían recortar la distancia a la que funciona esa retirada. Citan la concentración del agua en pocos puntos durante las sequías, las vallas que limitan la dispersión y la acumulación de cadáveres ligada al control del carbunco.
Etosha está vallado y en 2025 sufrió un devastador incendio en un parque que alberga 114 especies de mamíferos. En otros lugares se buscan salidas como el puente para fauna de la autopista I-90 en Washington.
Pocos animales y resultados que son tendencias
Barker reconoce que tenían «un número relativamente pequeño de individuos con collar», y que algunos de los resultados más detallados deben verse como tendencias y no como conclusiones firmes. Las comparaciones entre especies se apoyan en ocho leones y solo tres hienas, y entre esos leones hay únicamente dos machos, que aportan tres parejas, todas en Etosha. Una sola hiena, SA-33872, aparece en seis de las 10 parejas mixtas, aunque el patrón se mantiene hiena por hiena.
Los autores creen que los leones podrían usar la actividad de las hienas como pista para encontrar carroña o para tantear los límites de los clanes, pero lo plantean como una interpretación compatible con los datos. Los datos muestran que la respuesta en el encuentro inmediato existe y tiene dirección, pero no demuestran que sea el mecanismo más importante para la supervivencia y la reproducción, que es lo que Barker quiere relacionar ahora con estos movimientos.
El estudio completo se ha publicado en Frontiers in Ethology.
Foto: Nancy Barker / Frontiers









