En el mar de Andamán, los niños del pueblo moken han aprendido a buscar moluscos y otros alimentos en el fondo con los ojos abiertos. Cuando los investigadores compararon su visión con la de niños europeos, su agudeza subacuática resultó más de dos veces superior, aunque eso no significa que vean bajo el agua igual que en tierra.
El hallazgo fue publicado en 2003 y no apunta a unos ojos de forma distinta. El equipo de Anna Gislén, vinculado a la Universidad de Lund, observó una contracción extrema de la pupila y un cambio intenso del cristalino, y en 2006 mostró que niños europeos podían aprender una respuesta parecida mediante la práctica.
Por qué el agua desenfoca
La córnea es la superficie transparente situada delante del ojo y actúa como una primera lente. En el aire aporta cerca de dos tercios de la capacidad de enfoque, pero bajo el agua pierde gran parte de ese efecto porque la luz ya no se desvía de la misma manera.
Por eso, al abrir los ojos en una piscina o en el mar, los bordes parecen mezclarse y los detalles pequeños desaparecen. Los resultados con los moken no describen una visión perfecta, sino una mejora clara frente a otros niños sometidos a la misma prueba.
El ajuste que aclara la imagen
El primer movimiento ocurre en la pupila, la abertura negra por la que entra la luz. Los niños moken la redujeron hasta algo menos de dos milímetros, frente a unos dos milímetros y medio en los niños europeos estudiados, una diferencia pequeña a simple vista pero útil para reducir el desenfoque.
Es parecido a cerrar el diafragma de una cámara para que más zonas de la imagen parezcan nítidas. A la vez, el cristalino cambia de forma mediante la acomodación, el proceso que usamos para enfocar objetos cercanos, y los niños llevaron ese ajuste hasta el límite conocido del rendimiento humano.
Qué midió el equipo
Anna Gislén firmó el trabajo junto con Marie Dacke, Ronald Kröger, Mats Abrahamsson, Dan-E Nilsson y Eric Warrant. El grupo midió la capacidad de distinguir detalles bajo el agua y comparó a niños moken con menores europeos de edades semejantes.
La diferencia superó el doble a favor de los niños moken. El hallazgo importante no fue solo la cifra, sino comprobar que la pupila se cerraba bajo el agua mientras el cristalino aumentaba su potencia de enfoque, dos respuestas que los participantes europeos sin entrenamiento no mostraban de la misma forma.
La práctica también cuenta
En 2006, Gislén, Warrant, Dacke y Kröger publicaron un segundo trabajo con niños europeos. Tras once sesiones de entrenamiento durante un mes, los participantes mejoraron y, cuando fueron evaluados meses después en una piscina exterior con mucha luz, alcanzaron el nivel de agudeza registrado en los niños moken.
Eso debilita la idea de una capacidad exclusivamente heredada. La tesis de Gislén plantea que la repetición puede unir la acomodación y la contracción de la pupila hasta convertirlas en una respuesta aprendida al sumergir la cabeza, aunque el mecanismo exacto todavía requiere prudencia.
El mar como escuela
Durante generaciones, los moken han vivido ligados a los archipiélagos de Tailandia y Myanmar, con una cultura basada en la pesca, la recolección y un conocimiento muy detallado del mar. La UNESCO recuerda que, en el pasado, muchas familias pasaban gran parte de su vida en embarcaciones y se desplazaban entre islas.
Ese aprendizaje ambiental también quedó patente durante el tsunami del océano Índico del 26 de diciembre de 2004. En las islas Surin, miembros de la comunidad reconocieron el retroceso anormal del agua como una señal de peligro y se dirigieron a zonas altas antes de la llegada de las olas.
No son ojos de delfín
La frase «como los delfines» sirve para imaginar la escena, pero no describe una equivalencia biológica. Los mamíferos marinos cuentan con modificaciones visuales propias para funcionar en el agua, mientras que los niños moken aprovechan de forma extraordinaria mecanismos que ya existen en el ojo humano.
Al final del día, el estudio habla menos de un «superpoder» que de plasticidad, es decir, de la capacidad del cuerpo joven para afinar una respuesta con la experiencia. En la práctica, demuestra que el entorno y el aprendizaje pueden llevar funciones normales hasta un nivel que parecía fuera de alcance.
El estudio principal se publicó en Current Biology.



