Un equipo internacional ha identificado embriones y larvas dentro de las branquias fosilizadas de Margaritifera valdensis, un bivalvo de agua dulce que vivió hace más de 125 millones de años. Los ejemplares proceden de la isla de Wight, en Reino Unido, y ofrecen la evidencia fósil directa más antigua conocida de cuidado materno en este grupo de moluscos.
El hallazgo no consiste solo en una concha antigua. En su interior quedaron preservados tejidos blandos, cámaras de incubación y distintas fases del desarrollo de las crías, una combinación muy rara en el registro fósil. El estudio, publicado el 22 de junio de 2026 y dirigido por Graciela Delvene desde el Museo Geominero del IGME-CSIC, muestra que una estrategia reproductiva todavía utilizada por mejillones de agua dulce actuales ya funcionaba en plena era de los dinosaurios.
Una guardería dentro de las branquias
Los investigadores estudiaron tres ejemplares de Margaritifera valdensis. En dos de ellos localizaron posibles células precursoras de los óvulos, embriones tempranos y larvas más desarrolladas, todas ellas situadas en zonas de las branquias que habrían funcionado como cámaras de cría.
Algunas larvas conservaban incluso sus dos pequeñas valvas articuladas en una posición parecida a las alas abiertas de una mariposa. También aparecieron soportes branquiales, uniones entre sus láminas y restos de tejido blando mineralizado. La roca guardó mucho más que una concha.
Cómo supieron que eran crías
¿Cómo pueden saber los científicos que esas formas diminutas no son simples cristales creados después de la muerte del animal? Para comprobarlo, los fósiles se introdujeron en resina, se cortaron y se prepararon en láminas finas y pulidas. Después se analizaron con microscopía óptica y digital, microscopía electrónica de barrido y pruebas de composición química.
Las estructuras interpretadas como crías aparecían en dos tipos distintos de mineral, pero mantenían tamaños, formas y posiciones comparables. Además, mostraban rasgos biológicos difíciles de explicar mediante un crecimiento mineral al azar, como aberturas de la primera concha, ornamentación, poros y valvas unidas. Su concentración dentro de las antiguas cámaras branquiales terminó de reforzar la interpretación.
El tercer ejemplar no contenía embriones ni larvas y presentaba un desarrollo menor de las estructuras que sostienen la cámara de incubación. Según los autores, probablemente no estaba en fase reproductiva. Esa diferencia entre individuos también ayuda a descartar que todo sea una casualidad geológica.
Un cuidado materno muy antiguo
Los bivalvos de agua dulce del orden Unionida poseen hoy un ciclo reproductivo llamativo. Las hembras incuban los embriones dentro de branquias modificadas y, cuando las larvas salen, estas se fijan temporalmente a un pez para completar su desarrollo y dispersarse hacia otros lugares.
Los fósiles confirman con claridad la primera parte de ese ciclo, la incubación dentro de las branquias maternas. No muestran directamente a una larva adherida a un pez, por lo que ese paso no quedó congelado en la roca. El matiz importa, pero la anatomía preservada demuestra que la compleja fase de cría ya había evolucionado durante el Cretácico temprano.
Graciela Delvene, científica del IGME-CSIC y responsable del estudio, lo explica con claridad. «Esta es la primera evidencia fósil directa de bivalvos de agua dulce incubando activamente a sus crías dentro de las branquias». No es poca cosa.
Una despensa de calcio
Vivir en agua dulce plantea un problema que a simple vista pasa desapercibido. En muchos ríos y lagos hay menos calcio disponible que en el mar, pero las larvas necesitan ese elemento para construir su primera concha. Los ejemplares fósiles conservan pequeñas concreciones de fosfato cálcico junto a los embriones y, en algunos casos, dentro de ellos.
Los autores interpretan esas partículas como reservas producidas por el propio animal y utilizadas durante el desarrollo. En la práctica, las branquias no solo protegían a las crías, también les proporcionaban material para empezar a formar su cubierta. Eran una cuna y una despensa mineral al mismo tiempo.
Esta adaptación pudo favorecer la expansión de estos bivalvos por ambientes de agua dulce pobres en calcio durante el Mesozoico. El estudio aporta además la primera evidencia fósil de que esas reservas minerales se incorporaban desde las fases embrionarias. Una solución pequeña para un desafío enorme.
El misterio de la molluskite
El trabajo también resuelve una vieja duda paleontológica. En el siglo XIX, Gideon Mantell describió dentro de estos bivalvos una sustancia oscura a la que llamó «molluskite», pero su verdadera naturaleza permaneció sin aclarar durante décadas.
Los nuevos análisis indican que aquel material corresponde a tejidos blandos y estructuras reproductivas preservados mediante minerales durante la fosilización. Lo que parecía una mancha sin demasiado significado era, en realidad, parte del sistema de reproducción. A veces, un fósil conocido necesita herramientas nuevas para contar su historia completa.
Por qué importa hoy
Los mejillones de agua dulce modernos filtran partículas del agua y sirven de alimento a otros animales, por lo que ayudan al funcionamiento de ríos y lagos. Aun así, figuran entre los grupos animales más amenazados. La contaminación, las presas y la degradación de los cauces dañan sus hábitats, mientras que la falta de peces hospedadores puede impedir que completen su ciclo de vida.
El fósil demuestra que esta forma de criar ya existía hace más de 125 millones de años y todavía aparece en sus parientes actuales. Pero una estrategia resistente a escala geológica no garantiza que pueda soportar cambios ambientales rápidos causados en unas pocas décadas. Y ahí está la conexión con el presente.
La investigación fue realizada por científicos del IGME-CSIC, la Universidad de Portsmouth y la Universidad de Varsovia.
El estudio ha sido publicado en Scientific Reports.



