Un matemático de Oxford sostiene que las curvas del Partenón no corrigen ninguna ilusión óptica, como se cree desde Vitruvio, y que sus columnas apenas se abomban 18 milímetros

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Por HoyECO
Publicado el 6 de octubre de 2026 a las 22:02
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Fachada este del Partenón en la Acrópolis de Atenas bajo un cielo azul

Quien se coloca en una esquina del Partenón, en la Acrópolis de Atenas, puede ver a simple vista que la plataforma del templo se eleva ligeramente hacia el centro. Desde hace más de 2000 años, esa curva y otras deformaciones sutiles del edificio se explican como un truco de los arquitectos griegos para corregir ilusiones ópticas.

Alain Goriely, matemático aplicado de la Universidad de Oxford, sostiene ahora que esa explicación no se apoya en ninguna prueba. En un estudio publicado en septiembre de 2026 en Royal Society Open Science, concluye que las ilusiones que supuestamente corregían esas curvas «o no están respaldadas por pruebas o son demasiado pequeñas para tener un efecto perceptible en las condiciones habituales de observación».

«Está ampliamente aceptado que se hizo así a propósito», dijo Goriely a la revista New Scientist. «Pero no hay estrictamente ninguna prueba de que los refinamientos del Partenón produzcan de verdad las ilusiones visuales que se proponen».

La plataforma se curva hacia el centro

El Partenón se construyó entre el 447 y el 432 a. C., con los arquitectos Ictino y Calícrates bajo la supervisión del escultor Fidias. Su estilóbato, la plataforma superior sobre la que se apoyan las columnas, mide unos 30,9 metros de ancho y 69,5 metros de largo.

Las mediciones del siglo XIX demostraron que esa superficie tiene una ligera curvatura hacia arriba, hecha a propósito, algo que hoy aceptan todos los expertos. La diferencia máxima de altura ronda los 6 centímetros.

Según la explicación tradicional, una base del todo horizontal habría parecido hundida por el centro, y la curva servía para compensarlo. Goriely recuerda que la ciencia de la visión dice otra cosa, porque «en ausencia de modificadores, una línea horizontal recta parece recta y horizontal, y una curva parece curva», escribe.

El ojo detecta desviaciones de pocos centímetros

Para saber si la curva se puede ver siquiera, el matemático recurrió a estudios de psicología experimental. Con las estimaciones más prudentes, el sistema visual humano distingue que una línea se aparta de la recta entre 1,5 y 5 centímetros cuando la mira desde 25 metros.

Un observador cercano podría notar la curva del estilóbato en condiciones ideales, pero a más distancia deja de percibirse, y en una escena real el cerebro tiende a suavizar las pequeñas irregularidades.

Las esquinas del templo son la excepción, y Goriely ve ahí una contradicción. «A veces se lleva a la gente a la esquina del Partenón, y eso amplifica mucho la curvatura», explicó a Scientific American. «Y [les] dicen: “Ajá, ¿veis que está curvado? ¿Y por qué está curvado? Porque los griegos lo hicieron para que pareciera recto”. Pero si parece recto, ¿por qué está curvado?».

Grabado antiguo de los escalones del Partenón en el que se aprecia la curvatura de su base
Escalones y base del Partenón. Imagen: G. Fougères (dominio público)

La ilusión de Hering no funciona en el templo

La defensa más elaborada de la teoría recurre a la ilusión de Hering, que describió en 1861 el fisiólogo alemán Ewald Hering y en la que dos líneas horizontales rectas parecen arquearse cuando las cruzan otras oblicuas. El efecto desaparece cuando las líneas se cortan casi en perpendicular, que es lo que ocurre con las columnas del Partenón, inclinadas hacia dentro apenas 0,4 grados.

«Hay ciertos efectos, como la ilusión de Hering, que sobre el papel darían cualitativamente la misma dirección, pero si haces de verdad el cálculo te das cuenta de que el efecto no aparece», dijo Goriely a New Scientist. «Y aunque pueda funcionar sobre el papel, el efecto en el edificio real en 3D, con un observador, es completamente distinto».

«En el mundo real tridimensional no nos dejamos engañar tan fácilmente por las ilusiones visuales», resumió en Scientific American.

Las columnas se abomban unos 18 milímetros

La éntasis es el ligero abombamiento del fuste de una columna. La tradición sostiene que sirve para que unas columnas de lados rectos no parezcan cóncavas o estranguladas.

Con las mediciones que el arquitecto Francis Penrose publicó en el siglo XIX, Goriely modelizó una de las columnas centrales de la fachada este. La desviación máxima respecto a un perfil recto aparece a 5,02 metros de altura y es de unos 18 milímetros, menos del 0,2 % de los aproximadamente 10,4 metros que miden las columnas.

«La afirmación de que los fustes de lados rectos parecen cóncavos carece de respaldo empírico y, que yo sepa, nunca se ha demostrado científicamente una ilusión así», escribe el autor. A esa escala, añade, la curva es demasiado pequeña para percibirse desde la mayoría de las distancias, y cuando se percibe «el ojo la registra como un abombamiento y no como una corrección».

En 2007, Peter Thompson, del departamento de Psicología de la Universidad de York, y sus colegas Georgia Papadopoulou y Eleni Vassiliou publicaron en Spatial Vision varios experimentos con columnas de lados paralelos y columnas que se estrechaban. Encontraron «pocas pruebas que respalden cualquier teoría de compensación de una ilusión».

Vitruvio lo explicó cuatro siglos después

La idea procede de Vitruvio, el arquitecto romano que escribió De architectura en el siglo I a. C., unos 400 años después de que se levantara el Partenón. En el libro tercero de su tratado recomendaba elevar el centro del estilóbato porque, si se dejaba nivelado, tendría «la apariencia de haberse hundido en el centro».

Goriely señala que Vitruvio no aportó ninguna prueba de que los griegos buscaran ese efecto. La teoría resurgió en el siglo XIX, cuando Penrose midió las curvas con una precisión sin precedentes y concluyó que solo podían ser correcciones ópticas.

Tampoco consta que los griegos del siglo V a. C. conocieran esas ilusiones. Las teorías de la visión de filósofos como Demócrito, Platón y Aristóteles, el maestro de Alejandro Magno en Mieza, debatían si la vista nacía de emanaciones, de un fuego interior o de las propiedades del aire y del agua.

El agua de lluvia y otras explicaciones

Si las curvas no corrigen nada, queda por saber para qué se hicieron. La neurocientífica Marge Livingstone, que investiga la percepción visual en la Facultad de Medicina de Harvard, apuesta por una función práctica. «Creo que debió de ser para el drenaje, igual que en las carreteras», dijo a New Scientist.

Goriely calculó cómo escurriría el agua de lluvia sobre una plataforma de mármol pentélico, casi impermeable, con pendientes medias de 0,2 a 0,24 grados. Una lámina de agua de un milímetro tardaría unos 44 minutos en recorrer 30 metros.

«Si la curvatura se introdujo con fines de drenaje sigue sin saberse», escribe, aunque considera injustificado que Penrose descartara esa función. El agua también condicionaba el diseño de otros santuarios antiguos, como el templo circular egipcio de más de 2000 años con una red de agua conectada al Nilo.

Otra posibilidad sencilla, según el estudio, es «que los constructores usaran columnas curvas porque creían que resultaban más agradables que las rectas».

Mark Wilson Jones, historiador de la arquitectura y profesor visitante en la Universidad de Cambridge, no descarta del todo la ilusión. «En la Antigüedad clásica, como en la mayoría de las culturas tradicionales, podían funcionar al mismo tiempo explicaciones parciales que se solapaban y se reforzaban de maneras que a nosotros no nos resultan del todo lógicas», dijo a Scientific American. «No tenían métodos modernos para demostrar o refutar teorías como esta».

Lo que el estudio no demuestra

El trabajo es un análisis matemático de mediciones antiguas y de estudios de percepción, sin experimentos nuevos con visitantes. El propio Goriely propone un experimento controlado en el que varios observadores digan si ciertos elementos parecen rectos o curvos desde distintas distancias, y sugiere hacerlo en la réplica a tamaño real del Partenón que hay en Nashville (Tennessee).

Tampoco resuelve la intención de los constructores. «Simplemente no conocemos el proceso de pensamiento de sus creadores», escribe. La hipótesis del drenaje, además, no explica por qué el arquitrabe, la viga de piedra que descansa sobre las columnas, tiene una curva parecida.

Y el estudio de 2007 aportaba pruebas de un papel estructural de la éntasis. Goriely, por su parte, descarta que la curva sirviera para evitar el pandeo, es decir, que la columna se doblara de lado por la compresión, porque según sus cálculos unas columnas dóricas tan gruesas se aplastarían o se deslizarían por sus juntas mucho antes.

Goriely cierra el artículo invitando al lector a salir a pasear por una ciudad y mirar sus columnas. «Confía en tus propios ojos, cuestiona lo que ves y decide por ti mismo si la teoría de las correcciones ópticas se sostiene», escribe.

El estudio completo se ha publicado en Royal Society Open Science.

Imagen: George E. Koronaios / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

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