Las lluvias tras los incendios pueden arrastrar parte de los suelos y cenizas hacia ríos y las captaciones de agua potable. WWF reclama que se tomen urgentes medidas de protección en las laderas más vulnerables y que se mantenga la vigilancia de dichas áreas durante los años subsiguientes.
Una vez que el fuego se apaga, una lluvia intensa es capaz de desencadenar otra emergencia medioambiental. WWF advierte: las lluvias tras los incendios pueden arrastrar cenizas y sedimentos hacia los ríos, los embalses y las captaciones de agua potable, además de ocasionar riadas y erosionar las laderas. La amenaza podría durar años si el terreno no recupera una capa de cobertura vegetal adecuada.
La pérdida de vegetación y materia orgánica deja el suelo expuesto y puede reducir su capacidad para absorber agua. Cuando las lluvias tras los incendios superan esa capacidad, el agua corre por la superficie y transporta materiales hacia los cauces. Las consecuencias alcanzan tanto a las poblaciones situadas aguas abajo como a los ecosistemas fluviales.
La organización reclama que se actúe antes de que lleguen nuevos episodios de precipitaciones intensas. Las prioridades deben pasar por la identificación de las zonas con mayor riesgo, la protección de los suelos, la vigilancia de los abastecimientos de agua, que se eviten todas aquellas actuaciones que agraven la erosión y que se apueste por la regeneración natural.
Los peligros de las lluvias tras los incendios
Cuando los incendios ya se han apagado, nuestro país sigue sufriendo consecuencias del fuego. De hecho, la desaparición de la cubierta vegetal y la pérdida de materia orgánica han dejado los suelos desprotegidos y reducido su capacidad para absorber el agua, por ello son tan peligrosas las lluvias tras los incendios.
Este problema de las lluvias tras los incendios se traduce en que las precipitaciones intensas del otoño pueden generar fuertes escorrentías que arrastran tierra, cenizas, piedras y restos vegetales hacia los cauces, provocando procesos erosivos, problemas de calidad del agua y avenidas aguas abajo.
Un problema que ya es visible en varias zonas
Las lluvias tras los incendios registradas en los últimos días en el arco mediterráneo vuelven a poner de manifiesto los riesgos asociados a los terrenos quemados. En la Comunidad Valenciana, municipios afectados este verano por el incendio de la Vall d’Uixó, como Alfondeguilla o Alcudia de Veo, han registrado precipitaciones importantes, mientras que en Cataluña episodios recientes de lluvias intensas aconsejan extremar la vigilancia en zonas incendiadas como Carme, en Anoia, o La Bisbal d´Empordá.
En estos territorios, todavía con una cobertura vegetal reducida, las lluvias tras los incendios pueden aumentar la escorrentía, la erosión y el arrastre de cenizas y sedimentos hacia los cauces, por lo que resulta esencial identificar y proteger cuanto antes las áreas más vulnerables.
No hay que olvidar que en El Bierzo (León), la riada de Manzanedo de Valdueza del pasado 15 de agosto, cargada de lodo negro y restos vegetales, causó la muerte de dos personas en un área dañada por incendios anteriores.
Asimismo, en el valle del Tiétar (Ávila), las lluvias sobre terrenos afectados por el incendio de Burgohondo contaminaron captaciones de agua y dejaron a más de 4000 personas sin acceso a agua potable durante días en municipios como Casavieja, Piedralaves y Mijares. Los arrastres llegaron incluso hasta La Iglesuela (Toledo), donde las lluvias tras los incendios provocaron la muerte de decenas de peces.
Además, las poblaciones de especies catalogadas en peligro de extinción en España, como el desmán ibérico o el visón europeo, también se ven muy afectadas por la contaminación de los ríos y sus riberas tras los incendios forestales, ya que la destrucción de su hábitat es una de sus mayores amenazas.
Por ello, desde WWF insisten en que es necesario extremar la vigilancia en las zonas afectadas por grandes incendios, como el de La Mierla (Guadalajara) o el de Niebla (Huelva). Además, recuerdan que el peligro no desaparece con el otoño, ya que mientras no se recupere una cobertura vegetal suficiente, las lluvias tras los incendios pueden reactivar estos procesos durante varios años.
Evitar riadas para prevenir problemas mayores
De ahí que, una vez extinguido el incendio, la prioridad inmediata deba ser proteger el suelo y el agua para evitar que sufran también las consecuencias del fuego. Igualmente, proponen evaluar cuanto antes el riesgo de erosión y escorrentías, identificando las laderas más vulnerables, así como las poblaciones, cauces y captaciones de agua en peligro.
En las zonas más vulnerables, reclaman aplicar medidas de protección del suelo. Entre ellas, están los acolchados vegetales y fajinas, junto a la instalación de pequeñas estructuras de retención de sedimentos en barrancos y cárcavas.
También consideran esencial reforzar la vigilancia de los abastecimientos de agua, revisar los drenajes y evitar intervenciones que agraven la erosión, como el uso indiscriminado de maquinaria pesada o la retirada generalizada de madera quemada, para evitar las peores consecuencias de las lluvias tras los incendios.
De igual forma, defienden favorecer la regeneración natural, evitar reforestaciones precipitadas y mantener el seguimiento durante los primeros años. No hay que olvidar que la restauración ecológica debe servir, además, para recuperar ecosistemas diversos y resilientes y reducir el riesgo de los grandes incendios del futuro.
«Proteger el suelo después de un incendio es también proteger el agua, la naturaleza y la seguridad de las personas». Y continúa: «La emergencia no termina con la extinción: anticiparse a sus consecuencias debe formar parte de la respuesta frente a los incendios forestales«, Lourdes Hernández, experta en incendios forestales de WWF.
Balance de los incendios de 2026
En cuanto al balance de incendios, a falta del cierre definitivo, los datos confirman la gravedad de la campaña. Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), hasta el 19 de octubre habían ardido 301 299 hectáreas, lo que supone un 139 % más que la media del último decenio. Se han registrado 49 grandes incendios forestales, frente a una media de 23, que han concentrado unas 241 000 hectáreas quemadas.
La campaña ha destacado por la magnitud de los incendios: tres de los cinco mayores registrados en la historia forestal española se han producido en 2026. Se trata de Niebla (Huelva-Sevilla), con unas 40 000 hectáreas; Burgohondo (Ávila), con 36 541; y La Mierla (Guadalajara), con 32 100.
También cabe reseñar su intensidad temprana: solo en julio ardieron más de 168 000 hectáreas, en un verano caracterizado por el calor persistente y la escasez de precipitaciones.
Asimismo, el impacto sobre las personas ha sido devastador, con 21 víctimas mortales contabilizadas por el Ministerio de Interior hasta finales de septiembre. A ello se suma un daño ecológico muy preocupante, con un gran impacto sobre las superficies arboladas y hábitats de especies amenazadas, como el buitre negro, el águila imperial y el lobo ibérico.
Estos datos reconfirman que España se enfrenta a una nueva generación de incendios extremos, capaces de superar la capacidad de extinción y multiplicar sus consecuencias sociales, económicas y ambientales, incluso después de apagarse.
Es fundamental saber qué hay debajo de lo que está quemado
Para decidir dónde actuar primero para evitar las lluvias tras los incendios, importa tanto la ladera quemada como lo que hay debajo. Un terreno conectado por barrancos con un pueblo, una carretera o una captación de agua requiere valorar las consecuencias que tendría el arrastre de materiales hasta esos puntos.
Por eso, la evaluación debería hacerse de forma paralela al recorrido del agua, comenzando desde la zona incendiada y llegando hasta las áreas más expuestas. Esa visión ayudaría a dirigir las medidas de protección hacia los lugares más vulnerables, que es donde pueden y deben evitarse mayores daños por las lluvias tras los incendios.













