Marruecos ha puesto sus humedales en el centro de su batalla contra la falta de agua. El país quiere que al menos el 30% de sus ecosistemas degradados reciba medidas de restauración de aquí a 2030, una meta que no habla solo de naturaleza, sino también de agricultura, turismo, biodiversidad y prevención de inundaciones. No es poca cosa.
El contexto aprieta. Marruecos cuenta con unos 300 humedales, cerca de 400.000 hectáreas y 38 sitios reconocidos por el Convenio de Ramsar, mientras la presión de siete años de sequía ha dejado claro que cada laguna importa. ¿Qué significa esto en la práctica? Que recuperar un humedal puede ser tan decisivo como levantar una infraestructura, solo que con aves, dunas, riberas y agua circulando por debajo.
Un plan con fecha
El objetivo nacional marroquí no se queda en una frase bonita. El documento de metas de biodiversidad del país habla de identificar los ecosistemas terrestres y acuáticos degradados y asegurar que al menos el 30% de ellos esté bajo medidas de restauración antes de 2030.
La restauración puede incluir reforestación, recuperación de especies autóctonas, mejora de suelos, gestión del agua y creación de zonas protegidas. En el fondo, lo que busca es que el ecosistema vuelva a funcionar. No solo que parezca verde en una foto.
Por qué importan tanto
Los humedales son mucho más que zonas encharcadas. Almacenan agua, recargan acuíferos, suavizan crecidas y sirven de refugio a muchas especies. En un país seco, eso vale oro, aunque no brille.
La Convención sobre los Humedales calcula que desde 1970 se han perdido unos 411 millones de hectáreas de humedales en el mundo, cerca del 22% del total global. Además, alrededor del 25% de los humedales que quedan están en mal estado ecológico. Y eso se nota en el agua, en las aves y también en la vida de quienes dependen del campo.
Abderrahim Houmy, director general de la Agencia Nacional de Aguas y Bosques de Marruecos, los definió como «verdaderos reguladores naturales». Según la ANEF, estos espacios ayudan al almacenamiento de agua, a la recarga de las capas freáticas y a la reducción de crecidas. Dicho de otra forma, hacen gratis parte del trabajo que luego cuesta millones imitar con cemento.
Las primeras obras
El plan ya tiene actuaciones sobre el terreno. En Afenourir, en el Medio Atlas, se contemplan trabajos de canalización y regulación de crecidas. En la laguna de Marchica, en Nador, las medidas se centran en mejorar la calidad del agua y reforzar la reforestación en cuencas cercanas.
También hay proyectos de recuperación de riberas y creación de islotes y nidos artificiales en humedales litorales como Sidi Boughaba y la laguna de Naila. Son medidas sencillas de explicar, pero muy importantes para la cría de aves y para compensar la pérdida de hábitats naturales.
La clave estará en que estas obras no se queden aisladas. Un humedal no se salva solo con un arreglo puntual, porque depende del agua que entra, de la calidad de esa agua, del uso de las riberas y de la presión humana que tiene alrededor.
Essaouira gana peso
Uno de los nombres propios de esta estrategia es Essaouira. La ficha oficial de biodiversidad de Marruecos sitúa el Archipiélago de Essaouira como zona húmeda Ramsar desde 2005, con una superficie de 4.000 hectáreas y gestión vinculada al Departamento de Aguas y Bosques.
El lugar no protege solo un paisaje bonito. Incluye dunas costeras, aguas marinas poco profundas, zonas rocosas, playas y una pequeña desembocadura de oued. También ayuda a frenar la erosión costera gracias a la fijación de dunas por la vegetación.
Allí aparece uno de los grandes símbolos naturales de la zona, el halcón de Eleonor. GREPOM/BirdLife Maroc señala que el archipiélago se sigue de forma regular desde 2010 y que la población reproductora pasó de unos 60 parejas en 1980 a una cifra estabilizada en torno a 1.500 entre 2018 y 2021. Es una recuperación notable, y conviene decirlo con datos.
Turismo sí, pero con cuidado
La ANEF defiende una gestión que combine conservación ecológica y uso sostenible, con beneficios para agricultura, turismo y biodiversidad. La idea suena bien, pero tiene letra pequeña. Si el turismo se desordena, el mismo atractivo natural que se quiere mostrar puede terminar presionando a las aves y a las dunas.
Por eso Essaouira mira también hacia la acreditación internacional de «Ciudad Humedal». Este reconocimiento busca dar visibilidad a ciudades que mantienen una relación positiva con sus humedales urbanos o cercanos, y puede ayudar a ordenar mejor la conservación, la educación ambiental y el ecoturismo.
Marruecos aspira a que Essaouira se sume a esa red, siguiendo una línea en la que ya aparecen ciudades como Valdivia, en Chile, o Mehdya, en Marruecos. El premio real, sin embargo, no sería la etiqueta. Sería conservar el agua y la vida que hacen especial al lugar.
El reto ahora
El gran desafío será medir los resultados. El propio objetivo nacional habla de indicadores sobre diversidad de especies, salud del suelo, calidad del agua y cobertura vegetal. Sin esos datos, restaurar el 30% puede quedarse en una promesa difícil de comprobar.
También pesa el clima. Las lluvias recientes pueden aliviar un embalse o devolver vida a una laguna, pero la ANEF advierte de que no borran el estrés hídrico estructural. El problema no es una mala temporada. Es una forma de vivir con menos agua disponible.
El objetivo nacional actualizado de biodiversidad de Marruecos ha sido publicado en el documento oficial Morocco National Targets GBF-NT.












