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Hace 200 años EEUU plantó miles de tamariscos para frenar la erosión de los ríos, pero los científicos avisan de que ha invadido el oeste del país transformando ecosistemas fluviales

Lo que nació para frenar la erosión acabó invadiendo los ríos del oeste de EE. UU. y alterando sus ecosistemas.

Hace 200 años EEUU plantó miles de tamariscos para frenar la erosión de los ríos, pero los científicos avisan de que ha invadido el oeste del país transformando ecosistemas fluviales

Durante décadas, el tamarisco pareció una buena idea en Estados Unidos. Era resistente, aguantaba el calor, vivía en suelos salinos y servía para sujetar orillas en zonas áridas donde la erosión era un problema muy serio. Sobre el papel, todo encajaba.

Pero la historia ha cambiado. Aquella planta introducida para ayudar a estabilizar riberas terminó extendiéndose por buena parte del oeste estadounidense, ocupando tramos de ríos donde antes dominaban álamos y sauces nativos. La conclusión que hoy manejan muchos científicos es más incómoda que una simple etiqueta de «especie invasora«. El tamarisco no llegó solo a un paisaje intacto, sino a ríos ya alterados por presas, desvíos de agua y cambios profundos en las inundaciones naturales.

De solución útil a problema ambiental

El tamarisco (Tamarix spp.) fue introducido en Estados Unidos desde Asia en el siglo XIX. Primero se utilizó como planta ornamental y después se promovió para controlar la erosión en zonas costeras e interiores, sobre todo por su tolerancia a la sequía y a la salinidad. No era poca cosa en un territorio donde el agua siempre ha marcado la vida diaria.

A mediados del siglo XX, la percepción cambió. El historiador Matthew K. Chew lo explicó en un estudio publicado en Journal of the History of Biology, donde describe cómo el tamarisco pasó a ser presentado como una especie casi monstruosa. En el fondo, la planta se convirtió en una culpable cómoda para hablar de escasez de agua y degradación de los ríos.

El papel de las presas

La expansión del tamarisco coincidió con la construcción y operación de grandes presas en ríos del oeste de Estados Unidos. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), esas nuevas condiciones físicas favorecieron a esta planta frente a competidores nativos como álamos y sauces. Dicho de otra forma, el río ya no funcionaba como antes.

Esto es clave para entender el problema. Los álamos y sauces necesitan crecidas estacionales que dejen sedimentos húmedos y abiertos donde puedan germinar sus semillas. Cuando se controla demasiado el caudal, se reduce esa ventana natural. Y ahí entra el tamarisco, más tolerante al estrés y capaz de colonizar lugares donde otras especies lo tienen mucho más difícil.

El agua no era tan simple

Durante años se culpó al tamarisco de consumir enormes cantidades de agua. Esa idea impulsó campañas de eliminación con la promesa de recuperar caudales para ríos, agricultura y ciudades. Pero los estudios más recientes han puesto muchos matices sobre la mesa.

El propio USGS señala que investigaciones actuales muestran que el tamarisco usa una cantidad de agua similar o incluso menor que muchas plantas leñosas nativas. Por eso, sustituirlo sin más por álamos y sauces no garantiza que haya más agua disponible para otros usos. La cuenta no sale tan fácil como arrancar una planta y esperar que el río respire de nuevo.

Una síntesis reciente sobre más de dos décadas de datos en zonas áridas de Norteamérica también apunta a que el consumo de agua depende mucho de la comunidad vegetal, el clima y el lugar concreto. Además, en climas más cálidos, las comunidades ribereñas tienden a usar más agua por la mayor demanda evaporativa y una temporada de crecimiento más larga.

El escarabajo que cambió el escenario

En 2001, se liberó en varios estados un agente de control biológico, el escarabajo de la hoja del tamarisco (Diorhabda spp.). La idea era defoliar la planta sin recurrir siempre a métodos mecánicos o químicos. En teoría, parecía una herramienta más limpia y barata.

Pero la naturaleza rara vez responde con una sola línea recta. El escarabajo se ha extendido por amplias zonas del suroeste estadounidense y del norte de México, y ha reducido la cobertura del tamarisco en distintos tramos. A cambio, los científicos advierten de que sus efectos completos sobre el ecosistema todavía no están del todo claros.

Los datos más recientes del USGS, basados en observaciones Landsat entre 2013 y 2023 en 27 zonas de la cuenca baja del río Colorado, muestran un resultado desigual. El 52 % de los sitios estudiados registró reducciones modestas de evapotranspiración tras el control biológico, mientras que en el resto hubo ligeros aumentos. En la práctica, el ahorro de agua fue irregular.

Las aves también cuentan

El tamarisco puede reducir la diversidad vegetal cuando forma masas densas, pero también se ha integrado en algunos ecosistemas ya transformados. Este es uno de los puntos más delicados del debate. ¿Qué pasa cuando una especie invasora se convierte en refugio para fauna que ya perdió su hábitat original?

El mosquero saucero del suroeste, una especie en peligro, necesita hábitats ribereños densos con vegetación de álamos, sauces y también tamariscos. El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos reconoce que esas formaciones pueden formar parte de su hábitat de nidificación. Además, trabajos del USGS advierten de que retirar Tamarix sin asegurar un reemplazo nativo de calidad puede reducir el valor del hábitat para algunas aves.

Restaurar no es solo arrancar

La gran lección del tamarisco es que eliminar una especie invasora no siempre equivale a recuperar un ecosistema. El USGS recuerda que, tras la muerte o retirada del tamarisco, no necesariamente vuelven los álamos y sauces. A menudo, lo primero que aparece son otras especies no nativas. Y eso se nota.

Por eso, muchos proyectos de restauración ya no miran solo a la planta invasora. También intentan recuperar procesos naturales, como crecidas controladas, humedad en el suelo y espacios abiertos para que germinen especies autóctonas. En algunos casos se plantan álamos y sauces de forma activa, porque esperar a que el río lo arregle todo por sí solo puede ser demasiado lento.

La historia del tamarisco deja una advertencia sencilla para cualquier país que gestione ríos alterados. Una especie invasora puede ser parte del problema, pero también puede ser el síntoma de un sistema fluvial que lleva décadas funcionando mal.

El conjunto de datos oficial más reciente, que acompaña a la revisión publicada en Hydrological Processes, ha sido publicado por ScienceBase Catalog.

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