Marruecos ha decidido tratar sus humedales como una infraestructura natural. No solo como paisajes bonitos con aves, cañas y agua quieta, sino como piezas clave para resistir sequías, frenar inundaciones y mantener viva una ruta migratoria que une Europa con África. Tras años de estrés hídrico, el país ha puesto en marcha medidas para restaurar al menos el 30 % de los ecosistemas degradados desde 2020.
La cifra ayuda a entender la escala del reto. La Estrategia Nacional de Zonas Húmedas de Marruecos identifica unos 300 sitios que ocupan cerca de 400 000 hectáreas, mientras que la lista Ramsar más actualizada recoge 38 humedales marroquíes de importancia internacional con 300 538 hectáreas. No es poca cosa.
No son simples lagunas
Un humedal puede parecer, a simple vista, una zona encharcada. Pero en la práctica funciona como una esponja, un filtro y un refugio al mismo tiempo. Retiene agua cuando llueve demasiado, la libera poco a poco cuando falta y mejora su calidad al atrapar parte de los contaminantes.
También sostiene cadenas de vida enteras. Peces, insectos, anfibios y aves dependen de estos espacios, sobre todo cuando viajan miles de kilómetros. ¿Qué pasa si una de esas escalas desaparece? El viaje se vuelve más duro, y para muchas especies puede ser demasiado.
El plan que marca la diferencia
Marruecos no se ha limitado a poner nombres bonitos en un mapa. Según la información difundida por ANEF a través de EFE, las actuaciones incluyen regulación de crecidas, mejora de la calidad del agua, restauración de riberas, reforestación en cuencas vertientes y creación de islotes y nidos artificiales en humedales litorales.
El contexto aprieta. Los humedales marroquíes sufren erosión de riberas, avance de dunas y desertificación, todo agravado por siete años consecutivos de sequía. Abderrahim el Houmi, director general de la Agencia Nacional de Aguas y Bosques, lo resumió con una frase clara al advertir que estos ecosistemas “se están degradando hasta tres veces más rápido que los bosques”.
Essaouira y el halcón
Uno de los puntos más delicados está en el archipiélago de Essaouira, reconocido por Ramsar desde 2005. Es una pequeña pieza del litoral atlántico, pero con un valor enorme para la biodiversidad. Allí se han impulsado trabajos de restauración de dunas, infraestructuras ecoturísticas y campañas de sensibilización.
El protagonista más llamativo es el halcón de Eleonor. Zouhair Amhaouche, responsable de Parques Nacionales y Áreas Protegidas de ANEF, explicó que “cada año llega al sitio en abril” y después se marcha en octubre para continuar su migración. El archipiélago alberga unas 700 parejas, además de gaviotas patiamarillas, reptiles y plantas endémicas.
Una ruta entre continentes
Marruecos está en un lugar estratégico. Es una puerta natural entre África y Europa, justo en el paso de muchas aves que cruzan el estrecho o recorren la fachada atlántica. Por eso, restaurar un humedal allí no es solo una decisión local.
La UICN y ANEF lanzaron en 2025 una estrategia nacional para la conservación de aves rapaces, con un plan de acción hasta 2034. La UICN recuerda que Marruecos desempeña un papel vital para más de 300 000 aves rapaces cada año, aunque estas especies se enfrentan a choques con aerogeneradores, electrocuciones, pérdida de hábitat, envenenamientos y furtivismo.
El aviso climático
El problema es que el reloj corre más deprisa que la política. AEWA advirtió, a partir de un estudio publicado en Global Change Biology, que hasta el 87 % de los sitios críticos africanos para aves acuáticas podrían volverse menos adecuados hacia 2050 por el cambio climático.
Esto significa que no basta con proteger espacios sobre el papel. Hay que mantener agua, hábitat, alimento y tranquilidad. En otras palabras, un humedal con cartel de protección pero sin gestión real acaba siendo como una estación de servicio cerrada en mitad de una carretera larga.
España sale en la foto
La comparación con España duele porque también tenemos humedales de enorme valor. Doñana, las Tablas de Daimiel, el Mar Menor, el delta del Ebro o Villafáfila forman parte de una red natural que debería estar mejor cuidada. Pero SEO/BirdLife alertó en 2025 de que el 85 % de los humedales Ramsar españoles presenta un estado de conservación degradado.
La organización también señaló que el 84 % tiene fichas Ramsar desactualizadas, pese a que deben revisarse cada seis años. Doñana y las Tablas de Daimiel llevan décadas en el Registro de Montreux, reservado para humedales con alteraciones ecológicas graves. Dicho de forma sencilla, no basta con presumir de patrimonio natural si luego falta agua, seguimiento y gestión.
Lo que se juega Marruecos
En el fondo, Marruecos intenta ganar tiempo. Sus humedales ayudan a amortiguar inundaciones, guardar agua, sostener agricultura y turismo sostenible, y mantener rutas migratorias que no entienden de fronteras. Es una apuesta ambiental, pero también económica y social.
La lección no está en hacerlo todo perfecto, sino en entender que restaurar naturaleza también es obra pública. Una ribera recuperada, una laguna con agua limpia o un islote de nidificación pueden valer tanto como una tubería o un muro de contención. Y eso se nota.
El documento de referencia ha sido publicado por MedWet.



