La figura del huerto y del jardín están muy presentes en todas las tradiciones espirituales. Y no cabe duda de que en las tres tradiciones del Libro (judaísmo, cristianismo e islam)… también, de forma muy especial. En el islam, a los creyentes se les ha prometido el Paraíso, que no es sino un jardín del que brotan todo tipo de manjares exquisitos…
Probablemente, este debate nos llevaría unos cuantos libros para su explicación. Y, posiblemente, no saldríamos del todo victoriosos del dilema… En cualquier caso, y esto es lo que ahora hemos venido a comentar, en el Jardín abundan todo tipo de frutas y verduras. Son de sabores exquisitos, se asegura en los textos sagrados, y no producen flatulencias ni ningún tipo de indigestiones.
TRADICIÓN Y TRANSGRESIÓN
Con esas descripciones coránicas, nadie podría entender que el jardín y el huerto no estuvieran, en la cultura islámica, tan bien vistos como en realidad lo están. Pero lo mismo debería ser, y lo es en los corazones de los fieles más adscritos a la Tradición (que casi nunca coincide con los supuestos “ortodoxos”, pues ciertas presuntas ortodoxias son, en realidad, hijas de la misma ubre de modernidad que la sociedad tecnocientífica), en los otros “caminos” del Libro. Sin embargo, la cosmovisión moderna ha desarraigado a muchísimos fieles de sus propias tradiciones. Así, hemos visto en las últimas décadas cómo hortelano o campesino eran, tan a menudo, sinónimos de gentes sin cultura alguna, sin ninguna delicadeza, gente bastarda a menospreciar sin dilación… La modernidad y su industrialización nos trajeron la demonización del arraigado a la tierra y de sus productos, en aras de unos alimentos cada vez más desvitalizados, desnaturalizados y artificiales, saturados de productos químicos de todo tipo. No se trataba de una demonización ingenua: el grande se come al chico: la gran industria y sus preparados “marca acme” tenían que quitar de en medio a los pequeños productores. Para ello, bastó promulgar una cultura en la que cualquier olor a la tierra estaba condenado al olvido y al descrédito.
LAS MUTACIONES
Curiosamente, las mismas hordas de ciudadanos que en su día abrazamos con total entusiasmo los últimos eslabones de este proceso de desarraigo (que empezó hace unos siglos, pero que ha tomado en las últimas décadas una velocidad imparable) son las que ahora reivindicamos el regreso a lo genuino, cosa loable a todas luces. Ahora bien, en el viaje de retorno se han producido mutaciones, y no me refiero a manipulación genética ni a hibridación de vegetales… El jardín, el huerto, la tierra… ya no son el lugar sagrado, el espacio de comunión con lo velado, en el que cultivar como una forma de oración, como una forma de huir de toda dualidad, en el que emular lo paradisíaco de otras vidas y hacerse uno con la Unidad que lo impregna todo. Ahora, el huerto se ha transformado en un ente que, visto con la misma visión racional y mecanicista que la sociedad neodarwinista tiene del mundo, tiene que salvarnos (físicamente, siempre físicamente) de los problemas de provisión de alimentos que conlleva la globalización, la crisis mundial, el pico del petróleo, el cambio climático y/o un hipotético estallido bélico y sus hambrunas consiguientes… Y, por supuesto, que toda acción que tenga por fin luchar contra el calentamiento planetario, la descentralización energética, la relocalización eco-nómica… es muy loable. La cosa está en dónde ponemos el acento.
EN AUSENCIA DE LO SAGRADO
En los huertos orgánicos y comunales de tantos grupúsculos alternativos, no hay ninguna consideración espiritual para el quehacer hortícola. Como máximo, alguna teoría trasnochada muy “news age”, lechugas convertidas en dioses, nuevas formas de ecoidolatrías, panteísmos ateístas y animismos hippioides. En los huertos de los abuelotes que todavía no han cambiado de chip (sean conservadores o de ideales socialistas), la cosa tampoco está mucho mejor: pesticidas a punta pala, fertilizantes químicos y plantas tratadas como si fueran máquinas, a ver quién tiene la berenjena más gorda (una vez más, el reino de la cantidad por encima de la calidad). Las diferentes ideologías que han triunfado en los últimos dos siglos en Occidente (y en todo el planeta) siempre coinciden en desacralizar la Naturaleza, en verla como si de un mero ente biológico se tratara, en ausencia de toda consideración “tr-ascendente”. Por el lado de la parte más exoterista de todo grupo religioso, la desconexión con la Naturaleza (en general) y el rechazo de las visiones más místicas… están a la orden del día. Para ellos, frutas y verduras tampoco acaban de simbolizar lo que deberían: el grado desarraigo con respecto a la Creación de tantas y tantas jerarquías religiosas, al menos desde hace dos siglos a esta parte, es de ¡¡¡escándalo!!! (Raphael dixit). Así las cosas, el huerto, el jardín, ya no invitan al vergel celeste, al edén sacro, que debiéramos intentar conquistar en esta vida, sino a la producción física, sea convencional u orgánica, para saciar apetitos y problemas mundanos, con pesticidas o con agroecología, problemas que debemos solucionar, vaya que sí, al menos poner la intención en ello. Porque esas necesidades, aunque sean de calado menor, pues todo se complementa, tienen también su relevancia; pero sin la visión espiritual, el huerto como parco proveedor de frutas y verduras… deviene algo “cojo”, carente de sentido “completo” en una concepción más integral de la vida.
LA MANZANA
Es como cuando un intérprete de música antigua se recrea en el legado estético y desprecia el mensaje espiritual asociado a esa partitura en cuestión: no es que el concierto haya sido un pestiño, pero es como comerse la piel de la manzana y tirar el fruto: en el país de los ciegos, el tuerto es el rey; en el mundo actual, siempre imperan las formas, hasta en los universos más eruditos. La manzana, por cierto, es, junto a la granada, uno de los frutos que el sello de la profecía, Muhammad (s.a.s.), proclamó como una de las frutas más emblemáticas del Paraíso. Hoy, el mundo científico reconoce ampliamente las inigualables virtudes de este alimento, tanto en el aspecto nutricional como medicinal. Quizás por ello es la fruta más cultivada y consumida en el mundo entero…
Pedro Burruezo / The Ecologist
Asociación Vida Sana
AL-ÁNDALUS
UNA NUEVA FORMA DE COMER
En al-Ándalus la idea del jardín era más extendida que en otras regiones del mundo islámico. Era huerto y jardín a la vez, también era un campo de experiencias botánicas, donde aclimatar aquellas especies traídas de Oriente, como la granada o la palmera datilera, idea que sería imitada posteriormente por los británicos y materializada en los Royal Botanical Gardens de Kew, sobre el Támesis, cerca de Londres, a partir de 1759
R.H. Shamsuddín Elía
Los hábitos culinarios anteriores a al-Ándalus eran realmente pobres. Los libros de historia coinciden en que la gastronomía preislámica en la península Ibérica, y por ende en el resto de la Europa occidental, dejaban mucho que desear en todos los aspectos, tanto organolépticos como nutricionales y sanitarios. Fueron los moriscos los que transformaron, literalmente, nuestra piel de toro en un vergel. Fueron ellos los que trajeron verduras y frutas de Oriente, que cultivaron con esfuerzo y lucidez en estas tierras, quizás para evocar el Paraíso. Fueron ellos los que importaron formas de gastronomía que, más allá de su exquisita repostería, trajeron salud, sostenibilidad y autosuficiencia a estos parajes, pues incluían un sinfín de productos vegetales de la tierra con innumerables virtudes nutricionales y medicinales. También introdujeron hábitos, como el hecho de compartir el plato, que incluían lo exotérico en lo esotérico, modos que aún conservamos en algunas tierras, pero que hemos perdido casi totalmente en nuestra obsesión individualista…
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