No conviene echar las campanas al vuelo, pero el mar acaba de dejar una señal que los científicos llevaban años esperando. Un nuevo estudio ha detectado más avistamientos de ballenas azules antárticas y rorcuales comunes australes en el Atlántico sudoriental, una zona que durante la era de la caza comercial fue clave para estos gigantes marinos.
La conclusión principal es sencilla, aunque tiene muchos matices. Las ballenas parecen estar regresando poco a poco a parte de su antiguo territorio, pero sus poblaciones siguen muy lejos de los niveles que tenían antes de la caza industrial. Y eso cambia mucho la lectura de la noticia.
Qué han encontrado
La investigación, liderada por la Universidad de Ciudad del Cabo, recopiló más de 60 años de registros confirmados entre mayo de 1964 y marzo de 2025. Los datos incluyen avistamientos y varamientos en las costas de Namibia y la costa occidental de Sudáfrica.
El dato que más llama la atención es que el 95% de las observaciones se produjo desde 2012. Dicho de otra forma, durante décadas apenas hubo registros, y ahora empiezan a aparecer con más frecuencia. No es poca cosa.
Los científicos documentaron 12 avistamientos de ballena azul, un varamiento y cinco registros publicados adicionales. En el caso del rorcual común, encontraron 76 avistamientos y seis varamientos, por lo que esta especie aparece con más frecuencia en la zona.
Una herida enorme
Para entender por qué esto importa hay que mirar atrás. Entre 1913 y 1978 se mataron unas 350 000 ballenas azules y 725 000 rorcuales comunes durante la caza comercial, una presión que llevó a estas especies a un desplome brutal.
La ballena azul antártica sigue clasificada como “En Peligro Crítico” por la Lista Roja de la UICN. Su población se estima todavía en torno al 3% de los niveles anteriores a la caza, aunque crece lentamente, entre un 5% y un 8% anual.
El rorcual común se encuentra en una situación algo menos extrema, pero tampoco cómoda. Está catalogado como “Vulnerable” y se cree que ha recuperado más del 30% de sus niveles históricos, con un crecimiento anual aproximado del 4% al 5%.
La zona que vuelve a sonar
El foco del estudio está en el ecosistema de surgencia de Benguela, una región muy rica en nutrientes situada frente a Namibia y la costa oeste de Sudáfrica. En la práctica, es una despensa marina, de esas zonas donde la vida se concentra porque el océano empuja alimento desde las profundidades.
Los datos históricos de la caza sugieren que el Atlántico sudoriental pudo ser una zona importante de cría y alimentación para la ballena azul y el rorcual común. “Hasta ahora, teníamos muy poca información consolidada sobre su presencia reciente en esta región”, explicó la doctora Bridget James.
La ballena azul se observó sobre todo entre finales de primavera y otoño. El rorcual común, en cambio, apareció durante todo el año, algo que podría indicar una presencia más constante en estas aguas.
La recuperación tiene trampa
Los resultados son esperanzadores, pero los propios investigadores piden cautela. Más avistamientos no significan automáticamente que haya muchas más ballenas, porque también puede haber más ojos mirando el mar. Y eso cuenta.
Parte del aumento reciente podría estar relacionado con una mayor presencia de observadores de fauna marina en barcos comerciales, incluidos buques vinculados a prospecciones sísmicas de petróleo y gas. Es decir, se ven más ballenas también porque ahora se vigila más y se informa mejor.
El coautor Simon Elwen lo resumió con una idea clave. “El aumento de avistamientos y varamientos es consistente con esta recuperación gradual, aunque el incremento del esfuerzo de observación en alta mar también puede contribuir”. Ese matiz es importante para no convertir una buena noticia en una exageración.
El peligro no ha terminado
La caza comercial ya no es la gran amenaza que fue durante el siglo XX, pero el mar actual tampoco es un refugio tranquilo. Las grandes ballenas siguen expuestas a colisiones con barcos, enredos en artes de pesca, ruido submarino, contaminación y cambios en los ecosistemas provocados por el calentamiento global.
¿Qué significa esto en la práctica? Que una ballena puede sobrevivir a décadas de persecución humana y, aun así, morir por una red abandonada, un golpe con un buque o un océano cada vez más alterado. El problema ya no es solo cazar menos, sino molestar menos.
La doctora James fue clara al advertir que las señales de regreso “no indican una recuperación completa” para estas especies. Según explicó, aún tienen un largo camino por recorrer hasta acercarse a sus cifras históricas.
Otras ballenas también levantan la cabeza
La recuperación no se limita a estas dos especies. La ballena jorobada es uno de los ejemplos más citados de mejora tras la prohibición de la caza comercial, y la Comisión Ballenera Internacional señala que muchas de sus poblaciones se están recuperando bien.
También hay señales moderadamente positivas en la ballena franca glacial del Atlántico Norte, aunque su situación sigue siendo muy delicada. NOAA estimó en octubre de 2025 que quedaban 384 ejemplares vivos al inicio de 2024, una cifra baja para una especie todavía muy amenazada.
Son buenas noticias, sí, pero no una victoria final. En conservación, pasar de “casi desaparecidas” a “empiezan a volver” no significa que el trabajo esté hecho. Significa que las medidas pueden funcionar cuando se mantienen durante décadas.
Qué debería cambiar ahora
Los autores recomiendan ampliar el seguimiento acústico pasivo, aumentar la presencia de observadores formados en sectores comerciales e incorporar la distribución de ballenas en la planificación marina. En el fondo, se trata de ordenar mejor el mar para que la recuperación no quede a merced del tráfico, la pesca o la exploración industrial.
La historia deja una lección sencilla. Cuando se reduce la presión humana, la naturaleza puede responder, aunque lo haga despacio y con cicatrices visibles. Pero si esa protección se relaja, el regreso de estos gigantes puede quedarse a medio camino.
El estudio completo ha sido publicado en African Journal of Marine Science,



