El Atlántico suroriental acaba de dejar una noticia que invita a respirar un poco mejor, aunque sin bajar la guardia. Las ballenas azules y las ballenas de aleta, también llamadas rorcuales comunes, se están viendo de nuevo con más frecuencia frente a Namibia y la costa oeste de Sudáfrica.
No es una recuperación completa, ni mucho menos. Un estudio liderado por la Universidad de Ciudad del Cabo ha reunido más de 60 años de avistamientos y varamientos, entre 1964 y marzo de 2025, y ha encontrado una señal clara: el 95% de las observaciones confirmadas se produjo desde 2012. Vuelven a aparecer, sí. Pero siguen siendo muy pocas.
Los gigantes regresan
La ballena azul (Balaenoptera musculus) es el animal más grande que vive en la Tierra. Puede rondar los 30 metros de longitud y alcanzar pesos que parecen difíciles de imaginar. La ballena de aleta (Balaenoptera physalus) tampoco se queda atrás, ya que puede superar los 25 metros.
Durante el siglo XX, la caza comercial llevó a estas especies al límite. Las estimaciones históricas hablan de unas 350 000 ballenas azules y más de 700 000 rorcuales comunes capturados durante la era ballenera industrial. No es una cifra fría. Es una pérdida enorme para los océanos.
La moratoria internacional de la caza comercial de ballenas, acordada por la Comisión Ballenera Internacional en 1982 y aplicada desde la temporada 1985/1986, dio a muchas poblaciones una oportunidad real de sobrevivir. Cuatro décadas después, algunas señales empiezan a notarse.
Qué ha encontrado el estudio
El trabajo se centró en el ecosistema de afloramiento de Benguela, una zona marina muy rica en nutrientes situada frente a Namibia y Sudáfrica. Allí, las aguas frías suben desde el fondo hacia la superficie y alimentan una cadena de vida que puede atraer a peces, krill, aves marinas y grandes ballenas.
Los investigadores recopilaron registros publicados, avistamientos oportunistas y varamientos confirmados. El resultado fue llamativo por lo escaso y, a la vez, por lo esperanzador. Encontraron 12 avistamientos de ballena azul, un varamiento y cinco registros publicados adicionales. En el caso de la ballena de aleta, reunieron 76 avistamientos y seis varamientos.
Bridget James, autora principal del estudio, lo resumió con cautela al señalar que estos gigantes del océano «se están recuperando lentamente» tras el impacto de la caza comercial. Esa palabra, lentamente, es la clave. En el mar, la recuperación de un animal de este tamaño no ocurre de un año para otro.
Benguela vuelve al mapa
Los datos históricos sugieren que el Atlántico suroriental pudo ser una zona importante de alimentación y cría para estas ballenas. ¿Qué significa eso en la práctica? Que no hablamos de una visita aislada, sino de un lugar que quizá formó parte de su vida normal antes de que la caza industrial lo cambiara todo.
La presencia reciente de estos animales encaja con una posible recolonización de zonas antiguas. Si una población empieza a crecer, aunque sea despacio, es lógico que algunos individuos reaparezcan en lugares donde antes eran habituales.
Pero hay un matiz importante. Parte del aumento de registros podría deberse también a que ahora se observa más y se informa mejor. Los investigadores citan, por ejemplo, el papel de observadores de fauna marina en barcos vinculados a estudios sísmicos para petróleo y gas. Más ojos en el mar también significan más avistamientos.
Una recuperación muy lenta
La ballena azul no tiene prisa biológica. Las hembras tienen una sola cría por parto, la gestación dura cerca de un año y los jóvenes tardan varios años en poder reproducirse. Eso hace que cualquier golpe sobre la población tarde mucho en corregirse.
Según la Universidad de Ciudad del Cabo, las ballenas azules antárticas siguen en peligro crítico y se calcula que están en torno al 3% de sus niveles anteriores a la caza ballenera. La ballena de aleta se encuentra algo mejor, clasificada como vulnerable, con poblaciones que habrían recuperado más del 30% de sus niveles históricos.
Dicho de forma sencilla, hay señales de vida, pero todavía falta muchísimo. Que una especie deje de caer no significa que ya esté a salvo. Es como empezar a ver brotes verdes después de un incendio. Ayuda a tener esperanza, pero el bosque aún no ha vuelto.
Las amenazas siguen ahí
Los investigadores insisten en que el regreso de estas ballenas no elimina los peligros actuales. Las colisiones con barcos, los enredos en artes de pesca, el ruido submarino, la contaminación y los cambios del clima siguen afectando a estos animales. Y algunos de esos riesgos están aumentando.
El ruido bajo el agua, por ejemplo, no es un detalle menor. Las ballenas dependen del sonido para comunicarse, orientarse y encontrar alimento. En un océano lleno de motores, prospecciones y actividad industrial, hablar y escuchar puede volverse mucho más difícil.
James fue clara al advertir que las señales de regreso «no indican una recuperación completa». También recordó que estas poblaciones tienen todavía un largo camino por delante para acercarse a sus cifras históricas. Conviene celebrarlo, sí. Pero con los pies en el suelo.
Qué piden los científicos
Los autores recomiendan ampliar la vigilancia acústica pasiva, una técnica que permite escuchar a las ballenas sin perseguirlas. También piden más observadores formados en sectores comerciales y que los datos sobre distribución de ballenas se incorporen a la planificación marina. En el fondo, se trata de ordenar mejor lo que hacemos en el mar.
Esto puede servir para reducir choques con barcos, evitar zonas sensibles en determinados momentos del año y proteger áreas clave de alimentación o paso. No es una medida espectacular, pero puede marcar la diferencia. A veces conservar consiste en no molestar más de la cuenta.
La lectura final es sencilla. La protección funciona, pero no hace milagros si después el océano se llena de nuevas presiones. Las ballenas azules y los rorcuales comunes están dando señales de vuelta en el Atlántico Sur. Ahora toca demostrar que hemos aprendido algo.
El estudio completo ha sido publicado en la revista científica African Journal of Marine Science.











