Naturaleza

En 1997 había 600 ejemplares pero ahora solo quedan 10, así que los científicos han reconstruido su esqueleto en 3D para evitar la extinción total de la especie

Solo quedan unas pocas vaquitas marinas y la ciencia reconstruye su esqueleto en 3D para preservar su legado.

En 1997 había 600 ejemplares pero ahora solo quedan 10, así que los científicos han reconstruido su esqueleto en 3D para evitar la extinción total de la especie

La vaquita marina está tan cerca de desaparecer que cada nuevo dato sobre ella se lee casi con la respiración contenida. El último seguimiento científico de 2025 situó entre 7 y 10 el número de individuos distintos vistos en la zona estudiada, aunque los propios expertos recuerdan que no es una estimación absoluta de toda la población. Es decir, puede haber un pequeño margen. Pero es muy pequeño.

En ese escenario, un equipo de Florida Atlantic University, el San Diego Natural History Museum, SeaWorld California y NOAA Fisheries ha hecho algo tan técnico como emocional. Ha convertido un esqueleto completo de vaquita marina en un archivo digital 3D abierto, para que investigadores, museos y escuelas puedan estudiarlo sin tocar una pieza física casi irrepetible.

Un animal al límite

La vaquita marina (Phocoena sinus) es una pequeña marsopa que solo vive en aguas poco profundas del norte del Golfo de California, en México. Mide entre 1,2 y 1,5 metros y pesa entre unos 29 y 54 kilos.

No es un animal fácil de ver. Es tímido, discreto y se mueve por una zona muy concreta del Alto Golfo de California, donde su presencia se ha reducido hasta quedar casi encerrada en un puñado de avistamientos. ¿Cómo se protege algo que apenas aparece ante los ojos humanos?

El esqueleto clave

El punto de partida fue un esqueleto completo de una hembra de vaquita marina donado al San Diego Natural History Museum en 1966. Ese ejemplar, extremadamente raro, ha permitido reconstruir una parte de la anatomía de la especie sin poner en riesgo otros restos físicos, que son muy escasos y frágiles.

Aquí está lo importante. No se trata de una simple foto bonita en tres dimensiones. Los investigadores han creado un registro anatómico que puede girarse, ampliarse y estudiarse desde distintos ángulos, casi como si el esqueleto estuviera sobre la mesa de trabajo.

Un investigador de otro país ya no necesita manipular el hueso original para revisar una forma, una articulación o una pequeña estructura interna. Puede trabajar con el modelo digital. Y eso se nota.

Cómo lo hicieron

El equipo combinó tomografía computarizada médica, microtomografía de alta resolución y fotografía digital. Primero se obtuvo una visión completa del esqueleto, como ocurre con los escáneres usados en hospitales, y después se bajó a una escala mucho más fina para captar detalles de los huesos medidos en micras.

Los escáneres generaron miles de imágenes transversales. Luego, con programas especializados, los investigadores separaron digitalmente cada hueso y lo reconstruyeron como un modelo 3D. Es un trabajo lento, minucioso y nada espectacular desde fuera.

Jamie Knaub, primera autora del trabajo, explicó que el proyecto no solo protege un registro valioso, sino que también lo hace «accesible a cualquiera». Marianne E. Porter, autora sénior del estudio, resumió el resultado como «un conjunto de datos por capas» que refleja la complejidad real del ejemplar.

El enemigo sigue en el agua

La digitalización ayuda a conservar conocimiento, pero no salva por sí sola a la vaquita marina. El gran problema sigue estando en el agua, en las redes de enmalle que atrapan accidentalmente a estos animales cuando se usan para capturar peces y, sobre todo, en la pesca ilegal de totoaba.

La totoaba es otro pez amenazado del Golfo de California. Su vejiga natatoria alcanza precios muy altos en mercados ilegales, y esa demanda ha mantenido viva una presión pesquera que no iba dirigida a la vaquita, pero que la ha empujado al borde del abismo. Es el daño colateral llevado al extremo.

La diferencia entre una vaquita viva y una vaquita muerta puede ser una red invisible bajo el agua. Por eso los expertos insisten en eliminar la mortalidad por enmalle y en sustituir esas artes de pesca por métodos seguros para la especie. No es poca cosa.

El dato que da algo de aire

El informe de seguimiento de 2025 incluye un matiz importante. Los expertos estimaron una probabilidad del 67 por ciento de que el número de vaquitas distintas vistas en la zona estudiada estuviera entre 7 y 10, frente a una probabilidad del 75 por ciento de 6 a 8 individuos en 2024. También se observaron señales de reproducción reciente, con al menos una o dos posibles crías.

Eso no significa que la especie esté fuera de peligro. Ni de lejos. El mismo informe advierte de que hay demasiada incertidumbre para sacar conclusiones fuertes sobre la tendencia, porque las vaquitas se mueven dentro y fuera de las zonas vigiladas y son muy difíciles de detectar.

Aun así, que sigan naciendo crías cambia el tono de la conversación. La vaquita no es todavía un recuerdo. Sigue ahí, pequeña, esquiva y en peligro extremo, pero no ha desaparecido.

Para qué sirve este doble digital

El modelo 3D puede utilizarse para investigación, educación y réplicas exactas en museos o aulas. Una escuela puede enseñar cómo es el esqueleto de la vaquita sin depender de una pieza real, y un museo puede explicar su historia con una copia fiel.

También hay un valor menos visible. Digitalizar especies raras permite que el conocimiento no quede encerrado en una vitrina o en un almacén al que solo acceden unos pocos especialistas. En la práctica, convierte una colección local en una herramienta global.

Pero la lección de fondo es incómoda. Estamos aprendiendo a conservar en píxeles lo que todavía no hemos sabido proteger del todo en el mar. Y ahí está el verdadero reto.

La última oportunidad

La vaquita marina no necesita solo buenos modelos 3D. Necesita un hábitat sin redes peligrosas, vigilancia real y alternativas pesqueras que funcionen para las comunidades locales. Sin eso, cualquier avance científico se queda cojo.

El doble digital es una buena noticia porque protege información, abre el acceso al estudio y puede despertar interés por una especie que mucha gente ni siquiera conoce. Pero la historia no se cerrará en un laboratorio. Se cerrará, para bien o para mal, en las aguas del Alto Golfo de California.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Marine Mammal Science.

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