Naturaleza

Las plantas están sacrificando su capacidad para adaptarse al calor para seguir atrayendo a los pocos polinizadores que quedan

Las plantas cambian su floración por la sequía y ponen en riesgo a los polinizadores, según un nuevo estudio científico.

Las plantas están sacrificando su capacidad para adaptarse al calor para seguir atrayendo a los pocos polinizadores que quedan

No todas las sequías afectan a las plantas de la misma forma. Un nuevo estudio demuestra que el momento exacto en el que deja de llover puede ser tan importante como la cantidad total de agua que recibe un ecosistema.

Las sequías de otoño retrasaron el comienzo de la floración, mientras que las de primavera hicieron que las plantas dejaran de producir flores antes de tiempo. Además, la respuesta cambió cuando las especies crecían acompañadas, lo que indica que estudiar una planta aislada no siempre permite saber qué ocurrirá en la naturaleza.

La lluvia también tiene calendario

Cuando se habla de sequía, lo habitual es pensar en semanas sin lluvia, embalses vacíos o suelos agrietados. Pero para una planta no solo importa cuánta agua llega. También importa cuándo llega.

Una reducción de las precipitaciones al comienzo de la temporada de crecimiento puede coincidir con la germinación y el desarrollo inicial. La misma falta de agua unas semanas después puede afectar a la formación de flores, la producción de semillas o el final del ciclo vital.

¿Qué significa esto en la práctica? Dos años pueden registrar una cantidad de lluvia parecida y, aun así, producir paisajes vegetales completamente distintos. Basta con que las precipitaciones se concentren en momentos diferentes.

Miles de plantas bajo observación

El trabajo fue dirigido por los investigadores Barel Tsafon y Or Gross, bajo la supervisión del profesor Niv DeMalach, de la Facultad de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Para comprobar cómo influía el calendario de la sequía, el equipo cultivó miles de ejemplares pertenecientes a cinco especies anuales mediterráneas. Las plantas se distribuyeron en unas 200 comunidades experimentales y crecieron tanto en monocultivos como en mezclas de varias especies.

Todas recibieron reducciones similares en el suministro de agua. Sin embargo, el periodo seco de cinco semanas se aplicó al principio, a mediados o al final de la temporada de lluvias. Así, los investigadores pudieron separar el efecto de la cantidad de agua del efecto provocado por el momento en el que escaseaba.

El otoño retrasó las flores

Los resultados mostraron que una sequía temprana, equivalente a un periodo seco durante el otoño mediterráneo, retrasaba el comienzo de la floración. Las plantas tardaban más en abrir sus primeras flores y su periodo reproductivo terminaba siendo más corto.

Esto podría tener consecuencias importantes. Si una especie florece más tarde, puede perder parte del tiempo disponible para producir semillas antes de que llegue el calor y el suelo se seque por completo.

También podría dejar de coincidir con determinados insectos polinizadores. Una flor sin abejas, mariposas u otros animales que transporten su polen tiene muchas menos opciones de reproducirse. Y ahí comienza una cadena que puede afectar a todo el ecosistema.

La primavera adelantó el final

La sequía tardía produjo el efecto contrario. Cuando la falta de agua llegó durante la primavera, las plantas dejaron de florecer antes y acortaron el final de su temporada reproductiva.

Es una respuesta bastante lógica. Ante la escasez de agua, una planta puede acelerar el cierre de su ciclo para dedicar los últimos recursos disponibles a madurar las semillas que ya ha producido. No hay margen para desperdiciar energía.

Lo sorprendente fue que el periodo seco de mediados del invierno tuvo un efecto mucho menor. La duración y la intensidad de la reducción de agua eran similares, pero el resultado cambiaba de forma drástica dependiendo del momento. El calendario lo alteraba todo.

Las plantas vecinas cambian la respuesta

El estudio también descubrió que las plantas modificaban su floración cuando crecían junto a otras especies. En las comunidades mixtas, cada especie tendía a florecer en un momento ligeramente diferente, reduciendo la coincidencia con sus vecinas.

Esta separación temporal puede disminuir la competencia por el agua, los nutrientes, la luz o los polinizadores. Hasta ahora, este reparto de los periodos de floración se asociaba principalmente con cambios desarrollados durante largos procesos evolutivos.

Sin embargo, los resultados muestran que también puede aparecer mediante respuestas flexibles y sin necesidad de cambios genéticos. Las propias condiciones de crecimiento y la competencia pueden empujar a cada especie hacia un calendario diferente.

No es una decisión consciente

«La mayoría de la gente piensa que la sequía es simplemente menos lluvia, pero descubrimos que el momento en que ocurre también es de enorme importancia», explicó Barel Tsafon.

El investigador destacó que una cantidad similar de agua puede generar resultados muy diferentes si la escasez aparece en otra fase de la temporada. Además, la reacción depende en buena parte de las plantas que crecen alrededor.

DeMalach aclaró que las plantas no deciden cuándo florecer ni se ponen de acuerdo para evitar la competencia. El mecanismo probablemente sea mucho más sencillo. Una especie consume agua, deja menos recursos disponibles para su vecina y esa escasez obliga a la segunda planta a retrasar el comienzo de la floración o a terminar antes.

Un problema para los polinizadores

Cambiar la fecha de floración no afecta únicamente a las plantas. Abejas, mariposas y otros insectos dependen del néctar y del polen para alimentarse, mientras que numerosas aves y pequeños mamíferos necesitan las semillas y los frutos que aparecen después.

Si una sequía acorta la temporada floral, los polinizadores pueden encontrar menos alimento. El problema puede ser todavía mayor cuando su propio ciclo vital no cambia al mismo ritmo.

Una planta puede adelantar o retrasar sus flores, pero el insecto que la poliniza quizá siga apareciendo en las fechas habituales. Ese desacoplamiento deja flores sin visitantes y animales sin comida. No es poca cosa.

Predecir los ecosistemas será más difícil

Los modelos climáticos y ecológicos suelen prestar atención a la temperatura media y al volumen total de precipitaciones. El nuevo trabajo sugiere que estas variables no bastan para anticipar cómo responderán las comunidades vegetales.

Será necesario observar con mayor precisión la distribución estacional de la lluvia. Un otoño seco puede causar un resultado, una interrupción invernal otro y una primavera sin agua algo completamente distinto.

También habrá que estudiar comunidades completas. Los experimentos centrados en una única especie pueden pasar por alto la competencia y otras interacciones que cambian su reacción frente a la sequía.

El cambio climático altera algo más que la lluvia

El cambio climático no solo puede reducir las precipitaciones en determinadas regiones. También está modificando su regularidad, con periodos secos más prolongados y lluvias intensas concentradas en menos días.

Para las plantas mediterráneas, acostumbradas a completar buena parte de su ciclo antes del verano, unas pocas semanas de diferencia pueden separar una temporada reproductiva normal de otra demasiado corta. Ese calor pegajoso que llega cada vez antes también se nota en el campo.

Comprender estos cambios será clave para proteger la biodiversidad, gestionar espacios naturales y anticipar posibles problemas agrícolas. La cantidad de agua sigue siendo fundamental, pero ahora sabemos que mirar únicamente el total puede ocultar una parte decisiva de la historia.

El estudio científico ha sido publicado en la revista Ecology Letters.

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