En el océano, no todos los avisos llegan con una ola gigante, una playa llena de plásticos o un arrecife blanqueado. Algunos flotan en silencio, casi sin que podamos verlos. Son diminutos, pero sostienen buena parte de la vida marina.
La clave está en el zooplancton, un conjunto de organismos pequeños que viven suspendidos en la columna de agua y que reaccionan muy rápido cuando cambia el mar. La investigadora Inma Herrera, doctora en Ciencias del Mar de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, advierte de que sus alteraciones pueden tener «consecuencias potenciales para toda la red trófica oceánica». No es poca cosa.
Un aviso casi invisible
El zooplancton funciona como una especie de puente entre lo más pequeño y lo más grande del océano. Se alimenta, en buena parte, del fitoplancton y después sirve de comida a peces, larvas, aves marinas y otros animales. Si esa pieza falla, el resto lo nota.
Por eso preocupa tanto lo que están detectando los científicos. Según la tercera Evaluación Mundial de los Océanos de Naciones Unidas, el plancton es la base de la red alimentaria pelágica y sostiene niveles superiores, incluidas especies importantes para la pesca. También señala que algunas poblaciones de zooplancton, como el krill, ya muestran descensos regionales.
¿Qué significa esto en la práctica? Que un cambio pequeño en organismos casi invisibles puede acabar afectando a peces, capturas, biodiversidad y seguridad alimentaria. Es como tocar la primera ficha de una fila muy larga.
Por qué Canarias importa
Canarias es un lugar especialmente interesante para estudiar estos cambios. Sus aguas están influidas por la corriente de Canarias, más fría, y por procesos de afloramiento que suben nutrientes desde zonas profundas. Durante décadas, ese equilibrio ha ayudado a sostener una elevada productividad biológica.
Pero el mar ya no se comporta igual. El aumento de la temperatura, la acidificación y las alteraciones en la circulación marina están modificando la composición y distribución del zooplancton a escala global. En Canarias, los cambios observados sugieren que algunas especies sensibles podrían estar siendo sustituidas por otras más tolerantes al calor.
Y aquí está el punto delicado. Estos cambios pueden aparecer incluso en espacios protegidos, lo que demuestra que una reserva marina no es una burbuja aislada del calentamiento del océano. Protege de algunas presiones, sí, pero no puede enfriar el agua por sí sola.
Copépodos bajo la lupa
Dentro del zooplancton, los copépodos tienen un papel protagonista. Son pequeños crustáceos, casi invisibles a simple vista, pero muy abundantes. También son muy útiles para saber cómo está cambiando el ecosistema.
Un estudio publicado en 2025 sobre una Zona Especial de Conservación en la costa de La Palma identificó 44 especies de copépodos y destacó su valor como indicadores de la estructura y variabilidad del ecosistema costero. El trabajo también subraya la importancia de contar con una base ecológica para futuros seguimientos a largo plazo.
En otras palabras, no basta con mirar si hay peces o no. Hay que observar la despensa desde el principio. Si el alimento de las fases más jóvenes cambia, también puede cambiar el futuro de muchas especies.
El calor no llega solo
El calentamiento del océano no actúa como un interruptor simple. Llega con olas de calor marinas, cambios de salinidad, variaciones en nutrientes y episodios extremos que pueden alterar el comportamiento y la distribución de muchos organismos.
En el caso del zooplancton, la respuesta puede ser rápida. Herrera explica que estos seres «reaccionan con rapidez a variaciones ambientales», por lo que funcionan como indicadores sensibles del estado de los ecosistemas marinos. Dicho de forma sencilla, avisan antes de que el problema sea evidente para cualquiera que mire el mar desde la orilla.
También hay perturbaciones naturales que dejan huella. Tras la erupción del volcán submarino Tagoro, en El Hierro, se observaron cambios detectables en las fuentes de carbono y en la estructura trófica de las comunidades planctónicas. El océano se adapta, pero cada golpe cuenta.
El otro enemigo diminuto
El cambio climático no es la única presión. También están los microplásticos, esos fragmentos tan pequeños que ya se han colado en buena parte de los ecosistemas marinos. Y el zooplancton puede convertirse en una vía de entrada.
Un estudio reciente citado por la investigadora muestra que el copépodo Pontella mediterranea puede ingerir y retener microplásticos. Eso significa que estos contaminantes pueden moverse dentro de la red trófica a través de animales que luego son comidos por otros.
No hace falta imaginar grandes bolsas flotando para entender el problema. A veces, la contaminación entra por la puerta más pequeña. Y precisamente por eso resulta tan difícil de controlar.
Más seguimiento, menos sorpresa
Aquí entra en juego el seguimiento científico. Proyectos como IMPLACOST buscan relacionar los cambios físicos y químicos del medio marino con respuestas biológicas, incluyendo indicadores como el zooplancton. La idea es anticiparse, no llegar tarde.
El propio proyecto señala que el zooplancton puede actuar como «termómetro biológico» del océano y que su estudio ayuda a detectar transformaciones profundas antes de que sus efectos sean visibles a gran escala. En la práctica, esto puede servir para mejorar la gestión costera y proteger mejor los ecosistemas marinos.
La falta de series temporales largas sigue siendo un problema. Naciones Unidas advierte de que los impactos del cambio climático sobre el plancton aún no están claros en muchas regiones por esa escasez de observaciones continuadas. Y sin datos, el mar habla más bajo.
La señal del océano
El zooplancton no sale en las fotos más espectaculares del cambio climático. No tiene el impacto visual de un glaciar roto ni de una playa cubierta de residuos. Pero su mensaje puede ser igual de importante.
Si estas comunidades cambian, también cambia la forma en la que circula la energía por el océano. Cambian los alimentos disponibles para peces jóvenes, cambia la productividad marina y cambia, en buena parte, la capacidad de los ecosistemas para resistir nuevas presiones.
El reto ahora es mirar mejor lo pequeño. Porque en esas criaturas casi invisibles puede estar una de las señales más claras de cómo se está transformando el océano.
El artículo original ha sido publicado en The Conversation.











