Naturaleza

Suena extraño pero los expertos lo avalan: mientras cada año se sacrifican 70.000 millones de pollos, la ciencia demuestra que son capaces de anticipar el futuro y crear vínculos sociales

La ciencia desmonta el mito sobre los pollos: pueden anticipar el futuro, crear vínculos sociales y sentir emociones.

Suena extraño pero los expertos lo avalan: mientras cada año se sacrifican 70.000 millones de pollos, la ciencia demuestra que son capaces de anticipar el futuro y crear vínculos sociales

El pollo parece un alimento sencillo, barato y cotidiano. Está en bocadillos, ensaladas, menús infantiles, platos de gimnasio y cenas rápidas de cualquier casa. Pero una nueva campaña de Veganuary ha puesto el foco en algo que casi nunca miramos cuando abrimos la nevera (la vida real de estas aves y lo que la ciencia ya sabe sobre ellas).

La conclusión principal no es menor. Los pollos no son animales simples ni autómatas de granja. La investigación los describe como aves con capacidades cognitivas, vida social, emociones y comportamientos naturales que chocan de frente con el ritmo de la producción intensiva. Y ahí empieza el debate.

No son aves simples

Durante mucho tiempo se ha repetido la idea de que los pollos son animales torpes, sin demasiada conciencia de lo que ocurre a su alrededor. La ciencia, sin embargo, lleva años dibujando otra imagen. La revisión publicada por Lori Marino en Animal Cognition concluye que los pollos son complejos en lo cognitivo, emocional y social, en un nivel comparable al de muchos otros animales que solemos respetar más.

¿Qué significa esto en la práctica? Que pueden aprender, recordar, relacionarse y tomar decisiones según el contexto. También se han descrito señales de autocontrol, comunicación compleja y capacidad para anticipar recompensas futuras, algo que desmonta la vieja etiqueta de “animal sin mente”.

En entornos seguros, estas aves escarban, exploran, se dan baños de polvo y buscan compañía. No son gestos decorativos. Son comportamientos importantes para su bienestar, tan cotidianos para ellas como para nosotros lo es estirar las piernas después de muchas horas sentados.

Una vida que pocas veces se ve

El problema es que la mayoría de pollos destinados a carne no vive en ese escenario. En la producción industrial, muchos animales se crían en naves con alta densidad y con líneas genéticas seleccionadas para crecer muy deprisa. Eso permite producir más carne en menos tiempo, pero el coste para el animal puede ser alto.

La EFSA, la autoridad europea de seguridad alimentaria, identificó en 2023 varias consecuencias graves para el bienestar de los pollos de engorde, entre ellas problemas locomotores, dificultad para expresar conductas exploratorias y daños en la piel o las patas. También recomendó limitar la velocidad de crecimiento y reducir la densidad para cubrir mejor sus necesidades de comportamiento.

No es una cuestión de romanticismo rural. Un estudio en PLOS ONE evaluó 51 000 pollos de engorde y encontró que, a una edad media de 40 días, más del 27 % mostraba mala locomoción y el 3,3 % casi no podía caminar. Los autores señalaron la tasa de crecimiento como uno de los factores clave.

La escala global

Las cifras ayudan a entender por qué esta conversación pesa tanto. Según datos de FAOSTAT recogidos por Viva!, en 2023 se sacrificaron en el mundo más de 76 000 millones de pollos para carne. Dicho de otra forma, no hablamos de un nicho alimentario, sino del animal terrestre más sacrificado del planeta.

Además, la producción avícola no deja de crecer. La FAO señaló que en 2024 la producción mundial de carne alcanzó 374 millones de toneladas y que la carne de pollo, cerdo y vacuno estuvo entre los productos cárnicos más producidos del mundo.

Y luego está el impacto ambiental. Los residuos de la producción avícola pueden convertirse en un problema si no se gestionan bien. La propia FAO advierte de riesgos para aguas superficiales y subterráneas por cargas de nutrientes como nitrógeno y fósforo, además de problemas de calidad del aire ligados al amoníaco, el polvo y otros compuestos.

También hay salud pública

Durante años, el pollo se ha vendido como una opción casi automática para comer “más sano”. Pero conviene matizar. Un ensayo publicado en The American Journal of Clinical Nutrition observó que las dietas con carne roja y carne blanca elevaban el colesterol LDL y la apoB más que las dietas con proteínas no cárnicas, independientemente del contenido de grasa saturada.

Esto no significa que comer pollo sea lo mismo que fumar un paquete de cigarrillos. No va de meter miedo. Va de no convertir la carne blanca en una solución perfecta cuando la evidencia apunta a que las proteínas vegetales pueden tener ventajas en algunos marcadores de salud cardiovascular.

También hay un ángulo de seguridad alimentaria. El informe europeo One Health de EFSA y ECDC situó en 2024 a la campilobacteriosis y la salmonelosis como las dos zoonosis más notificadas en humanos en la UE. Además, Salmonella, norovirus y Campylobacter estuvieron entre las causas más comunes de brotes alimentarios.

El plato como decisión

La campaña de Veganuary en España llega justo por ahí. No solo busca hablar de pollos, sino facilitar alternativas al pollo y al huevo para quien quiera reducir su consumo sin complicarse demasiado. En el fondo, lo que plantea es sencillo (mirar al animal, mirar el sistema y mirar el plato).

“Hoy contamos con más alternativas vegetales y más recursos prácticos que nunca antes”, señala Estefanía Lozano, directora interina de Veganuary en España. La frase resume bien el momento actual. La transición alimentaria ya no depende solo de fuerza de voluntad, porque cada vez hay más productos, recetas y opciones disponibles.

Para muchas personas, el cambio puede empezar con algo pequeño. Una tortilla de patata sin huevo, unos tacos con pollo vegetal o una cena semanal sin carne. Parece poco, pero cuando millones de decisiones se repiten, el resultado deja de ser pequeño. Y eso se nota.

Lo que viene ahora

El debate sobre el pollo no se limita a una campaña de junio. Habla de bienestar animal, de salud pública, de contaminación de aguas y de cómo producimos alimentos baratos en un mundo que ya está pagando muchas facturas ambientales. Algunas se ven en el supermercado. Otras llegan después, en forma de ríos cargados de nutrientes, resistencias bacterianas o animales que apenas pueden expresar lo que son.

La pregunta incómoda es bastante simple. Si sabemos que los pollos sienten, aprenden, se reconocen y tienen necesidades propias, ¿tiene sentido seguir tratándolos solo como unidades de producción? Cada consumidor tendrá su respuesta, pero la información ya está sobre la mesa.

La nota de prensa oficial ha sido publicada por Veganuary.

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