A veces, la naturaleza se recupera a su ritmo. Y otras, una pequeña ayuda en el momento justo cambia la historia. Eso es lo que ha vuelto a poner sobre la mesa un experimento raro, pero muy real, en el Mount St. Helens.
Tras la erupción de 1980, científicos soltaron unas pocas tuzas o topos de bolsillo (roedores excavadores) en dos parcelas de piedra pómez durante solo 24 horas. Seis años después, allí crecían unas 40.000 plantas, y un estudio posterior ha confirmado que la huella sigue en el suelo, sobre todo en forma de hongos y microbios que sostienen la vida vegetal.
Un desastre que dejó el suelo en blanco
El 18 de mayo de 1980, el Mount St. Helens entró en erupción y se cobró 57 vidas. Además, el estallido arrasó más de 200 millas cuadradas de bosque (más de 500 km2), un golpe enorme para un ecosistema que, literalmente, se quedó sin suelo “funcional”.
Cuando la ceniza se enfría, empieza otra batalla. Sin materia orgánica, sin nutrientes accesibles y sin comunidad microbiana activa, muchas semillas no pasan de ser promesas. Y ahí es donde el reloj ecológico puede pararse durante años.
La idea improbable de soltar tuzas
En los primeros años tras la erupción, un grupo de investigadores decidió probar una vía poco convencional. Si el problema era un terreno estéril, quizá hacía falta alguien que removiera el suelo y sacara a la superficie lo que quedaba enterrado.
Michael Allen, microbiólogo de la Universidad de California, lo resumió sin adornos. “A menudo se consideran plagas, pero pensamos que moverían suelo viejo a la superficie y ahí ocurriría la recuperación”, explicó.
24 horas de excavación que cambiaron el paisaje
En 1983, Allen y su colega James McMahon llegaron en helicóptero a una zona donde la lava había dejado placas porosas de piedra pómez. Por entonces, apenas se habían detectado una docena de plantas, y muchas plántulas nacidas de semillas caídas por aves no tiraban adelante.
Dejaron a unas pocas tuzas locales cavar en dos parcelas delimitadas durante un día. Lo sorprendente vino después, porque seis años más tarde había unas 40.000 plantas prosperando en esas parcelas, mientras el terreno cercano seguía en gran parte vacío. ¿Quién iba a pensarlo?
Micorrizas, la red invisible que sostiene las raíces
La palabra suena técnica, pero la idea es sencilla. Los hongos micorrícicos viven asociados a las raíces y funcionan como una extensión del sistema radicular, algo así como una red de apoyo cuando el suelo es pobre y cuesta encontrar agua y nutrientes.
Allen lo explicaba en el mismo comunicado con una frase muy reveladora. “La mayoría de raíces no logra por sí sola toda el agua y los nutrientes. Los hongos los transportan y a cambio reciben carbono”, señalaba.
En la práctica, esto significa que una planta puede “llegar” más lejos sin mover un milímetro sus raíces. Y cualquiera que haya visto un jardín sufrir en verano sabe lo que vale un extra de agua cuando aprieta el calor. Por eso, en un terreno cubierto por ceniza (de esa que se te pega a la suela), esa alianza puede marcar la diferencia.
La huella microbiana que se mantiene décadas después
Lo más llamativo es que el efecto no se quedó en los primeros brotes. Un trabajo publicado el 4 de noviembre de 2024 en Frontiers in Microbiomes analizó comunidades de bacterias y hongos en bosques del área del Mount St. Helens, incluyendo lugares con recintos históricos de tuzas (Thomomys talpoides) y comparaciones entre distintos tipos de bosque.
El equipo usó técnicas moleculares para estudiar bacterias, hongos y hongos micorrícicos arbusculares. Encontraron que la composición microbiana variaba entre prácticas de gestión forestal y entre zonas con y sin tuzas, y que esas diferencias se relacionaban con cambios medidos en carbono y nitrógeno del suelo.
Dicho de otro modo, el “empujón” no fue solo físico. Las tuzas movieron vida microscópica, y esa vida ayudó a construir un suelo más habitable, con efectos que todavía se detectan décadas más tarde.
Bosque viejo y zona talada, dos mundos distintos
El estudio también puso el foco en un contraste muy visual. En una parte de la montaña había bosque maduro cubierto por ceniza, que hizo caer agujas de pino, abeto y douglas, una especie de “comida” para el suelo. Los científicos temían que esa pérdida de agujas hundiera el bosque, pero no ocurrió.
Emma Aronson, coautora del trabajo, lo explicaba así. “Estos árboles tienen sus propios hongos micorrícicos que aprovecharon las agujas caídas y alimentaron un rebrote rápido”, dijo, y añadía que “los árboles volvieron casi de inmediato en algunos sitios”.
Al otro lado, en cambio, había una zona talada antes de la erupción, sin árboles que aportaran materia orgánica al suelo. Aronson fue clara al comparar ambos lugares. “Aún no crece casi nada en el área talada”, afirmaba, y decía que fue “impactante” ver la diferencia entre el suelo del bosque viejo y la zona muerta.
Lecciones para restaurar ecosistemas dañados
La primera lección es incómoda, pero útil. Podemos plantar árboles y aun así fallar si el suelo está roto por dentro, porque la recuperación no es solo verde, también es microbiana. Y la segunda es una llamada a la prudencia, porque esto no va de soltar animales en cualquier sitio, sino de entender qué piezas faltan en cada paisaje.
También hay un mensaje que conecta con el clima y el CO2, aunque no sea el más vistoso. El estudio detectó que las parcelas con actividad histórica de tuzas tenían más carbono y una relación C/N más alta que zonas sin esa intervención, una pista de cómo el suelo cambia por dentro cuando la vida vuelve a arrancar. “No podemos ignorar la interdependencia de todo en la naturaleza, sobre todo de lo que no vemos, como microbios y hongos”, avisó Mia Maltz, autora principal.
El estudio científico ha sido publicado en Frontiers in Microbiomes.











