Preocupación en el CSIC por el aumento del consumo humano de especies amenazadas como el pangolín en Guinea Ecuatorial

Publicado el: 22 de mayo de 2026 a las 18:46
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Pangolín africano, una de las especies amenazadas cuyo consumo preocupa al CSIC en Guinea Ecuatorial.

El consumo de fauna silvestre en Guinea Ecuatorial ya no afecta solo a unas pocas especies cazadas de forma tradicional. Un estudio liderado por el CSIC advierte de que los mercados del país venden hoy muchos más animales amenazados que hace 35 años, con pangolines, primates, elefantes de bosque y otras especies protegidas entrando en una presión cada vez más difícil de sostener.

El dato que resume la alerta es claro. En tres meses de trabajo de campo, el equipo registró 2783 individuos de al menos 56 especies de vertebrados terrestres, y el 41% de las especies detectadas estaban amenazadas o casi amenazadas a escala global. La mayoría, un 94,2%, se ofrecía para consumo de carne.



La señal que preocupa al CSIC

Hace 35 años, los mercados estudiados tenían solo dos especies catalogadas como amenazadas. Ahora el estudio documenta 15 especies amenazadas y 8 casi amenazadas, una diferencia enorme para un país donde la carne de selva sigue teniendo un fuerte peso cultural y económico.

La investigación ha sido liderada por personal de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), con colaboración de instituciones locales. El equipo visitó Malabo, en la isla de Bioko, Bata, en la región continental, y zonas rurales donde los animales se ofrecían en carreteras y pequeñas localidades.



«Lo más preocupante no es solo el volumen de fauna comercializada, sino el deterioro en el estado de conservación de las especies implicadas», señala Pedro Romero Vidal, investigador de la EBD. Y ahí está el cambio de fondo. No solo se vende fauna silvestre, sino que cada vez aparece más fauna en riesgo.

El pangolín cambia la fotografía

El caso del pangolín es uno de los más llamativos. En 1990 representaba menos del 2% de los individuos vendidos en los mercados urbanos, pero en 2025 llegó al 6,5% en Bata y al 10,7% en Malabo. Para un animal tan perseguido, eso no es una buena noticia.

Además, en las zonas rurales continentales la proporción de pangolines ofrecidos para la venta cuadruplica la registrada en el mercado urbano de Bata. Esto sugiere que parte del consumo o del comercio local no siempre queda reflejado en los grandes mercados, donde normalmente se mira primero.

El estudio también detecta elefante de bosque, gorila occidental, chimpancé y loro gris africano, entre otras especies. No son nombres menores. Son animales con un papel ecológico importante y con poblaciones que, según el propio trabajo, ya están sometidas a una presión creciente.

Cuando la rareza sube de precio

El estudio añade una pieza incómoda. Las especies amenazadas alcanzan precios significativamente más altos, independientemente de lo frecuentes que aparezcan en el mercado. En Bata, los precios son de media el doble que en las zonas rurales.

«Los precios más altos de las especies amenazadas sugieren que se están volviendo más escasas o más valoradas, lo que puede incrementar aún más la presión sobre ellas», explica José Luis Tella, investigador de la EBD-CSIC. Es la trampa de la rareza. Cuanto menos hay, más se paga. Y cuanto más se paga, más incentivo existe para seguir cazando.

Comparado con datos de 2003, los precios de varias especies se han más que duplicado en dos décadas, con subidas mayores en las especies amenazadas. En la práctica, esto convierte a algunos animales protegidos en productos más codiciados, no en especies mejor resguardadas.

Un comercio más rápido

El problema no se explica solo por la demanda. El crecimiento demográfico, la expansión de la red de carreteras y el acceso a armas de fuego han cambiado las dinámicas de caza en Guinea Ecuatorial. Ahora es más fácil mover animales frescos desde zonas remotas hasta mercados urbanos.

Eso se nota en los puestos. Muchos animales se vendían frescos o incluso vivos, una señal de que existe una red de transporte eficiente y continuada. Lo que antes podía ser un comercio más limitado por la distancia, ahora encuentra caminos, vehículos y compradores.

También hay un cambio en las especies que aparecen. Frente a hace tres décadas, se venden relativamente menos primates y grandes ungulados, pero más reptiles, aves, carnívoros y pangolines. Los investigadores plantean que algunas especies tradicionales podrían haber disminuido, o que su caza está más perseguida por las autoridades locales.

No todo acaba en el plato

Aunque la carne es el principal destino, no es el único. El estudio indica que el 4,4% de los individuos registrados se destinaba a usos medicinales o rituales, mientras que el 1,4% iba al comercio de mascotas. Es una parte menor, sí, pero también cuenta cuando se habla de especies amenazadas.

El loro gris africano aparece entre las especies señaladas, un animal muy conocido por su inteligencia y también por su valor en el comercio de mascotas. En estos casos, la presión no viene solo del plato, sino también de otros usos que mantienen vivo el mercado.

La lectura de fondo es sencilla. Si una especie entra en varios circuitos comerciales al mismo tiempo, su margen de recuperación se estrecha. No es poca cosa.

Qué se puede hacer ahora

El estudio recuerda que la legislación nacional prohíbe la caza de varias especies amenazadas. Pero también constata que algunas se siguen vendiendo abiertamente en mercados y carreteras, lo que deja al descubierto fallos en la aplicación de las normas.

Los investigadores piden mejorar la vigilancia, pero no se quedan solo ahí. También hablan de campañas educativas para reducir la demanda de carne de especies amenazadas y de alternativas alimentarias asequibles, como pollo u otros tipos de ganadería, especialmente para la población concentrada en las grandes ciudades.

«Si bien algunas especies abundantes podrían soportar cierto nivel de aprovechamiento, la caza continuada de primates, pangolines y grandes mamíferos plantea serias dudas sobre su sostenibilidad», concluye Íñigo Palacios-Martínez, del MNCN-CSIC. El estudio completo ha sido publicado en la revista Biological Conservation.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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