Durante años se ha repetido que el tiburón de Groenlandia era casi ciego y podía vivir hasta cinco siglos, un animal lento que vagaba por las aguas heladas. Un nuevo trabajo internacional publicado en Nature Communications desmonta una parte importante de ese mito y demuestra que estos animales conservan un sistema visual funcional, afinado para ver en la penumbra del océano profundo.
El estudio combina genética, anatomía y experimentos de laboratorio y concluye que el ojo del tiburón de Groenlandia está lejos de estar atrofiado. Su retina está llena de bastones, las células que permiten ver con muy poca luz, y casi no quedan conos, que son las que usamos para ver colores. En la práctica significa que el tiburón no distingue bien los colores, pero sí puede detectar contrastes y movimientos en un ambiente donde el azul frío es casi lo único que llega. ¿Qué significa esto para un animal que vive casi siempre en penumbra? Que, dentro de sus límites, ve mejor de lo que pensábamos.
Los investigadores analizaron ojos de ejemplares de más de cien años y no vieron señales claras de desgaste ni daños masivos en las células visuales. El equipo también ha identificado genes de reparación del ADN que se activan con fuerza en la retina y que podrían ayudar a mantenerla sana durante años.

Quedaba la duda de los parásitos que cuelgan de la córnea de muchos de estos tiburones y que a simple vista parecen tapar totalmente el ojo. El nuevo trabajo demuestra que, pese a esa invasión, la córnea sigue dejando pasar la mayor parte de la luz, sobre todo en la franja azul, que es la que domina en las aguas profundas del Ártico. Los parásitos molestan, pero no apagan la luz.
Las conclusiones encajan con lo que algunos científicos ya veían en el mar. El biólogo marino Nigel Hussey, que lleva años estudiando a esta especie, ha observado tiburones de Groenlandia moviéndose con precisión entre la superficie y el fondo, ajustando su posición para localizar grandes cantidades de pescado usadas como cebo. Para él, son animales “absolutamente increíbles” y a los que “hemos subestimado de forma enorme”.
La nueva imagen choca con la caricatura del tiburón de Groenlandia como carroñero torpe que solo come lo que cae al fondo. En sus estómagos se han encontrado restos de focas, narvales e incluso osos polares. Los científicos sospechan que en algunos casos no se trata solo de carroña y que estos animales pueden emboscar a mamíferos marinos cuando duermen o cuando suben a respirar por agujeros en el hielo.
Queda otra parte del mito por resolver, la de la edad. Un trabajo de 2016 estimó mediante datación por carbono del cristalino que el tiburón de Groenlandia podía llegar a vivir cerca de 400 años. Algunos expertos recuerdan que este método funciona muy bien en escalas de decenas de miles de años, pero que puede tener márgenes de error amplios cuando se aplica a individuos de “solo” unos pocos siglos.
Todo ello ocurre en un Ártico que se calienta más rápido que el resto del planeta. Los investigadores creen que el tiburón de Groenlandia, que come lo que encuentra, podría adaptarse desplazándose a aguas más profundas y frías si la superficie se vuelve demasiado cálida. El problema es que apenas sabemos nada de su reproducción, ni dónde crían ni cuántas crías tienen, lo que complica cualquier plan serio de conservación para una especie que puede cruzar océanos enteros.
Más allá de la curiosidad por un animal casi legendario, el trabajo abre una ventana sobre la salud de nuestros propios ojos. Entender cómo estos tiburones mantienen una retina funcional durante tanto tiempo, sin las pérdidas de fotorreceptores que vemos en personas mayores, puede inspirar estrategias contra la degeneración de la vista asociada a la edad.
En el fondo, la historia del tiburón de Groenlandia es también una lección de humildad. Una especie que muchos daban por medio ciega resulta tener un sistema visual ajustado a su mundo azul oscuro. Y recuerda que, en un océano cambiante, aún sabemos muy poco sobre los grandes habitantes de las profundidades y sobre el papel que juegan en la salud de los ecosistemas marinos.
El estudio científico se ha publicado en Nature Communications.



















