Durante años, la orca tipo D fue casi un fantasma del océano. Aparecía en relatos de pescadores, en fotos sueltas y en algunos varamientos, pero la ciencia apenas tenía piezas suficientes para completar el puzle.
Ahora, un nuevo estudio cambia bastante la imagen. Los investigadores han revisado más de dos décadas de observaciones y han identificado movimientos interoceánicos de hasta 4428 kilómetros en estas orcas subantárticas, algo descrito como único entre las orcas conocidas. No es poca cosa.
La orca que casi nadie veía
La orca tipo D no es una orca cualquiera. Tiene la cabeza más abombada, una aleta dorsal estrecha y puntiaguda, y una mancha blanca junto al ojo mucho más pequeña que la de otras orcas. A simple vista, incluso para alguien no experto, parece un animal distinto.
Estas orcas viven en aguas subantárticas, una zona fría, remota y complicada para trabajar. El estudio genómico publicado en 2023 ya las describía como un morfotipo con distribución circumpolar subantártica y con rasgos muy particulares. También recordaba lo difícil que es obtener muestras en esas latitudes, donde el mar no suele dar facilidades.
Conviene aclararlo bien. No estamos hablando de una nueva especie oficial, sino de una forma o ecotipo muy diferenciado dentro del complejo mundo de las orcas. La propia Society for Marine Mammalogy mantiene una visión prudente sobre la taxonomía de las orcas y pide una revisión global más completa antes de separar más grupos como especies.
Una persecución de 4428 kilómetros
El dato que más ha llamado la atención es la distancia. Diez orcas tipo D observadas en el sur del océano Índico fueron vistas de nuevo en el Atlántico Sur, a 4428 kilómetros. También se registraron posibles reavistamientos de otros ejemplares a 1070 kilómetros y 41 kilómetros, según el resumen del estudio.
¿Qué significa esto en la práctica? Que estas orcas pueden moverse entre cuencas oceánicas siguiendo oportunidades de alimento vinculadas a barcos pesqueros. No nadan un poco más allá de su zona habitual, cruzan distancias enormes en aguas duras y abiertas.
Jared R. Towers, director ejecutivo de Bay Cetology y autor del trabajo, lo resumió con una frase muy clara. «Los resultados más sorprendentes fueron los movimientos entre océanos que documentamos», explicó al medio IFLScience. Y ahí está la clave del estudio.
Más de 28 000 fotos
Para llegar a esa conclusión no bastaba con ver una orca y apuntar el lugar. El equipo reunió más de 28 000 fotografías tomadas durante años, una especie de álbum gigante del océano austral. En cetáceos, las marcas naturales de la aleta dorsal, las cicatrices y ciertos rasgos del cuerpo funcionan casi como un DNI.
El trabajo resume datos de fotoidentificación de 352 avistamientos, dentro de un total de 406 registros recopilados entre 2003 y 2024. Las observaciones se concentraron entre los 44 y los 62 grados sur, una franja que rodea el planeta en aguas subantárticas.
Con ese material, los investigadores identificaron 207 orcas tipo D. Dentro de ellas, aparecieron dos grupos claros asociados a la depredación de bacalao de profundidad o austromerluza negra, uno de 78 individuos en el sur del océano Índico y otro de 29 frente al sur de Chile. Otros 100 ejemplares fueron identificados en zonas más amplias del Subantártico.
El papel de los barcos pesqueros
La historia también habla de pesca. Estas orcas han sido observadas cerca de barcos palangreros que capturan Dissostichus eleginoides, conocido como bacalao de profundidad, austromerluza negra o Patagonian toothfish. Cuando los animales retiran peces de las líneas de pesca, los científicos hablan de depredación sobre capturas.
No hay que imaginarlo como una escena sencilla. Para el barco es una pérdida económica y para las orcas puede ser una oportunidad de comida fácil, pero también una fuente de riesgo. En el mar real, las cosas casi nunca son blancas o negras.
Otros trabajos recientes sobre orcas subantárticas y pesquerías muestran que estos depredadores pueden cambiar su trayectoria hacia barcos situados a más de 100 kilómetros, aunque ese comportamiento no aparece siempre. En buena parte, esto ayuda a entender por qué estudiar sus movimientos es tan importante para reducir conflictos entre fauna marina y pesca.
Una población pequeña y cerrada
El nuevo estudio no ofrece un censo total de todas las orcas tipo D del planeta. Lo que sí aporta es una base mucho más sólida que la que había antes. Haber identificado 207 individuos sugiere que podrían ser más numerosas de lo que se pensaba, pero el propio trabajo sigue hablando de un grupo pequeño a escala global.
La parte genética añade otro matiz preocupante. Un estudio de 2023 publicado en Journal of Heredity encontró en las orcas tipo D uno de los niveles de endogamia más altos descritos en mamíferos, con un tamaño efectivo de población muy bajo y señales de un cuello de botella severo. Dicho de forma sencilla, parecen llevar mucho tiempo reproduciéndose dentro de un grupo muy limitado.
Eso no permite afirmar sin más que estén oficialmente en peligro de extinción. Pero sí obliga a mirar con cuidado su futuro. Una población pequeña, muy especializada y difícil de estudiar siempre deja menos margen de error.
Por qué importa ahora
Las orcas son depredadores clave y ayudan a mantener el equilibrio de los ecosistemas marinos. NOAA recuerda que son el miembro más grande de la familia de los delfines, que viven en todos los océanos y que diferentes poblaciones pueden tener dietas y comportamientos muy especializados.
En este caso, el estudio también señala que durante el periodo analizado los encuentros tuvieron una distribución pelágica y que parece haberse producido un desplazamiento significativo hacia el sur. Esa frase puede pasar desapercibida, pero en un océano que cambia por la presión climática y pesquera, cada desplazamiento cuenta.
Ahora el siguiente paso es claro. Hacen falta más fotos, más muestras genéticas y más colaboración con las flotas que trabajan en esas aguas. Solo así se podrá saber cuántas orcas tipo D quedan realmente, cómo se mueven y qué medidas pueden protegerlas sin convertir la pesca en una guerra diaria con la fauna salvaje.
El estudio completo ha sido publicado en Marine Mammal Science.









