Saberes tradicionales y estrategias de adaptación al cambio climático

Publicado el: 30 de diciembre de 2013 a las 10:57
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Saberes tradicionales y estrategias de adaptación al  cambio climático

La historia del planeta ha estado signada por dramáticos cambios climáticos que han reconfigurado su fisiografía y las manifestaciones de vida existentes. De la misma manera la historia de la humanidad también está cruzada por cambios climáticos que han influido en el modo de vida de los seres humanos. Estos cambios se daban de manera natural como parte de la dinámica cósmica y la propia dinámica atmosférica. No es si no que a partir de la revolución industrial que el hombre empieza a alterar los patrones climáticos de manera preocupante de tal manera que la propia viabilidad de la vida en la tierra se ha puesto actualmente en cuestión.

 



En las primeras etapas de la historia de la humanidad los primeros humanos comenzaron a sentir reverencia por la naturaleza ante la magnitud de fuerzas que eran para ellos desconocidos e intimidantes. De aquí podemos dividir la historia de la humanidad en dos grandes grupos: i) aquellos que empezaron a separarse de la naturaleza para proclamar su dominio sobre ella y ii) aquellos que construyeron un esquema cultural de unidad entre los seres humanos, la naturaleza y las deidades. Aun cuando todavía existen manifestaciones de cosmovisión unitaria el tema está que el modelo dominante de desarrollo imprime un enfoque de dominio del hombre a la naturaleza. Esto ha provocado que se produzca erosión cultural sobre los saberes  locales de convivencia con la naturaleza.

 



Los hombres y mujeres del mundo rural que desarrollan relaciones estrechas con la naturaleza sea desde una posición de dominio o de convivencia necesitaron tener respuestas para cada uno de los retos que les presentaba la naturaleza. Muchísimos años de observación y procesamiento de errores los llevaron a desarrollar tanto saberes como tecnologías locales que les permitían convivir con la naturaleza, de ello quedan grandes manifestaciones arqueológicas y manifestaciones contemporáneas que dan cuenta de  la capacidad de respuesta y de propuesta frente a los desafíos que les planteaba la naturaleza. Las culturas que olvidaron estas manifestaciones o simplemente la desestimaron simplemente sucumbieron. Pero también existen registros donde las fuerzas de la naturaleza fueron mayores a cualquier provisión humana y también las sociedades corrieron la misma suerte.

 

Es especialmente relevante el caso de los hombres y mujeres andinos que aprendieron a vivir en las montañas que se caracterizan por ser difíciles, agrestes y  marginales. De esta lectura de la naturaleza empezaron a identificar señas o indicadores locales de la naturaleza. Así por ejemplo asocian la floración de una planta con un determinado comportamiento climático, lo mismo la presencia de determinados insectos. Conocen de alternancias de floración de especies, entre otras muchísimas manifestaciones. Estos saberes son de especial importancia para desarrollar estrategias de adaptación apropiados a las culturas locales.

 

La religiosidad de los antiguos peruanos no se orientaba a asegurar al individuo un espacio en el mundo subterráneo, ni eran de su competencia los preceptos morales, ya que, si se “pecaba”, era contra la autoridad o la familia y ambas se encargaban directamente de aplicar los castigos. Era en cambio imprescindible la mediación de poderes superiores para evitar los insospechados y siempre castigos de la naturaleza (Kauffmann, 2002: pp: 27).

 

No podía ser de otra manera porque en la costa, las alteraciones climáticas producidas por el fenómeno hoy conocido como El Niño, ya en aquel tiempo convertían súbitamente la abundancia pesquera y la fertilidad de los oasis en escasez y crecidas aluvionales de prolongados efectos cataclísmicos. La zona cordillerana era y sigue siendo pródiga en devastadoras sequías o, por el contrario, violentos aluviones ocasionados por lluvias torrenciales y deshielos; no está menos expuesto a inclemencias naturales el esfuerzo agrícola en el frágil suelo de los Andes amazónicos. Tampoco debe dejarse de lado la actividad sísmica, que se creía era desencadenada por los poderes sobrenaturales (Ídem, Op. cit.).

 

La cultura Inca y antecesoras [estuvieron] orientados más hacia la aplicación práctica –utilitarista- de sus conocimientos y creencias, al entendimiento del paso del tiempo y relaciones climáticas y biológicas – para fines agrícolas, posiblemente determinados por la imperiosa necesidad de supervivencia en el manejo de los muy difíciles medio ambientes andinos, de su altamente variable recurso clima y de sus escasos recursos de suelos y aguas de regadío (Salaverry, 2006).

 

De ahí que la religiosidad andina consistiera básicamente en imploraciones mágicas, es decir, en un frondoso ritual destinado en lo fundamental a lograr el favor de poderes ultraterrenos que asegurasen una suficiente producción de los alimentos sin riesgo de calamidades. Por eso los dioses supremos eran dioses del sustento: Illapa, el dios del agua, y Pachamama, la tierra madre, su contraparte femenina, que sólo podía ser fértil mediante el agua controlada por Illapa (Kauffmann, 2002: pp: 27).

 

Gracias a los conocimientos de los antiguos agricultores costeños sobre las relaciones entre los fenómenos cósmicos (movimientos de la luna, del sol y las estrellas) con los eventos climáticos y los movimientos del mar (lluvia, mareas), habría desarrollado un activo y meticuloso sistema de observación astronómica con fines calendáricos, que hacía posible la programación de las campañas agrícolas con un cierto grado de precisión y previsión (Ídem, Op. cit.).

 

No eran ajenos al problema del agua y el crecimiento estacional de las plantas, dado que su abastecimiento de agua para beber y su necesaria relación con el curso de los ríos y las aguas que emergían del subsuelo en la costa, les permitía saber mucho sobre las estaciones en que crecen las plantas y su relación directa con las avenidas anuales y el uso de manantiales-oasis del desierto (Ídem, Op. cit.).

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Existía pues, en las comunidades marítimas, una acumulación muy valiosa de conocimientos que permitieron establecer sólidamente una agricultura basada en el riego, con control calendárico y con mano de obra suficiente como para desarrollar campañas agrícolas intensivas. Por eso, en poco menos de 4 ó 5 siglos, la costa se transformó: los valles se fueron volviendo planos y con áreas verdes continuas, con las agua de los ríos llegando cada vez más a las tierras del desierto (Lumbreras, 2000).

 

En este contexto, los templos tenían una función pública, de servicio colectivo a cargo de lo que los arqueólogos han denominado “sacerdotes”. Ellos se dedicaban a la observación de los astros con fines calendáricos. En este tipo de edificaciones se rendía culto a los dioses cósmicos de quienes se recibía el agua, la luz, etc. Sabemos también que se llevaba a ellos los tributos, a cambio de que los sacerdotes le dieran a la gente información precisa sobre las condiciones de tiempo en las épocas de siembra, crecimiento y cosecha de los cultivos. En la costa esta información es vital para los agricultores; aunque en la sierra no es tan importante (Ídem, Op. cit.).

 

En lo que hoy es territorio del Perú, las condiciones ambientales sufrieron cambios de consideración con el transcurso de los milenios, desde que los primeros hombres comenzaron a ocuparlo desde hace más de 10 mil años. Estos cambios en la naturaleza repercutieron en el paisaje y, por ende, en el comportamiento físico y cultural del hombre. Oliver Dollfus (1964) es autor de un valioso estudio sobre los cambios climáticos en los Andes peruanos (Kauffmann, 2002: pp.: 57-61).

 

A la fecha sólo se dispone de un bosquejo tentativo acerca de las grandes variaciones climáticas experimentadas en el Perú a lo largo de los últimos milenios. En términos generales, se estima que hace unos 10 mil años llegó a su fin la última glaciación. Consecuentemente, comenzaron a ceder las bajas temperaturas y el clima fue tornándose fresco y húmedo. Esto abrió paso a una abundante flora y fauna. Pero el retroceso de los hielos polares y el deshielo de las cimas nevadas aumentaron el nivel de las aguas marinas en varias decenas de metros, determinando la inundación de extensas áreas de la costa (Ídem, Op. cit.).

 

Con el correr del tiempo el clima fue cambiando nuevamente, tornándose seco y caluroso. Se estima que ello debió ocurrir hace unos 7 u 8 mil años. Como consecuencia, sobrevino la extinción de las grandes bestias prehistóricas o megafauna, y de la abundante vegetación que les servía de sustento. Estos cambios debieron repercutir, asimismo, en los hábitos alimentarios de los pobladores de los diversos sectores de los Andes. Acaso estimularon la pesca marina, así como el acopio de vegetales, e impulsaron las primeras formas de agricultura y de crianza de camélidos sudamericanos. Finalmente debió iniciarse el proceso de desertificación del territorio, que fue avanzando paulatinamente y todavía prosigue (Ídem, Op. cit.).

 

Salaverry  (2006) menciona la ocurrencia del “gran cambio climático” centrado entre los años 2000 a.C. a 1000 a.C. (hace unos 4000 años ap a 3000 años ap). Según Kaulicke, citado por Salaverry  (2006) la ocurrencia de tales fenómenos ocasionaron profundos cambios morfológicos y ambientales cuyas consecuencias han sido observadas por los expertos en los paleo-registros climatológicos, geológicos y arqueológicos, produciendo: la desaparición de las abundantes zonas de recolección y caza – y de cultivo- en las yungas de la costa peruana y cambios radicales en las zonas iniciales de ocupación  de los territorios de las quechuas y altoandinas, impactando en las poblaciones y culturas en formación que ocupaban dichas zonas, obligándolas a adaptarse – o, a emigrar – a las nuevas y cambiantes condiciones y limitaciones de clima-vegetación, imperantes en las diferentes zonas de temprana ocupación territorial.

 

La identificación de las etapas de “cambio climático”  desde el periodo del “gran cambio climático” hasta el periodo que hemos denominado de “inicio de riego” permite afirmar que se han producido cambios climáticos sustanciales en los últimos 7000 años y que, por lo tanto, el clima-vegetación correspondiente a las diversas zonas de los Andes peruanos, sí ha tenido variaciones de mayor amplitud durante las etapas o fases del desarrollo de las culturas agrarias andinas prehispánicas, cambios profundos, radicales que han repercutido en la ecología, el paisaje y el hombre en las zonas andinas peruanas (Ídem, Op. cit.).

 

La referida etapa o fases del periodo de “gran cambio climático” en los Andes produjeron efectos catastróficos que determinaron, entre otros, la desaparición de las abundantes zonas iniciales de recolección y caza –e, iniciales de cultivo, aunque incipiente- en las yungas de la costa peruana. Así como, produjeron cambios radicales en las zonas de los valles por efecto del ahondamiento de los lechos de los ríos (destrucción de terrazas, montes y bosques en las riberas y en los deltas de los valles) y la ocurrencia de largos periodos de sequía posteriores, de fuertes vientos y avenamiento costero (de formación de las zonas o “lenguas” de grandes acumulaciones de arena eólica (Ídem, Op. cit.).

Igualmente, se produjeron modificaciones en los pisos ecológicos de las zonas quechuas y alto andinas, caracterizados por un aumento en la ocurrencia de heladas y en cambios en el acceso a las fuentes permanentes de agua de regadío (lagunas, puquiales y riachuelos) determinando la necesidad de que las poblaciones se localicen en zonas más bajas de las laderas de las vertientes de las micro-cuencas y sus terrazas aluviales adyacentes, de alturas de los 3500 a 3200 msnm  (Ídem, Op. cit.).

En adición a los cambios climáticos de envergadura, se presentan fenómenos cíclicos de gran impacto sobre el medio ambiente, como los generados por la corriente marina de El Niño y por otros fenómenos. Estos influyeron poderosamente en el hábitat humano desde los orígenes de la civilización peruana. El Niño trae consigo consecuencias nefastas, en forma de copiosas lluvias en áreas desérticas en las que la vida se concentra en oasis fluviales, dando lugar a inundaciones de grandes proporciones, muy perjudiciales para el agro. Los depósitos aluvionales acumulados durante los años de clima irregular han dejado huella en la geomorfología de la costa, modificada por gigantescos deslizamientos. El Fenómeno de El Niño se presenta con especial ímpetu en la costa norte. Cuando esta corriente avanza en dirección sur, y sus aguas tibias se proyectan más allá de sus límites naturales, sobrevienen catástrofes. Augusto Cardich (1988) opina que los cambios climáticos severos, pero a la inversa, en forma de sequías prolongadas, pudieron haber dado lugar a movimientos migratorios de consideración y generado consecuencias históricas de importancia (Kauffmann, 2002: pp.: 57-61).

 

Respecto a los “Ciclos de Alteraciones Radicales Ambientales” Kaulicke (1993) señala que “es evidente que tales fenómenos deben haber causado impactos profundos en las tempranas sociedades costeñas obligándolas a ser eficientes y a generar respuestas rápidas de adaptación. Estas respuestas dependen de una serie de factores que últimamente llevan a dos consecuencias observables en los registros arqueológicos: a) permanencia en el lugar por haber encontrado mecanismos de contrarrestar la catástrofe; y b) desplazamiento y abandono del lugar con posible recuperación posterior por las mismas sociedades o por otras”.

 

Pero no sólo las variaciones climáticas impuestas por la naturaleza repercutieron en la marcha del proceso histórico peruano. También el paisaje natural fue afectado por la intervención del hombre al deforestarse grandes áreas boscosas para ampliar la frontera agrícola, sobreviniendo con ello una disminución de las lluvias e incluso sequías (Kauffmann, 2002: pp.: 57-61). Salaverry (2006) plantea que la explicación causal mayor de la deforestación recae en los cambios climáticos que se han producido en los medios ambientes del “mundo andino”.

Este impacto ambiental de la actividad humana se intensificó con la aparición de la agricultura compleja hace más de 3 mil años, ante la mayor necesidad de ampliar tierras cultivables. De esta manera, áreas otrora verdes se convirtieron en paisajes yermos y se modificó el medio natural al erigirse viviendas y núcleos rurales. Pero no todo fue acción depredadora. En la costa la excavación y empleo de grandes canales de regadío tornó verdes zonas anteriormente desérticas, y en la sierra se ganaron importantes espacios de cultivo mediante la construcción de terrazas o andenes (Ídem, Op. cit.).

 

Al llegar los españoles, el crecimiento demográfico había alcanzado un grado tal, que la demanda de alimentos obligaba a una sustancial modificación del paisaje natural (Ídem, Op. cit.).

 

Es de notar, según Macharé y Ortlieb (1992, 1993), citados por Hocquenghem (2003), que condiciones climáticas semejantes a las actuales, con ocurrencias del Fenómeno de El Niño, parecen haberse presentado en la costa peruana ya desde el último periodo interglacial. Se tiene la certeza de la ocurrencia de estos eventos desde hace unos 4 500 años, con efectos similares a los que se conocen en la actualidad. Archivos naturales, como depósitos de inundación y secuencias de cordones literales, apoyados por fechas radiocarbónicas, han permitido establecer un registro de unos ocho eventos mayores a lo que algunos autores llaman superniños.

 

Históricamente los FEN  fuertes o muy fuertes han influido en la conformación del espacio social y tienen una relación directa con el plano del pueblo, ubicación, estructura y viso de las viviendas. Altera el crecimiento poblacional, desacumula la economía e influye en la ideología de los pueblos. Al respecto de esto, durante el gobierno de Pachacútec, se produjo una gran alteración de la naturaleza, que conllevó diluvios, sequía, erupciones volcánicas, terremotos y pestilencia. Esta situación acondicionó muchos cambios, entre ellos la reestructuración general del espacio social incaico. Este se caracterizaba por su dispersión poblacional, sistema con el que se aprovechaba un máximo número de nichos ecológicos a fin de lograr pluriproducción (Huertas, 2001).

 

Un selecto grupo de personas, después de la observación de bioindicadores y de señales del firmamento, pronosticaba el tiempo y administraba la ecología. Se establecieron en zonas estratégicas grandes almacenes o colcas, donde se acumulaban y distribuían alimentos, junto a grandes caminos para facilitar el rápido traslado entre regiones. Todo esto como parte de una estrategia cuyo fin era disminuir la vulnerabilidad del espacio social frente al impacto reiterado de los unu pachacuti (diluvio, lluvias fuertes prolongadas con aluviones), hatun pachamcuyun (sismo) y pestilencias (Ídem, Op. cit.).

Más que un antiguo vocablo quechua, ARARIWA es un rico significado andino: responsabilidad y símbolo. El ARARIWA aparece en las Crónicas como el «guardián de sementeras», «ojeador», «protector de los cultivos y del ganado» el que lleva en sus hombros el animal en peligro, y esta designación es vista a la vez como una «reserva» y un «servicio», tanto como una autoridad vinculada a la producción, a la racionalidad del uso y distribución de los alimentos, a la defensa de la vida: «juez en cada pueblo de las sementeras… para que no mueran de hambre».

 

A lo largo de todo el calendario agrícola, el ARARIWA va actuando de acuerdo al momento y a la necesidad precisa: es guardián y vigía, es convocación y garantía para la comunidad «que lo hace valer». No se limita a prever y defender contra el daño producido por animales y ladrones, sale a representar a la comunidad ante la naturaleza, da cara ante los dioses. Se le exige juventud, fuerza, valentía, dedicación y suerte. La comunidad selecciona con atención y cuidado a quien debe ocupar este cargo y le retribuye con respaldo permanente.

Hoy no siempre es fácil encontrar quien acepte ser ARARIWA, porque se carga a las espaldas el éxito o el fracaso de la Comunidad. En algunos ayllus, el ARARIWA es un hombre maduro, de respeto, considerado más importante que el mismo presidente. Su vinculación a la tierra se expresa en el hermoso rito de carnaval: se ata con serpentinas a la cruz de flores y a la papa. La fe y la vida van juntas (ARARIWA, 2009).

Dentro de la organización del trabajo agrícola la comunidad nombra al arariwa quien es un hombre conocedor, “es un sabio”. Receptor, transmisor y practicante de costumbres tradicionales propias de la comunidad. “El arariwa coordina la siembra”. Este hombre designado por consenso comunal guía con sus consejos, de acuerdo a la lectura que realiza de las diferentes manifestaciones de la naturaleza. Observa e interpreta, se encarga de realizar los múltiples rituales antes, durante y después del periodo de siembra. El campesino rige su trabajo en la tierra y espera los resultados de la cosecha de acuerdo a las interpretaciones y recomendaciones del arariwa. De esta forma las distintas particularidades de los elementos de la naturaleza: viento, lluvia, estrellas, comportamiento de los animales, etc., adquieren una significación que influirá en las expectativas de los campesinos respecto a la producción que esperan de la tierra.

 

Frente a la inmensa variabilidad ambiental y a la posibilidad natural de lograr una gran cantidad de variedades, dentro de cada especie, con especialización ecológica en “la oposición a determinado problema”, el hombre andino tuvo una sola respuesta: perfeccionarse en descubrir variedades resistentes a los variados y cambiantes factores edafológicos (“salinidad de los suelos, falta de fertilidad, poca profundidad, encharcamiento y otros defectos edafológicos”) bióticos (“insectos, ácaros, moluscos, nematodos, enfermedades fungosas, bacterianas y viróticas aves y roedores”) y meteorológicos (“heladas, nevadas, elevada radiación ultravioleta, sequía, vientos, granizo y a otros muchos”) (Proyecto In Situ, 2005).

 

La estocasticidad (eventos azarosos) temporal y espacial de la precipitación es un rasgo sumamente importante de la misma. Sin embargo, a lo largo del tiempo las comunidades altoandinas han ido conociendo el régimen climático de lluvias, empleando una serie de indicadores para poder adaptarse al medio y poder manejar sus cultivos y/o pastizales de una manera adecuada. No obstante, el cambio climático trae consigo una serie de cambios en el comportamiento de diferentes variables climáticas, que en suma ocasionan la ocurrencia de eventos extremos o episodios inesperados. Para poder sobrellevar dichos cambios, específicamente en cuanto a los regímenes de precipitación, los habitantes de las montañas deben hacer uso de su capacidad de adaptación para poder contrarrestar la vulnerabilidad climática del medio en el que viven.

 

La modificación de los regímenes de precipitación debido al cambio climático en Los Andes genera incertidumbre y desconfianza frente a los episodios inesperados y la misma ocurrencia de lluvias, ello dificulta el manejo efectivo del riesgo y es probable que se generen conflictos socioambientales por la disponibilidad del agua.

Una posible solución frente a la incertidumbre inherente al régimen natural y modificado de las lluvias es combinar nuevas tecnologías con las estrategias sociotecnológicas de adaptación que han sido desarrolladas en el curso de los milenios por las propia organización social andina, que puede ser suficientemente resiliente para adaptarse espontáneamente al cambio (Heidenger, s.f.)

 

Caemos en cuenta entonces que la agrobiodiversidad es producto de la confluencia de factores biofísicos y de la cultura. La gestión de la diversidad es el elemento central para convivir con condiciones atmosféricas cambiantes.

 

El análisis de los saberes permite entender las estrechas relaciones existentes entre los seres humanos, la naturaleza y las deidades, categorías además occidentales por cuanto hemos podido reconocer que estos elementos forman parte de una misma realidad y unos crían a los otros. Podemos reconocer además un trato humanizado a las plantas y semillas. La armonía o desarmonía familiar o comunal también tiene correlato con la calidad de las cosechas.

 

Las predicciones basadas en observación de fenómenos atmosféricos corresponden a un conocimiento profundo del medio, conocimiento que se socializa de padres a hijos que, contradictoriamente, por efectos de la educación escolarizada se empieza a perder.

 

Los pagos a la tierra, las celebraciones de fiestas con semillas invitadas, también son formas como se manifiesta el cariño y respeto hacia las plantas que son tratados como personas. Podemos apreciar que incluso los conceptos de plagas, enfermedades o amenazas climáticas tienen otra connotación por cuanto todos ellos también son personas.

 

Un elemento que destaca es la asociación entre mujer y fertilidad de la tierra. Varias prácticas y secretos dan cuento de ello aunque para la ciencia occidental no haya forma de explicar estas interrelaciones. Pero debe quedar claro que precisamente el concepto de saberes no tiene una connotación racional sino que revela las interacciones entre los humanos, las plantas, los animales y las divinidades.

 

En realidad, los saberes ancestrales de los pueblos indígenas se han constituido en ingredientes de trascendental importancia, no sólo desde la parte cultural, sino también como una herramienta para apuntalar hacia una nueva opción de desarrollo sostenible, ..ampliamente reconocido en foros globales, y que tiene sus bases en las prácticas de relación armónica hombre-naturaleza que por cientos de años atrás vienen manteniendo los pueblos indígenas. Por ello, ahora se dice que frente a la volátil utilización y destrucción de los recursos naturales es necesario rescatar los saberes ancestrales de las comunidades indígenas para conservar los recursos para las generaciones venideras, con lo cual se ha puesto un nuevo enfoque de desarrollo que integre lo ambiental, lo social y lo económico, es decir, .un desarrollo que satisfaga las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas (Corporación Andina de Fomento y la Secretaría General de la Comunidad Andina. 2005).

 

Frente a los impactos del cambio climático especialmente en las zonas de montaña estos saberes se constituyen en importante capital intelectual para el diseño de medidas de adaptación. Por ejemplo, los Chopccas de Huancavelica están sembrando ahora quinua y maíz en altitudes de 3,750 msnm gracias al aumento de la temperatura que ha afectado las cotas de ubicación de los cultivos (El Comercio, 2009).

 

Estos conocimientos o saberes deben ser protegidos por las siguientes razones: Protección de un derecho humano fundamental, valor intrínseco del conocimiento tradicional colectivo e integral, razones de equidad y como una respuesta defensiva a los Derechos de Propiedad Intelectual (DPI) que busca proteger derechos monopólicos sobre el conocimiento. Pero además porque las estrategias de adaptación que revaloren los saberes locales son culturalmente más pertinentes y permiten que puedan ser complementados con conocimientos y tecnologías occidentales.

 

Los saberes del mundo andino, sus sistemas tecnológicos y sociales de gestión del agua parten del principio de la convivencia armónica con la madre tierra y se sustentan en la propiedad colectiva de las aguas basadas en un sistema legal y social propio. Estos lograron garantizar la sustentabilidad de los ecosistemas desde tiempos inmemoriales y por lo tanto deben ser preservados, respetados y reconocidos.

 

Los sistemas tradicionales de manejo del agua, desarrollados y validados a lo  largo de cientos de años, hoy en día marginados, son probadas alternativas para la sostenibilidad de los recursos hídricos. Por ello deben de ser mejor comprendidos, valorados, recuperados y difundidos como tecnologías para la sustentabilidad del desarrollo (CONDESAN, 2003).

 

Estudios realizados en Bolivia demuestran que aún se mantiene el conocimiento sobre la predicción del tiempo mediante la observación de indicadores sin embargo estas  predicciones empiezan a ser menos exactas y dudosas lo cual los mismos agricultores atribuyen a que el clima está cambiando. Por otra parte este tipo de conocimiento tiende a perderse por la migración de los jóvenes, los cambios de tecnologías y la modernización, así como la secularización y el cambio de culto de las personas.

 

La revalorización de este tipo de conocimiento empieza por reconocer que es válida y que está muy lejos de ser mera superstición o fetiche, ya que se basa en la observación sistemática de los eventos, de las señales y alegorías de la realidad, en el manejo de patrones y la fenología y en el entendimiento de que todo está vinculado con todo que es la base del conocimiento holístico. Este conocimiento holístico ha sido utilizado por civilizaciones durante milenios en esta región para domesticar plantas y animales y desarrollar la agricultura.

 

Sin embargo, a pesar de valorar completamente este tipo de conocimiento y de reconocer su valor desde el punto de vista del manejo de la agricultura en la región, existe también la percepción de que estos métodos de predicción del clima deber ser complementados con otros que existen a disposición en la actualidad, como la observación meteorológica el uso de la estadística y la interpretación visual de imágenes de satélite, sin embargo existen grandes limitaciones para alentar el uso de instrumentos sofisticados, porque estos no están a la mano de los agricultores en las comunidades. Pero por otra parte es importante que este conocimiento sea revalorizado por los jóvenes, para que estos aprendan a apreciar el conocimiento de sus padres y abuelos de igual forma que pueden valorar el conocimiento que se imparte en las escuelas y universidades. (MINISTERIO DE PLANIFICACIÓN DEL DESARROLLO. S.f).

 

La necesidad de desarrollar programas apropiados de adaptación al cambio climático debe llevar a revalorizar estos saberes tradicionales que deberán incorporarse en una diversidad de políticas públicas. Hay que evitar tanto la erosión como el drenaje cultural que está provocando que estos saberes se pierdan favorecidos a veces por los propios campesinos que consideran sus prácticas tradicionales como atrasadas y que esperan ansiosos los aportes de la ciencia occidental.  Felizmente, asociado al desarrollo de la gastronomía peruana, se ha despertado la conciencia hacia el valor de la agrobiodiversidad nativa y una mejor predisposición para comprender los factores que explican tal diversidad.

 

Se encuentra que la mayor diversidad de esta riqueza cultural es inversamente proporcional al grado de articulación al mercado, aunque ya hay señales que la diversidad también puede ingresar al mercado sin afectarla. Se deberá desarrollar no obstante mecanismos que mejoren los sistemas de compensación y beneficios para que no sean únicamente los intermediarios los grandes beneficiarios de este nuevo boom de la naturaleza y la cultura peruana.

 

Nos queda claro entonces que el tratamiento de los saberes ancestrales de las comunidades no sólo es una cuestión de fuente intelectual para las medidas de adaptación sino una oportunidad para revisar como peruanos nuestro propio modelo de desarrollo, la forma cómo nos hemos venido tratando entre peruanos de un Perú oficial y un Perú profundo, ajeno, distante y excluido.

 

De la revisión realizada se desprenden las siguientes conclusiones:

 

    Los campesinos de las altas montañas poseen saberes, señas, indicadores y prácticas que les permiten desarrollar una agricultura biodiversa
    La agrobiodiversidad es producto tanto de la confluencia de aspectos biofísicos como de la cultura andina. Bajo este contexto se entiende entonces la afirmación que la agricultura biodiversa es producto de la cultura andina
    La gestión de la diversidad es la mejor estrategia para convivir en medio de condiciones climáticas azarosas
    La agrobiodiversidad pone de manifiesto la cosmovisión andina donde seres humanos, naturaleza y deidades se crían unos a otros
    El bagaje de saberes campesinos constituye un valioso capital intelectual para el diseño e implementación de medidas apropiadas de adaptación al cambio climático. No obstante deberán ser complementados con conocimientos y técnicas occidentales.
    La fortaleza de los saberes locales está empezando a fallar precisamente por los efectos del cambio climático que ya se dejan sentir en las altas montañas y que se traducen en deglaciación, eventos climáticos extremos, cambios en las cotas de los cultivos, entre otros efectos.
    La articulación al mercado y la educación convencional son factores de erosión cultural de estos saberes aunque también pueden ser grandes oportunidades. Se requiere entonces la formulación de políticas públicas integrales que favorezcan la revalorización de los saberes tradicionales
    El trato a las semillas o fenómenos atmosféricos como personas nos recuerda la identificación de la cosmovisión campesina con la hipótesis Gaia. La interrelación entre personas, naturaleza y deidades no debe ser vista como rezagos de religiones animistas o a la necesidad de satisfacer los requerimientos alimenticios únicamente sino como una oportunidad de redefinir la relación con la naturaleza. La relación de dominio es la que precisamente ha llevado al hombre a la situación actual respecto a la salud planetaria.

 

 

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