El mejillón es uno de los alimentos marinos con menor impacto ambiental en origen, pero su huella de carbono aumenta de forma significativa cuando se procesa, especialmente en conserva.
Un estudio del CSIC concluye que la industrialización y los flujos comerciales son determinantes en las emisiones asociadas a este producto.
El cultivo del mejillón en bateas presenta, en comparación con otras fuentes de proteína animal, una huella relativamente reducida. No requiere alimentación adicional, ya que el molusco se nutre de forma natural filtrando el agua, y tampoco precisa grandes extensiones de terreno ni consumo intensivo de agua dulce.
Sin embargo, cuando el producto se destina a la industria conservera, entran en juego factores que elevan las emisiones. El proceso industrial implica cocción, limpieza, selección, enlatado y esterilización a altas temperaturas, etapas que demandan un considerable consumo energético.
La huella de carbono del mejillón depende del procesado
Un estudio del CSIC revela que el grado de industrialización y el transporte multiplican las emisiones del mejillón, especialmente en escabeche.
El mejillón, que figura entre los alimentos marinos con menor impacto ambiental en origen, una vez procesado, en particular en conserva, genera gran cantidad de dióxido de carbono, uno de los gases que más contribuyen al cambio climático, según un estudio del CSIC divulgado este viernes.
El estudio, publicado en la revista científica ‘Resources, Conservation and Recycling’, calcula que la producción de mejillón genera en España 288 toneladas de dióxido de carbono (CO2) al año.
La publicación, que cuenta con el apoyo de la Fundación Daniel y Nina Carasso, es el resultado de una colaboración multidisciplinar entre investigadores de Alimentta, la Universidad Pablo de Olavide, la Universidad de Santiago de Compostela, el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (Imedea, CSIC-UIB), el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) y el Centre Oceanográfico de Baleares (COB-IEO, CSIC).
Conserva y escabeche: las presentaciones más intensivas
De ellas, la producción en conservas genera unas 190 toneladas de CO2 anuales, el equivalente a 6,3 kilogramos de CO2 por kilo de producto comestible sin concha, como resultado de la contribución de la producción acuícola, el procesado industrial de las distintas presentaciones –en fresco, congelado y en conserva– o el transporte.
El impacto del mejillón en conserva es comparativamente inferior a la producción de vacuno, que es de decenas de kilos de CO2 emitidos a la atmósfera por kilogramo de carne, y de cerdo, que es de unos 7 kilos de CO2 por kilo de carne, apunta el estudio. El procesamiento de merluza es de cerca de 4,4 kilogramos de CO2 por kilo de carne.
La producción de mejillón en escabeche tiene el mayor impacto en la emisión de gases de efecto invernadero, mientras que el congelado tiene menor contaminación atmosférica, apuntan los autores.
El mejillón destaca como «proteína marina de emisiones moderadas, pero con sensibilidad fuerte al nivel de industrialización y de flujos comerciales», señala la investigadora Montserrat Ramón, del Institut de Ciències del Mar de Barcelona, un órgano del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas).
Los resultados muestran que la huella de carbono aumenta significativamente debido al grado de procesamiento del mejillón y a los flujos comerciales del producto, aunque varía notablemente según el tipo de presentación.
Galicia concentra el 99 % de la producción
La producción de mejillón en escabeche tiene el mayor impacto en la emisión de gases de efecto invernadero, mientras que el congelado tiene menor contaminación atmosférica, apuntan los autores.
Un 99 % de la producción de mejillón en España procede de Galicia, aunque sólo un 25 % del mejillón fresco disponible se destina al consumo directo en España, mientras que el resto se exporta, lo que contribuye a la huella de carbono del consumo final, advierte el estudio en el que han participado varios institutos del CSIC, y las universidades Pablo de Olavide y de Santiago de Compostela.
Unos de los autores del estudio, el investigador Pablo Saralegui, señala que «impulsar el consumo de mejillón fresco y congelado, y optimizar los flujos logísticos, ofrece una oportunidad clara para reducir las emisiones del sector».
Por su parte, Ramón observa que «optimizar el transporte, utilizar materiales de embalaje más sostenibles o tecnologías que minimicen el uso de recursos y reduzcan las emisiones durante la producción y procesamiento del mejillón» contribuirían a mejorar la sostenibilidad ambiental.
En definitiva, aunque el mejillón sigue siendo una opción relativamente sostenible, su versión en conserva exige medidas adicionales para contener el aumento de emisiones y avanzar hacia una producción más baja en carbono. Seguir leyendo en CO2.



















