Quitar CO2 del aire ya no es una idea lejana de laboratorio. Más de 260 investigadores se reunieron en Milán para debatir cómo ampliar la retirada de dióxido de carbono, conocida como CDR por sus siglas en inglés, en un momento en el que el planeta se acerca peligrosamente a superar el límite de 1,5 ºC del Acuerdo de París.
Recortar emisiones sigue siendo lo urgente, pero los científicos advierten de que también hará falta retirar mucho más CO2 de la atmósfera para compensar sectores difíciles de limpiar, como la aviación o la agricultura, y para intentar devolver la temperatura global a niveles más seguros si se produce un rebasamiento temporal.
Una escala enorme
La retirada de CO2 ya existe, pero no al ritmo que haría falta. El informe “State of Carbon Dioxide Removal” calcula que el mundo retira hoy unos 2200 millones de toneladas de CO2 al año, casi todo mediante métodos convencionales ligados a la tierra, sobre todo bosques y reforestación.
El problema es la distancia entre lo que se hace y lo que se necesitaría. La investigadora Morgan Edwards explicó en la conferencia que, para mantener abierta la opción de volver a 1,5 ºC a finales de siglo, la retirada de CO2 tendría que crecer hasta unos 8800 millones de toneladas anuales en 2050. No es poca cosa.
Ese salto obliga a mirar el asunto con cuidado. Retirar CO2 no puede convertirse en una excusa para seguir quemando combustibles fósiles como si nada. Es más bien una red de seguridad para lo que no se pueda eliminar de otra forma.
El límite de 1,5 ºC pesa cada vez más
El contexto importa. 2024 fue el primer año natural que superó temporalmente el umbral de 1,5 ºC, aunque el objetivo del Acuerdo de París se interpreta normalmente como una media de largo plazo, no como un solo año aislado. Aun así, el aviso está ahí.
Por eso los científicos hablan cada vez más de “overshoot”, es decir, superar durante un tiempo ese límite y después intentar volver a bajarlo. Suena sencillo, pero no lo es. El clima no funciona como un termostato de casa.
El océano, por ejemplo, responde con mucha lentitud. En la conferencia se explicó que, incluso si la temperatura superficial global bajara por emisiones negativas, las capas superiores del océano podrían tardar décadas en enfriarse. Y en zonas profundas, algunos cambios seguirían avanzando durante mucho más tiempo.
Los bosques no bastan
Hoy, la gran mayoría de la retirada de CO2 procede de soluciones basadas en la naturaleza. Plantar árboles, restaurar bosques o mejorar su gestión ayuda, y además puede proteger suelos, biodiversidad y agua. Pero tiene límites muy claros.
El último informe sobre retirada de carbono señala que el 99,9 % de la CDR actual es convencional y terrestre. Las tecnologías nuevas, como la captura directa del aire, el biochar o algunas opciones marinas, siguen representando menos del 0,1 % del total.
Aquí aparece una pregunta incómoda. ¿Dónde se plantan todos esos árboles sin competir con alimentos, cultivos energéticos o pueblos que ya viven de esa tierra? Además, los bosques pueden arder, enfermar o sufrir sequías más duras con el cambio climático. Y cuando eso pasa, parte del carbono vuelve a la atmósfera.
Las nuevas tecnologías avanzan, pero desde muy abajo
Las técnicas llamadas “novedosas” o tecnológicas crecen rápido, pero parten de una base diminuta. La captura directa del aire, por ejemplo, consiste en usar instalaciones capaces de extraer CO2 de la atmósfera y almacenarlo de forma duradera. Sobre el papel, parece una pieza útil. En la práctica, sigue siendo cara y difícil de escalar.
También se estudian opciones como el biochar, que convierte biomasa en un material rico en carbono capaz de permanecer en el suelo durante mucho tiempo. O métodos marinos, como aumentar la alcalinidad del océano para que pueda absorber más CO2. Pero ahí entran dudas ambientales, legales y sociales.
Ashwin Murphy, del Sabin Center for Climate Change Law, advirtió en la conferencia que la retirada marina de CO2 puede tener beneficios, pero también riesgos ambientales y sociales. Además, explicó que las normas actuales no siempre encajan bien con estas tecnologías nuevas.
La política va por detrás
La ciencia puede calcular escenarios, pero sin políticas públicas no hay escala posible. Y ahora mismo faltan señales fuertes de demanda, como objetivos obligatorios, compras públicas o incentivos claros para quienes retiren CO2 de forma verificable.
El informe apunta que 140 países han anunciado metas de cero emisiones netas, lo que implica algún papel para la retirada de CO2. Pero eso no siempre se traduce en planes concretos. La Unión Europea destaca por haber incorporado a la ley un objetivo de 310 millones de toneladas de CO2 equivalente en retiradas netas anuales del sector terrestre para 2030.
El IPCC también prepara un informe metodológico para 2027 sobre tecnologías de retirada de CO2, captura, uso y almacenamiento de carbono. Su objetivo será ayudar a los países a medir y reportar estas retiradas en sus inventarios nacionales de gases de efecto invernadero.
La confianza pública será clave
Hay otro punto que no se puede pasar por alto. La gente tendrá que entender qué se está haciendo, dónde y con qué garantías. No basta con prometer que una tecnología eliminará CO2 dentro de treinta años. Hace falta medir, verificar y explicar.
Los investigadores insisten en que la justicia importa. Si una comunidad vive cerca de una instalación, o si un país dedica tierra a retirar carbono, debe haber beneficios claros y reglas transparentes. De lo contrario, la resistencia social puede frenar proyectos incluso antes de que empiecen.
En el fondo, la retirada de CO2 se parece a limpiar una playa llena de basura. Lo primero es dejar de tirar residuos. Después, sí, habrá que recoger lo que ya está allí. Con el clima ocurre algo parecido. Primero hay que reducir emisiones con fuerza. Luego tocará retirar parte del CO2 que ya hemos acumulado.
Lo que viene ahora
La gran advertencia de los expertos es que la retirada de CO2 debe crecer, pero sin vender falsas soluciones. Los bosques ayudan, aunque no son infinitos. Las tecnologías nuevas prometen mucho, aunque todavía necesitan bajar costes, demostrar seguridad y ganar confianza.
El reto es enorme porque afecta a energía, agricultura, industria, transporte y uso del suelo. También a la factura de la luz, al precio de los alimentos y a ese calor cada vez más pegajoso que ya se nota en muchos veranos. Por eso este debate no es solo científico. También es político y cotidiano.
La conclusión no es que las máquinas o los bosques vayan a salvarnos solos. La conclusión es más sencilla y más dura. Sin recortes rápidos de emisiones, la retirada de CO2 no será suficiente. Pero sin retirada de CO2, volver a un clima más seguro puede ser mucho más difícil.
El informe oficial más reciente ha sido publicado en The State of Carbon Dioxide Removal, en su tercera edición de 2026.













