La participación efectiva en la gestión forestal

Poner en valor la energía cultural del sistema implica reconocer que todos los actores cuentan con experiencias, conocimientos, visiones, perspectivas, temores, preguntas, dudas

La participación efectiva en la gestión forestal implica reconocer las siguientes características: i) Debe poner en valor la energía cultural del sistema, ii) debe reforzar el concepto y la práctica de la corresponsabilidad en la gestión forestal  y iii) debe inscribirse en el marco de la sustentabilidad.

Poner en valor la energía cultural del sistema implica reconocer que todos los actores cuentan con experiencias, conocimientos, visiones, perspectivas, temores, preguntas, dudas y que todos estos elementos son muy importantes al momento de la deliberación y posterior toma de decisiones. Es la integración inteligente la que permite lograr la ponderación y el equilibrio. Esquemas de decisión en los extremos de “arriba hacia abajo” o de “abajo hacia arriba” simplifican la realidad e innecesariamente conducen a polarizaciones. Esperamos que nuestros líderes (lideresas) y autoridades tengan visiones así como confiamos en que la sociedad civil tenga sus propias visiones y perspectivas. No se trata entonces de quién impone su visión o perspectiva sino la forma en qué construimos, reconstruimos o integramos una visión compartida una visión que sea capaz de movilizar a todos los actores.

Reforzar el concepto y la práctica de la corresponsabilidad en la gestión forestal  significa que tanto autoridades y sociedad civil tenemos la obligación de velar que las decisiones que se tomen en el sistema signifiquen el aprovechamiento sostenible y la conservación de los bosques en el marco de una gestión democrática, transparente y efectiva. En todo sistema existen posiciones, intereses y necesidades y es algo que no se puede negar, el tema está en cómo se procesan de tal manera que la decisión resultante de un proceso participativo guarde el equilibrio entre los intereses individuales y los intereses colectivos. Esto hay que inscribirlo en un contexto de interdependencia de derechos en el que también se reconocen los derechos de la naturaleza.

Es obvio que todo proceso participativo forestal debe inscribirse en el marco de la sustentabilidad. Para América Latina, aunque también es válido para todo el mundo, la sustentabilidad no se restringe únicamente a balancear consideraciones sociales, ambientales y económicas, se requiere un tratamiento más explícito a las consideraciones culturales, políticas e institucionales. La dimensión cultural en la gestión forestal es importante porque entre los actores existen diferentes cosmovisiones, significados, sentires y narrativas sobre los bosques y es importante que esas diferentes aproximaciones, entendimientos y sentimientos sobre los bosques puedan ser respetados en tanto refuercen la estrecha interrelación que existe entre los seres humanos y la naturaleza.

En todo sistema forestal co-existen creencias, pensamientos, sentimientos, actitudes y discursos relativos a los bosques y se presentan de manera compleja porque estos elementos pueden estar variando aún dentro de los propios grupos de interés y pueden variar en el tiempo. La constatación de esta realidad no debe verse como un problema sino como un reto social para lograr encontrar el punto de equilibrio. Por ello nuestro sistema democrático se ha inventado el diálogo como principal herramienta para alcanzar el mencionado equilibrio.

La participación forestal de nuestros tiempos es aquella que se inscribe en un contexto de gobernabilidad democrática intercultural. La participación es un derecho que también genera obligaciones y compromisos. Por ello es un imperativo que trabajemos para mejorar la calidad de la participación para que perspectivas, sentires y pareceres puedan conjugarse con conocimientos, saberes, ciencia, información y estadísticas. Tan importante como los conocimientos científicos son los conocimientos y saberes ancestrales pero es necesario que depongamos actitudes de supremacía de un sistema u otro sino más bien administremos eficientemente la energía cultural.

La participación por tanto no se reduce a espacios de concurrencia masiva sino a la generación de un clima apropiado para que fluyan asertivamente las diversas perspectivas, que se ejerza en su máxima expresión la capacidad de escucha, no sólo para responder o refutar, sino sobre todo para tratar de entender, que existan protocolos claros de cómo se va a administrar los diferentes aportes. Es importante que todos se sientan escuchados, valorados y respetados. Si respetamos estos principios la discusión ya no se centrará en el hecho que si se recogió o no mi aporte, si no en el hecho que la resultante del proceso es sostenible y sensata para la gente y los bosques. De esta manera evitaremos la deslegitimación de los procesos participativos y por el contrario valoraremos en su real dimensión este derecho.

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