La Amazonía no solo mueve agua por sus grandes ríos. También la transporta por el cielo mediante enormes corrientes de vapor que viajan desde el Atlántico hasta los Andes. Un nuevo informe de Amazon Conservation concluye que proteger bosques muy concretos de Brasil puede evitar que esas rutas pierdan fuerza.
La alerta se concentra en la estación seca y en la de transición, cuando la humedad atraviesa frentes de deforestación, carreteras proyectadas y terrenos públicos sin protección formal. El oeste del estado brasileño de Acre aparece como un punto decisivo, porque allí convergen las tres rutas estacionales antes de alcanzar Perú y Bolivia. No es un detalle del mapa.
Qué son los ríos voladores
Los ríos voladores son flujos atmosféricos de humedad impulsados por los vientos desde el océano Atlántico. Al pasar sobre la selva, reciben agua liberada por árboles y suelos mediante la evapotranspiración. Después descargan parte de esa humedad en forma de lluvia y vuelven a recargarse más adelante.
El proceso puede repetirse cinco o seis veces mientras el aire avanza hacia el oeste. En la práctica, el bosque funciona como una bomba de agua gigantesca, aunque no tenga tuberías ni se vea desde el suelo. Cada tramo de selva mantiene vivo al siguiente.
El suroeste amazónico es especialmente dependiente de este mecanismo. En las zonas sensibles identificadas en Perú y Bolivia, más del 70% de la precipitación procede de humedad que nació en el Atlántico y fue reciclada por los bosques a lo largo de la cuenca.
La estación seca es el punto débil
El informe distingue tres trayectorias, una para la temporada lluviosa, otra para la seca y una tercera para la transición. La primera cruza amplias zonas de bosque primario y numerosos territorios indígenas o áreas protegidas. Las otras dos pasan por sectores mucho más alterados de la Amazonía brasileña.
La ruta seca atraviesa el sur de Pará y cruza la BR-319, la carretera que conecta Porto Velho con Manaos. Los escenarios citados por el documento calculan que completar su pavimentación podría favorecer hasta cinco millones de hectáreas de deforestación adicional. Una carretera no ocupa tanto terreno, pero abre la puerta a caminos secundarios, tala y apropiación ilegal.
Más al oeste aparece Acre. Allí confluyen las tres rutas antes de que la humedad llegue a los Andes, mientras avanzan varios proyectos viales. “Es más importante conservar el bosque a lo largo de la ruta”, explicó Blaise Bodin, coautor del informe. Ese cuello de botella puede influir en las lluvias durante todo el año.
Bosques sin destino legal
Brasil conserva alrededor de 50 millones de hectáreas de bosques públicos no destinados. Son terrenos de dominio federal o estatal que no cuentan con una clasificación formal como área protegida, concesión, territorio indígena u otra figura estable. Esa indefinición los deja expuestos a invasiones, incendios, minería y extracción ilegal de madera.
Según el informe, entre el 26% y el 30% de la deforestación anual de la Amazonía brasileña ocurre en estos espacios. Por eso los autores no plantean proteger hectáreas al azar. Proponen identificar “Zonas Críticas de Humedad Atmosférica”, lugares donde coinciden el valor del bosque para producir lluvia, el riesgo de tala y la vulnerabilidad de las poblaciones situadas a sotavento.
¿Qué significa esto en la práctica? Que una zona puede ser prioritaria no solo por sus especies o por almacenar carbono, sino también porque mantiene la lluvia de una comunidad situada a cientos o miles de kilómetros. Es una forma distinta de mirar el mapa.
Menos bosque, menos lluvia
Los árboles mantienen humedad disponible incluso durante los meses secos gracias a sus raíces profundas. Los pastos y los cultivos de soja reciclan mucha menos agua en esa época. Carlos Nobre calcula que pueden devolver a la atmósfera apenas una tercera o una cuarta parte de lo que aporta el bosque.
La pérdida ya tiene consecuencias medibles. Un estudio publicado en PNAS estimó que la deforestación amazónica registrada entre 1982 y 2018 redujo entre un 6% y un 30% las precipitaciones estacionales en los estados productores de soja analizados. La merma acumulada se relacionó con unas 700.000 toneladas menos de producción.
Además, el calentamiento puede intensificar los déficits de agua durante la estación seca. Con menos lluvia, el bosque libera menos humedad y aumenta el riesgo de incendios. A su vez, el fuego degrada más vegetación y debilita todavía más el reciclaje del agua. El problema se alimenta a sí mismo.
Lo que está en juego
Cuando fallan las lluvias, el impacto no se queda entre los árboles. Llega a las cosechas de patata, arroz, yuca o maíz, a la producción de castaña amazónica, a la navegación fluvial y a la generación hidroeléctrica. También afecta al agua disponible para hogares y comunidades rurales.
La grave sequía de 2023-2024 mostró esa fragilidad, aunque no puede atribuirse únicamente a la deforestación. “Primero llegó la sequía, y de la sequía surgió el fuego”, relató Magaly Tipuni, líder indígena de Pilón Lajas, en Bolivia. Después llegaron pérdidas de cultivos, animales y plantas.
Los modelos todavía no permiten calcular con exactitud cuánto pesa cada causa en un episodio concreto. Pero el patrón general está cada vez más claro. Talar bosque en Brasil puede reducir lluvia en Perú y Bolivia, e incluso dañar la propia agricultura brasileña.
La conservación debe seguir el agua
Los autores piden que las evaluaciones ambientales de carreteras y otras infraestructuras incluyan sus efectos sobre el transporte transfronterizo de humedad. También recomiendan asignar protección legal a los bosques públicos más estratégicos, restaurar corredores degradados y coordinar decisiones entre Brasil, Perú y Bolivia.
En el fondo, la propuesta es sencilla. No basta con contar cuántas hectáreas se conservan, también importa dónde están y qué función cumplen dentro del ciclo del agua. Proteger el bosque adecuado puede sostener lluvias, alimentos, energía y medios de vida mucho más allá de sus límites. No es poca cosa.
El informe oficial “Mapeando el camino de los ríos voladores” ha sido publicado por Amazon Conservation.
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