Una tubería de plástico descartada puede convertirse en algo más que un residuo. Un ensayo australiano ha probado su uso como madriguera artificial bajo acumulaciones de roca minera, y las cámaras han registrado a quoles del norte entrando y saliendo de estas estructuras.
El trabajo, firmado por Mitchell T. Ladyman y Neil E. Pettit, de Animal Plant Mineral, abre una posible vía para recuperar refugios en paisajes alterados por la minería. Las condiciones interiores se parecían a las de madrigueras naturales, aunque falta comprobar si estas instalaciones permiten criar y contribuyen a recuperar las poblaciones.
Una segunda vida bajo las rocas
La propuesta utiliza tuberías de polietileno de alta densidad, conocido por las siglas HDPE. Es un material disponible en instalaciones mineras que, según los investigadores, podría aprovecharse para construir refugios de bajo coste dentro de los depósitos de roca sobrante de la explotación.
La clave está en la longitud del tubo y en la profundidad a la que queda enterrado. El material que lo rodea ayuda a amortiguar los cambios de temperatura, de forma que el interior queda menos expuesto a las condiciones de la superficie.
¿Basta entonces con dejar cualquier tubería entre unas piedras? El ensayo apunta a una solución que necesita diseño y comprobación, y los autores piden estudiar qué disposición funciona mejor en cada entorno.
Qué dicen las mediciones
Durante el seguimiento, la media de las temperaturas máximas dentro de los refugios enterrados fue de 33,6 °C. La media de los valores máximos de humedad alcanzó el 62,1 %, unas condiciones que los investigadores consideran similares a las registradas en refugios naturales.
Conviene leer bien estas cifras, porque describen promedios de máximos. No significan que las madrigueras permanecieran siempre a esa temperatura o humedad, ni que 33,6 °C fuera el valor más alto de todo el ensayo.
La importancia de ese ambiente interior tiene un precedente. Un estudio publicado en 2020 observó que las madrigueras naturales ocupadas por estos animales eran más frescas y profundas que otras grietas cercanas desocupadas, lo que ayuda a entender por qué reproducir un simple hueco puede quedarse corto.
Un pequeño marsupial bajo presión
El quol del norte (Dasyurus hallucatus) es un marsupial de pelaje pardo rojizo y manchas blancas. El Gobierno australiano lo clasifica como especie en peligro de extinción y señala que su distribución se ha reducido durante los últimos 50 años.
Sus amenazas se acumulan. Puede morir envenenado al comer sapos de caña, sufre la depredación de gatos asilvestrados y se enfrenta a incendios más frecuentes y severos, además de la degradación del hábitat.
Su vida cotidiana explica el valor de un buen escondite. Según Parks Australia, es un animal nocturno que durante el día se resguarda en troncos huecos, cavidades de árboles y grietas rocosas, y se alimenta principalmente de insectos y pequeños vertebrados.
Lo que muestran las cámaras
Las cámaras y las superficies utilizadas para registrar huellas aportaron señales de actividad en las tuberías enterradas. Los quoles accedían a ellas y volvían a salir, una observación que respalda su posible utilidad como refugios.
Pero esas visitas dejan preguntas abiertas sobre cuánto tiempo permanecen dentro y qué función cumplen las estructuras. Todavía hace falta evaluar su uso para la cría y su contribución a la supervivencia a largo plazo, dos cuestiones decisivas para valorar el beneficio real.
Recuperar también el entorno
La investigación de 2020 aporta una advertencia útil para interpretar estos resultados. Los refugios artificiales que analizó reproducían bastante bien las temperaturas de los naturales ocupados, pero tenían cavidades menos profundas, un entorno más sencillo y menor presencia de pequeños mamíferos que podían servir de alimento.
Otro trabajo, publicado en Movement Ecology en 2024, siguió a quoles con dispositivos GPS en una explotación de Pilbara. Encontró que evitaban los hábitats mineros durante la época reproductora y destacó la importancia de conservar las zonas rocosas naturales y las asociadas a cursos de agua.
La lectura conjunta de estas investigaciones sugiere que una madriguera debe encajar en un entorno donde el animal también pueda alimentarse y desplazarse. La recuperación del terreno requiere atender esas necesidades y gestionar amenazas como los gatos asilvestrados y los incendios.
La prueba que falta
«Se necesitan ensayos replicados», señalan los autores del trabajo sobre las tuberías en su resumen. Es decir, repetir la prueba con un diseño que permita comprobar su eficacia y determinar cómo influyen la colocación, las características del terreno y las condiciones ambientales.
La reutilización de materiales ofrece una posibilidad concreta, pero su valor para la conservación dependerá de los resultados de ese seguimiento. El estudio sobre estas madrigueras se publicó el 20 de abril de 2026 en Pacific Conservation Biology, de CSIRO Publishing.










