Durante décadas, buena parte de la conservación se ha explicado con una pregunta sencilla. ¿Cuántas especies quedan? Un nuevo estudio sostiene que esa fotografía es insuficiente, porque un bosque puede mantener animales sobre el papel y, aun así, haber perdido los ríos, las migraciones o la humedad que lo hacen funcionar.
El trabajo propone medir a la vez las especies, los ecosistemas y los procesos naturales, y aplicar una respuesta distinta según el grado de transformación humana de cada territorio. Su mensaje principal no deja demasiado margen. Antes de restaurar lo dañado, hay que evitar que desaparezca la naturaleza que todavía está intacta, ya que recuperarla puede llevar décadas o incluso siglos.
Contar animales no lo explica todo
El artículo recuerda que el 48 % de las especies de vertebrados e insectos evaluadas en el análisis que cita están en declive, mientras solo un 3 % aumenta. Pero contar individuos o confirmar la presencia de una especie no explica si cumple su función ecológica. Ahí está el cambio de enfoque.
Una población puede parecer estable y vivir en un ecosistema que se está apagando. Si el agua deja de circular, faltan corredores para migrar o se pierden los grandes árboles, la cifra aislada deja de contar la historia completa. Es como mirar el marcador sin ver el partido.
El águila arpía lo explica
Los autores utilizan al águila arpía del Amazonas como ejemplo. Esta gran rapaz caza animales que viven en los árboles, como perezosos y monos, y ayuda a regular sus poblaciones. No basta con saber cuántas quedan, también importa si pueden criar, cazar y mantener ese equilibrio.
El estudio señala que una pérdida del 50 % de su hábitat forestal puede llevar al fracaso reproductivo y que retirar árboles altos reduce su viabilidad aunque la cobertura parezca suficiente. Además, la selva depende de un ciclo del agua que conecta el Atlántico, el Amazonas y los Andes. Si una de esas piezas falla, el daño viaja mucho más lejos que el nido.
Tres territorios, tres respuestas
El Marco de las Tres Condiciones Globales divide la superficie terrestre en tres grandes escenarios. Las ciudades y granjas, muy transformadas, representan alrededor del 18 %. Las tierras compartidas suman cerca del 55 % y las grandes áreas silvestres con muy baja huella humana, aproximadamente el 26 %.
¿Qué significa esto en la práctica? En ciudades y campos toca conservar los últimos espacios irremplazables, recuperar vegetación autóctona y reducir muertes evitables de fauna. Un seto, una ribera bien cuidada o un paso seguro pueden parecer pequeños, pero conectan piezas que antes estaban aisladas.
En los territorios parcialmente transformados, la prioridad pasa por ampliar zonas conservadas, unir hábitats y recuperar flujos de agua más naturales. En las grandes áreas silvestres, el reto es distinto y más directo. Hay que evitar carreteras, extracciones y otras infraestructuras que fragmenten lo que todavía funciona.
Los procesos invisibles
El estudio detecta vacíos importantes en el Marco Mundial de Biodiversidad. La hidrología, el funcionamiento de los grandes biomas y las migraciones reciben menos atención de la necesaria. No suelen salir en una foto, pero sostienen ríos, suelos, lluvias y cadenas alimentarias enteras.
El artículo cita una caída media del 83 % en las poblaciones de vertebrados de agua dulce. También recuerda que el 44 % de las especies seguidas por la Convención sobre las Especies Migratorias está en fuerte declive y que el 97 % de los peces migratorios incluidos afronta riesgo de extinción. El problema es que muchos de esos movimientos cruzan fronteras, mientras las decisiones siguen encerradas en mapas nacionales.
Proteger antes de reparar
La meta de «Naturaleza Positiva» plantea que el estado global de la naturaleza sea mejor en 2030 que en 2020, con la recuperación completa como horizonte para 2050. No exige que cada especie o ecosistema mejore en todos los lugares al mismo tiempo. Sí exige que el balance total deje de empeorar y empiece a remontar.
Restaurar seguirá siendo imprescindible, sobre todo en zonas muy degradadas. Pero plantar árboles no siempre equivale a recuperar un bosque, porque la biomasa puede volver antes que las especies, los suelos y las relaciones ecológicas. Una hilera de troncos no reemplaza décadas de vida compartida.
Johan Rockström, coautor del trabajo, lo resume con claridad. «Los biomas y ecosistemas intactos son irremplazables y no pueden restaurarse rápidamente». Por eso la prevención debe avanzar al mismo tiempo que la restauración, no después.
El obstáculo está en la aplicación
El Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal reúne 23 metas para 2030. Entre ellas figuran restaurar al menos el 30 % de los ecosistemas degradados y conservar el 30 % de las tierras, aguas continentales, zonas costeras y océanos. Sobre el papel, la dirección está marcada.
La dificultad aparece cuando cada país debe convertir esas metas en leyes, presupuestos y controles. También hay preguntas incómodas sobre quién fija las prioridades, quién asume los costes y cómo se protege a las comunidades que viven dentro de los territorios. Sin justicia social, una buena idea puede quedarse en un conflicto mal resuelto.
La Cumbre Global de Naturaleza Positiva celebrada en Kumamoto en julio de 2026 dejó una señal reciente. Reunió a 2.725 participantes, dos tercios vinculados a empresas y finanzas, y su declaración final consiguió 85 firmantes. El interés crece, pero ahora toca pasar de los compromisos a resultados que puedan medirse.
Lo que cambia desde ahora
Los gobiernos tendrán que unir mejor sus planes de biodiversidad, clima, agua y desarrollo. Las empresas, por su parte, deberán medir no solo lo que extraen o contaminan, sino también cuánto dependen de suelos fértiles, polinizadores, bosques, ríos y mares sanos. En el fondo, la economía funciona dentro de la naturaleza, no al margen de ella.
Para el ciudadano, esto termina llegando a lugares muy conocidos. Se nota en el agua disponible, en la comida, en las inundaciones, en el calor y en la estabilidad de los cultivos. Un ecosistema sano no es un decorado, es infraestructura viva.
El nuevo enfoque no promete una solución sencilla, pero sí una brújula más útil. Contar especies seguirá siendo necesario, aunque ya no será suficiente. No es poca cosa.
El trabajo completo detalla las métricas y acciones propuestas para especies, ecosistemas y procesos naturales.
El estudio ha sido publicado en la revista Frontiers in Science.
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