En julio de 2023, cuatro parejas de investigadores recorrieron palmo a palmo 24 parcelas cercadas con alambre de espino en un antiguo pastizal ganadero de Los Tuxtlas, en el sur de Veracruz (México). Midieron y apuntaron cada planta leñosa o palmera de entre 40 centímetros y 2,25 metros que había brotado allí sola desde que se retiraron las vacas en 2006.
Contaron 4847 plantas de 109 taxones. En las parcelas donde se habían plantado árboles cuyas semillas dispersan los animales había, de media, unas 253 plantas por parcela, casi el doble que en las que se dejaron recuperar sin plantar nada, con unas 134.
El trabajo lo firma en primer lugar Luis C. Beltrán, de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá) y la Universidad de Illinois en Chicago, junto a investigadores de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la UNAM, el ITESO y el Instituto de Ecología de Xalapa. Se ha publicado en el número de septiembre de 2026 de la revista Forest Ecology and Management.
Un pastizal con 40 años de vacas
El terreno está unos 3 kilómetros al noroeste de la Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas, dentro de la Reserva de la Biosfera Los Tuxtlas. Hasta los años sesenta era selva húmeda de tierras bajas. Según el estudio, se despejó con fuego para sembrar maíz una sola temporada y después se llenó de pastos para el ganado.
Durante 30 a 40 años se usó para pastoreo intensivo, con 2 o 3 vacas por hectárea y herbicidas para frenar los arbustos que intentaban volver. El borde de selva más cercano a las parcelas queda a 95 metros.
Tres maneras de devolver el bosque
En julio y agosto de 2006, los investigadores que montaron el experimento cercaron 24 parcelas de 30 por 30 metros, separadas entre sí por 35 metros de pasto en el que el ganado seguía comiendo. Los postes eran estacas vivas de un árbol local, Gliricidia sepium, que se podaban para que no dieran fruto.
Ocho parcelas recibieron árboles nativos cuyas semillas mueven los animales, ocho recibieron especies que dependen del viento y ocho se dejaron sin plantar, para ver qué pasaba con la llamada sucesión natural, que es la vuelta espontánea de la vegetación cuando se retira lo que la frenaba. Cada parcela plantada recibió 144 plantones de 12 especies, separados 2 metros.

La idea era comprobar si los árboles que ofrecen fruto a aves, murciélagos y otros animales atraen más semillas del bosque que los que dependen del viento.
Lo que salió en el recuento de 2023
Los árboles plantados no entraron en el censo. Solo se contaron los que habían llegado después, lo que los ecólogos llaman reclutas, es decir, plantas nuevas que nacen de semillas y consiguen quedarse.
De los 109 taxones, 80 se identificaron hasta especie, cinco hasta género y cuatro hasta familia, y 20 quedaron sin identificar. Las parcelas plantadas con especies del viento tenían unas 219 plantas de media, entre las de animales y las que se dejaron solas.
En número de especies por parcela el orden fue el mismo: 33,5 en las de animales, 29,1 en las de viento y 20 en las de sucesión natural. «La plantación de árboles aumenta la magnitud del reclutamiento respecto a la sucesión natural», escriben los autores.
Las plantas más comunes en casi todas las parcelas fueron arbustos y árboles como Piper hispidum, Hampea nutricia o Bursera simaruba, el palo mulato que también se usa como cerca viva en la zona.
Un árbol del viento que se multiplicó solo
Al cabo de 17 años, los árboles plantados ya dan semillas, y eso complicaba la lectura. Un ejemplo es Vochysia guatemalensis, una de las especies del viento, cuyas crías eran el 23,8 % de todas las plantas nuevas en sus parcelas.
Por eso el equipo repitió las cuentas quitando los descendientes de las especies plantadas en cada parcela. Con ese filtro, las parcelas de animales se quedaron en unas 241 plantas nuevas de media y las del viento bajaron a 164.
La aparente ventaja de las parcelas del viento, con más plantas no pioneras por cada pionera, «fue un artefacto causado por completo por el reclutamiento prolífico de una sola especie plantada, Vochysia guatemalensis», escriben los investigadores.
Los autores creen que los árboles de fruto carnoso, al crecer, funcionan como «imanes biológicos» que atraen a más animales del bosque, y que esos animales traen semillas de otras especies. Ya hace años que otros proyectos, como el de una familia brasileña que convirtió pastizales para ganado en Bosque Atlántico, apuestan por recuperar a la vez los árboles y la fauna.

Plantas raras que solo aparecen donde se plantó
El censo encontró 21 taxones exclusivos en las parcelas de animales, 20 en las del viento y solo 10 en las que se dejaron solas. En el conjunto del sotobosque, la mayoría de los 109 taxones apareció con un solo ejemplar.
Según el estudio, las plantaciones «proporcionan un hábitat de mayor calidad que la sucesión natural, facilitando la llegada y la permanencia de especies raras del bosque que de otro modo quedarían excluidas».
En las parcelas sin plantar había otro problema. Un helecho invasor, Nephrolepis brownii, cubre el suelo y compite con las plantitas que llegan, y es más abundante donde no se plantó. A los 10 años, la cubierta de copas superaba el 80 % en las plantaciones y se quedaba en el 30 % en la sucesión natural, según trabajos anteriores del mismo experimento.
Es la misma idea que hay detrás de casos como el de los agricultores de Níger que dejaron rebrotar los árboles escondidos bajo el suelo, aunque allí el impulso vino de las raíces que ya había y aquí de la plantación.
Lo que el estudio todavía no demuestra
Las diferencias no fueron igual de sólidas en todas las comparaciones. Entre las parcelas de animales y las del viento, la diferencia en número de plantas no tuvo respaldo estadístico al contar todas las plantas, y solo uno débil al quitar los descendientes de lo plantado.
La composición del sotobosque, es decir, qué especies crecen bajo las copas, se parecía mucho en los tres tratamientos. Sin contar a los descendientes de lo plantado, la estrategia de restauración solo explicaba el 3,7 % de las diferencias de composición entre parcelas.
Los autores lo atribuyen a que las parcelas están muy cerca unas de otras y los animales llevan semillas de una a otra. La recuperación natural, concluyen, «es un proceso a escala de paisaje».
Tampoco hay todavía un bosque maduro. En las dos parcelas de selva conservada que se usaron como referencia, el 41,7 % de las plantas del sotobosque era una palmera, Astrocaryum mexicanum. «Aunque las áreas restauradas avanzan hacia condiciones de bosque maduro, todavía no han convergido con el bosque de referencia», admiten los investigadores.
Dos hectáreas sin vacas en una finca ganadera
Las 24 parcelas suman algo más de dos hectáreas dentro de un terreno que sigue siendo ganadero.
Otros proyectos de largo plazo, como la finca de Queensland donde se han plantado más de 119.000 árboles para los murciélagos o la ladera sudafricana recuperada con arbustos desde 1976, también se miden en décadas. Los datos y el código del censo de Los Tuxtlas están publicados en abierto.
El estudio completo se ha publicado en Forest Ecology and Management.
Los autores señalan que hará falta seguir midiendo las parcelas hasta que estas plantas jóvenes lleguen a la copa para saber con seguridad si los tres tratamientos acaban formando el mismo bosque.
Foto: Cristina Martínez Garza












