Si nos detenemos en los municipios de un país como Brasil, más del 80% de los mismos cuenta con una vulnerabilidad media, alta o muy alta en el caso de que se den desastres climáticos como pueden ser inundaciones o peligrosos deslizamientos de tierra.
Sin duda, un dato que da la pista sobre un escenario que afecta a unas 4.500 localidades (si tenemos en cuenta que en el país carioca hay unas 5.500) y que pone en un primer plano el desafío climático brasileño no solo en lo referente a fenómenos extremos, sino también haciendo referencia a la capacidad que tenga cada uno de estos municipios a la hora de prevenirlos, resistirlos y recuperarse una vez pasados.
Brasil ante un mapa de riesgo climático
El trabajo de campo, hecho desde el Observatorio del Clima a partir de los datos del sistema AdaptaBrasil del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, trae consigo por primera vez una clave importante en el terreno y es que un mismo fenómeno puede tener consecuencias muy distintas en función de las condiciones económicas y sociales que tenga esa localidad que ha sido afectada.
La vulnerabilidad también tiene una dimensión social y económica
Y es que la vulnerabilidad de una localidad en este sentido no solo guarda relación con la cantidad de lluvia, cuánto suba el caudal que lleve un río o cómo es el porcentaje de inclinación de una ladera o montaña. En este escenario no podemos olvidarnos de otros elementos que entran en juego y tienen un riesgo como es la renta de esas poblaciones, cómo están hechas las viviendas y si los materiales son de calidad, el sistema de saneamiento, la red de transporte e infraestructuras, así como el acceso a los servicios públicos de los habitantes de esos municipios.
En definitiva, hablamos de parámetros y factores que determinan no solo la capacidad de esos municipios a la hora de anticiparse a una emergencia climática, sino las posibilidades que haya cuando toque evacuar, resistir sus efectos y reconstruir después.
Y es que la vulnerabilidad de una localidad en este sentido no solo guarda relación con la cantidad de lluvia, cuánto suba el caudal que lleve un río o cómo es el porcentaje de inclinación de una ladera o montaña.
Cuando se producen crecidas del nivel de agua, inundaciones y desbordamientos de ríos, más de 3.700 municipios tienen un riesgo que podría calificarse como medio, alto o muy alto. De estos, el 27 %, se encuentran en las categorías de riesgo alto o muy alto. En el caso de los deslizamientos de tierras, el escenario es preocupante: más de la mitad de los municipios analizados llegan a un nivel medio de riesgo, mientras que algo menos de uno de cada cuatro presenta una vulnerabilidad alta o muy alta.
La distribución territorial no es homogénea en este sentido: mientras las inundaciones se ceban especialmente con la zona de la Amazonía, las grandes cuencas hidrográficas y las áreas que son urbanas, los deslizamientos se observan (en el caso de estas localidades brasileñas) con comarcas que se ubican en la sierra en el sur y sureste, así como algunos puntos en el litoral nordeste.
Las grandes ciudades no salen mejor paradas
¿Qué pasa con las grandes ciudades? Nombres como Salvador, en Bahía, están a la cabeza de las capitales con más combinación de riesgos, y tras ella otras urbes conocidas como Belém, Manaos y Macapá.
Precisamente, este detalle tiene especial importante ya que el nordeste es también una de las regiones con mayores desigualdades socioeconómicas de todo Brasil. En estas zonas, las poblaciones con menos recursos son las que suelen vivir en áreas más expuestas y a esto se suma el que no tengan tanto medios (o ninguno) para protegerse (o a sus viviendas) si acontece una catástrofe o emergencia climática.
Con todo ello, el mapa climático se traslada de esta forma en un mapa de la desigualdad que actualmente tiene Brasil. Y esa lectura es la que debe guiar y modificar el orden de prioridades de la política pública. “Si ocho de cada diez municipios presentan una vulnerabilidad significativa, la respuesta no puede limitarse a actuar después de que llegue una inundación o se produzca un deslizamiento”, insisten los autores de este análisis.
El reto se encuentra entonces en dar refuerzo al drenaje urbano que se encuentra sumido en un caos y un desastre, así como hacer lo mismo con las viviendas para que sean más seguras y en condiciones, la ordenación del territorio, lograr que las infraestructuras sean más resilientes y que el saneamiento mejore. Eso sin olvidarnos de los sistemas de alerta y protección civil que tienen margen de mejora en estos espacios. Por tanto, la adaptación es la piedra angular para el presente y futuro de estas ciudades.
¿Qué pasa con las grandes ciudades? Nombres como Salvador, en Bahía, están a la cabeza de las capitales con más combinación de riesgos, y tras ella otras urbes conocidas como Belém, Manaos y Macapá.
Por último, se exige en este análisis una precisión milimétrica cuando se habla de riesgo, de vulnerabilidad y de desastre ya que no son conceptos iguales. Cuando una localidad tiene un riesgo elevado no quiere decir que necesariamente esté al borde de una catástrofe inmediata, sino que tiene ante sí algunas condiciones debido a la amenaza, la exposición y la capacidad adaptativa de dicho municipio.
La advertencia se centra en mirar en los años y décadas venideras. Las proyecciones de AdaptaBrasil hablan de una subida de los riesgos en un futuro no muy lejano; incluso bajo escenarios climáticos que no sean tan graves. Brasil tiene por delante un desafío que es doble: rebajar las emisiones responsables del calentamiento global por un lado y, por otro, adaptar un territorio en el que buena parte de sus municipios ya parten de una posición vulnerable.



