Científicos de Scripps han visto que la cerámica antigua guarda una huella magnética que solo se borra por encima de 112 °C, y la prueba separó 19 objetos antiguos de 26 modernos

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Por HoyECO
Publicado el 9 de octubre de 2026 a las 22:01
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Una investigadora introduce muestras en un desmagnetizador térmico de laboratorio cerámica antigua

En tiendas de recuerdos de la Ciudad Vieja de Jerusalén, un equipo de geofísicos compró cuatro vasijas de barro fabricadas para turistas. Esas piezas acabaron en el Laboratorio de Paleomagnetismo del Instituto Scripps de Oceanografía, en San Diego, junto a fragmentos de tinajas del antiguo reino de Judá, dentro de un experimento pensado para comprobar si la cerámica antigua se puede distinguir de la moderna por su magnetismo.

El resultado se publicó el 3 de septiembre de 2026 en la revista PNAS. Las 19 piezas antiguas conservaban una señal magnética que solo desaparecía al calentarlas por encima de 112 °C, y en las 26 modernas esa señal se borraba a temperaturas más bajas.

El trabajo lo dirige Yoav Vaknin, investigador posdoctoral de Scripps, que forma parte de la Universidad de California en San Diego. Lo firman también Brendan Cych, hoy en la Universidad de Liverpool, y los geocientíficos Jeffrey S. Gee y Lisa Tauxe.

Los museos guardan piezas de barro de autenticidad dudosa

Museos, universidades e instituciones arqueológicas conservan colecciones de objetos de barro cuya procedencia es incierta. «Debido a su autenticidad discutida, estos objetos se excluyen con frecuencia de las exposiciones y de la interpretación académica», escriben los autores.

Es una pérdida para la investigación, porque la cerámica del Levante antiguo revela rutas y contactos entre pueblos, como mostró el cargamento cananeo de un barco mercante de hace 3300 años.

La termoluminiscencia, la técnica más usada para fechar barro cocido, mide la radiación que acumulan los minerales desde la última cocción, y se puede engañar irradiando una pieza moderna. La petrografía, que identifica el tipo de arcilla, falla cuando la copia se hace con las mismas arcillas locales de la Antigüedad.

El estudio recuerda el caso del osario de Santiago, la caja funeraria atribuida al hermano de Jesús. Tras un juicio de siete años, los principales acusados fueron absueltos en 2012 de los principales cargos de falsificación porque, según los autores, «el tribunal dictaminó que la falsificación no se había probado más allá de toda duda razonable».

Según la nota de Scripps, las falsificaciones son un problema en Israel, China, México y casi cualquier región con yacimientos, «sobre todo en lugares donde abunda la traición», en palabras de Tauxe.

La arcilla guarda dos huellas magnéticas

La arcilla contiene minerales ferromagnéticos, partículas que se comportan como diminutos imanes. «En el nivel atómico, uno puede imaginar la señal magnética de estos minerales como la diminuta aguja de una brújula», explicó Vaknin a Artnet News en 2022, cuando era doctorando en la Universidad de Tel Aviv.

Al cocerse y enfriarse en el horno, esas partículas quedan alineadas con el campo magnético terrestre del momento. Esa señal fuerte y estable se llama magnetización remanente térmica (TRM) y queda fijada en los granos más grandes.

Ese registro ya ha servido para reconstruir la historia del propio campo, como en las asas de ánforas de Rodas que revelaron una caída de su intensidad hace 2200 años, un campo que nace del hierro líquido del núcleo, donde se ha detectado una gran corriente que ha invertido su dirección bajo el Pacífico.

Después, la pieza queda enterrada o guardada en otra posición, y algunas partículas pequeñas van registrando el campo en esa nueva orientación. Es la magnetización remanente viscosa (VRM), una señal débil que, según el estudio, la mayoría de los experimentos de paleomagnetismo tratan como ruido y borran para quedarse con la principal.

La dirección del magnetismo no basta para fechar una vasija. «Sostén una muestra en la mano de una forma y su señal apunta al norte; dale la vuelta y apunta al sur o en cualquier otra dirección», explica Scripps.

Cuarenta y cinco piezas pasaron por el horno

El equipo reunió 45 muestras de edad conocida. Las antiguas eran 15 tinajas reales de almacenamiento de Judá y cuatro fragmentos cerámicos, todos sacados de excavaciones.

Las modernas incluían seis vasijas cocidas en dos hornos tradicionales, 16 impresiones de sello de arcilla preparadas para el estudio y las cuatro vasijas de recuerdo de Jerusalén. El sello de esas impresiones «falsas» lo fabricó Rachel Pelta.

Un fragmento de cada muestra se calentó por etapas, de 50 °C a 200 °C en saltos de 10 °C, y se mantuvo 30 minutos a cada temperatura antes de medir con un magnetómetro criogénico cuánto magnetismo le quedaba.

«La resolución que necesitamos no es muy alta; solo queremos saber si un objeto es antiguo o moderno», explicó Vaknin al diario israelí Haaretz.

El umbral de 112 grados separa lo antiguo de lo moderno

Los ensayos se compararon con simulaciones de modelado micromagnético, que calculan cómo cambian con el tiempo las partículas magnéticas de una pieza. El equipo «envejeció» muestras virtuales durante 0,5, 10, 100, 1000 y 2500 años en un campo de 44 microteslas, el valor actual en el Levante.

En la simulación de un objeto de mil años, la señal viscosa desaparecía a 112 °C, y esa cifra quedó como umbral. En el laboratorio, las 26 muestras modernas dieron temperaturas por debajo y las 19 antiguas, por encima.

Como la relación entre la temperatura de borrado y el tiempo es exponencial, apenas hay diferencia entre un objeto de mil años y otro de 2500, explican los autores.

Tres piezas incautadas resultaron compatibles con objetos antiguos

El método se aplicó después a tres objetos de autenticidad dudosa cedidos por la Unidad de Prevención del Robo de Antigüedades de la Autoridad de Antigüedades de Israel, que los había confiscado por comercio ilegal.

Los tres dieron resultados compatibles con piezas auténticas. Una pequeña jarra con la base ennegrecida parece haberse calentado de nuevo hasta unos 350 °C después de fabricarse, algo que según los autores pudo ocurrir en la Antigüedad durante un incendio.

Saber que una pieza es antigua deja sin resolver dónde se desenterró y cuándo se fabricó exactamente, como recuerda Haaretz, aunque permite devolver a la investigación objetos que quedaban apartados.

Científicos y falsificadores corren una carrera desigual

«Espero que nuestro nuevo método sea útil para los conservadores de museos que quieren exponer solo piezas auténticas, para los arqueólogos e historiadores que estudian las sociedades que las crearon y para las autoridades policiales que intentan acabar con el comercio ilícito de antigüedades, que implica el saqueo de yacimientos y la falsificación», afirma Vaknin.

Publicar un método también lo pone al alcance de quienes intentan burlarlo. «Hay un problema en el campo de la autenticación: de un lado están los científicos que publican sus hallazgos y del otro los falsificadores, que hacen su trabajo en secreto», dijo Vaknin a Haaretz. «Así que nos resulta difícil ir por delante de ellos, ya que pueden leer nuestros artículos y averiguar formas de engañar a nuestros métodos».

La nueva prueba detectaría una pieza moderna irradiada para superar la termoluminiscencia, o un objeto hecho con polvo de cerámica auténtica y aglutinantes modernos, que carecería de una TRM significativa. Sumar métodos podría volver la falsificación, escriben los autores, «más complicada y, con suerte, lo bastante poco rentable como para disuadir a posibles falsificadores».

La prueba tiene límites que los autores reconocen

El criterio sirve para objetos que, por su tipología, deberían tener más de mil años. Con piezas auténticas más recientes, o con falsificaciones fabricadas hace décadas o siglos, el método tiene límites y quizá requiera otro umbral.

Tampoco da una respuesta clara cuando los dos cálculos que usa el equipo se contradicen o el resultado queda muy cerca de 112 °C, algo que puede pasar si una pieza antigua pasó siglos en una posición parecida a la que tenía en el horno.

«El método propuesto no pretende sustituir a otros métodos de autenticación. Al contrario, puede y debe combinarse con ellos», escriben los autores, que han dejado sus datos en la base pública MagIC.

El estudio completo se ha publicado en PNAS.

El equipo quiere aplicar ahora la técnica a objetos de autenticidad discutida en museos de todo el mundo, y Scripps señala que también podría servir como prueba en juicios por falsificación.

Imagen: Scripps Institution of Oceanography at UC San Diego

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