El último lago epishelf de Canadá, una capa de agua dulce que flotaba sobre el mar en el fiordo Milne, ya no existe. Se vació en pocos meses tras la rotura de la plataforma de hielo Milne, al norte de la isla de Ellesmere (Nunavut), en julio de 2020.
Un estudio publicado el 27 de agosto de 2026 en Scientific Reports reconstruye ese vaciado. Lo firman diez autores, con Jérémie Bonneau, de la Universidad Laval, como primer autor. Según la nota de prensa de la Universidad de Columbia Británica (UBC), el lago no se recuperará.
Agua dulce sobre agua marina
Un lago epishelf aparece cuando una plataforma de hielo cierra un fiordo como una presa. Esa plataforma es una masa de hielo flotante unida a la costa. El agua del deshielo queda retenida detrás y forma una capa dulce permanente sobre el agua de mar.
En Milne, los microorganismos de agua dulce vivían cerca de la superficie y las especies marinas, más abajo. Andrew Hamilton, investigador de la Universidad de Alberta, destaca en la nota que una frontera muy fina separaba los dos mundos.
Según el resumen del estudio, estos lagos fueron comunes en el Ártico y existían desde hacía miles de años. Varios vaciados los borraron de la región hasta dejar solo el de Milne en el Ártico canadiense.
La rotura de julio de 2020
En julio de 2020 la plataforma Milne se fracturó y perdió el 45 % de su superficie. Con ella cayó la barrera que sujetaba el agua dulce. La capa empezó a escapar enseguida y en otoño ya se había ido casi entera.
Bonneau, profesor de ingeniería civil e hidráulica en la Universidad Laval, recuerda que el hielo y el lago llevaban décadas adelgazando. La rotura fue el golpe final. «El lago se vació en cuestión de meses», resume.
El artículo analiza los factores del océano, la atmósfera y el propio hielo que pudieron provocar el desprendimiento. Su anexo incluye los vientos de julio de 2020 a 15 kilómetros de la plataforma y el grosor del hielo medido con radar.
Sensores que nadie pudo recoger
La covid obligó a cancelar la campaña de campo de 2020, justo el verano de la rotura. Los instrumentos anclados en el fiordo siguieron midiendo. El equipo no pudo recuperar esos datos hasta dos años después.
Esos sensores son tubos del tamaño de un termo que miden temperatura, profundidad y conductividad. Con la conductividad se calcula cuánta sal lleva el agua. Van en un fondeo, una línea de aparatos anclada al fondo y sostenida por boyas.

De acuerdo con el anexo del estudio, el primer fondeo del lago se colocó en mayo de 2011. El que pasó allí de 2019 a 2022 llevaba sensores entre 3,2 y 80 metros de profundidad.
Bernard Laval, profesor de ingeniería civil de la UBC, lo cuenta en un reportaje de campo de la universidad. El equipo vio la fractura en imágenes de satélite y recibió los datos dos años más tarde. Llegar al fiordo cuesta casi una semana, y el mal tiempo retrasó una vez a Bonneau 12 días.
Agua salobre desde julio de 2022
Las primeras mediciones tras la rotura se tomaron en julio de 2022. Para entonces el agua salobre, una mezcla de dulce y salada, ocupaba todo el lugar de la capa dulce. Los controles anuales posteriores no han visto ninguna recuperación.

El agua de deshielo sigue llegando al fiordo, pero ahora sale directa al océano. Lo que queda de la plataforma ya no puede frenarla. Para recuperar el lago haría falta otra plataforma, algo imposible con la trayectoria climática actual, según los autores.
Laval, que dirige el grupo de mecánica de fluidos ambientales de la UBC, dice que estos lagos avisan cuando una plataforma está en apuros. «Una vez que el hielo desaparece, el ecosistema se va con él», afirma.
Tuvaijuittuq, el refugio que falló
Milne está dentro de la Última Zona de Hielo. Es la región donde el hielo marino que dura todo el año debería resistir más que en ningún otro lugar del hemisferio norte.
El fiordo forma parte además del área marina protegida de Tuvaijuittuq, que en inuktitut significa el lugar donde el hielo nunca se derrite. Pesca y Océanos Canadá la declaró área protegida en 2019 y aprobó una segunda orden de protección el 24 de julio de 2024. Cubre unos 319.411 kilómetros cuadrados.
Para el equipo, el caso demuestra que incluso este refugio de las especies del hielo cambia deprisa. Es una pieza pequeña del mismo deshielo que ha hecho perder a Groenlandia y la Antártida 11,3 billones de toneladas de hielo desde 1979.
Derek Mueller, de la Universidad Carleton, puso en marcha el seguimiento del fiordo hace casi dos décadas. «Hay lugares mucho más fáciles para investigar, pero entender el cambio en el Alto Ártico exige volver año tras año», explica. En el equipo están también Silas Pijamini y Joseph Shoapik, de Ausuittuq (Grise Fiord).
Ningún recuento de especies perdidas
Ni el resumen ni la nota detallan qué especies de agua dulce vivían en el lago. Tampoco dicen cuánto pesó cada factor en la rotura. El texto es una publicación anticipada y la revista avisa de que aún puede cambiar.
Bonneau sí deja clara una cosa: estos lagos tardaron miles de años en formarse y se perdieron en meses. «En cualquier escala de tiempo humana, no van a volver», advierte. Otros equipos siguen el hielo con métodos parecidos, como los que perforaron 552 metros en un glaciar antártico, o los que miden el carbono de los deltas del Ártico.
El estudio completo se ha publicado en Scientific Reports.
Foto: Cameron Fitzpatrick / UBC











