Ciencia

Los deltas del Ártico albergan una bomba de relojería climática en proceso de deshielo y los científicos avisan: «Un elemento particularmente crítico»

Los deltas del Ártico esconden una enorme reserva de carbono cuyo deshielo podría alterar el equilibrio del clima global.

Los deltas del Ártico albergan una bomba de relojería climática en proceso de deshielo y los científicos avisan: «Un elemento particularmente crítico»

Los deltas de los ríos árticos parecen paisajes vacíos y quietos, pero bajo esa superficie hay un depósito climático enorme. Un equipo internacional ha calculado que estas desembocaduras guardan 57,5 gigatoneladas de carbono y 3,8 gigatoneladas de nitrógeno en casi 100.000 kilómetros cuadrados.

La conclusión importa, aunque conviene no convertirla en una cuenta atrás simplista. El estudio no dice que todo ese carbono vaya a escapar de golpe, pero sí que el calentamiento está debilitando el suelo que lo mantiene almacenado y puede facilitar su regreso al ciclo natural del carbono.

Un almacén muy concentrado

La primera precisión es importante. Las 57,5 gigatoneladas incluyen depósitos congelados y no congelados, por lo que no todo el inventario está atrapado actualmente en el permafrost.

Los investigadores estiman que 39,1 gigatoneladas de carbono, cerca del 68 por ciento del total, permanecen en depósitos congelados de forma permanente. Esa parte equivale aproximadamente al cinco por ciento del carbono del permafrost de toda la región panártica, pese a ocupar alrededor del 0,6 por ciento de su extensión terrestre.

Si se suman todos los depósitos de los deltas, la concentración resulta aún más llamativa. Estos paisajes reúnen cerca del dos por ciento del carbono almacenado en los suelos del planeta dentro de apenas el 0,08 por ciento de la superficie terrestre mundial. Mucho carbono en muy poco espacio.

Cómo hicieron la cuenta

El trabajo reunió 1.640 muestras obtenidas de 156 testigos de suelo y afloramientos en 17 deltas de Alaska, Canadá, Rusia y Groenlandia. Entre ellos aparecen grandes sistemas como los del Lena y el Mackenzie, pero también desembocaduras más pequeñas que hasta ahora apenas entraban en las evaluaciones.

«Hasta ahora, el número de estudios sobre los deltas árticos era muy limitado», explica Matthias Fuchs, autor principal de la investigación. El nuevo conjunto de datos casi triplica el número de testigos analizados frente a las evaluaciones anteriores.

El equipo también creó una capa geográfica con 211 deltas y utilizó 10.000 simulaciones para estimar el volumen de sedimentos y sus reservas. Por eso la cifra central no es una medición exacta al último gramo, sino una estimación con un margen razonable de entre 49,3 y 66,7 gigatoneladas de carbono.

El congelador empieza a fallar

El permafrost funciona como un congelador natural. Durante miles de años, el frío ha frenado la descomposición de restos de plantas y otra materia orgánica acumulada en los sedimentos.

Cuando el suelo se descongela, los microorganismos encuentran alimento que antes estaba fuera de su alcance. Al degradarlo pueden liberar dióxido de carbono y metano, dos gases que retienen calor en la atmósfera. Y ahí aparece el riesgo de retroalimentación.

Más calentamiento favorece más deshielo, pero el resultado no es automático ni uniforme. Parte del material puede erosionarse y ser transportado, mientras una mayor llegada de sedimentos podría enterrar nuevo carbono. El propio estudio admite que todavía no se sabe si estos deltas seguirán funcionando como almacenes o acabarán siendo fuentes netas.

Presión por tierra y mar

Los deltas árticos están justo en la frontera entre los continentes y el océano. Eso los deja expuestos al deshielo del permafrost, al aumento de la temperatura de los ríos, a temporadas sin hielo más largas y a cambios en el caudal y el transporte de sedimentos.

Desde el mar llegan otros golpes. La retirada del hielo marino permite que más oleaje alcance la costa, mientras el aumento del nivel del mar, la erosión y el hundimiento del terreno pueden inundar o desgastar depósitos que se mantuvieron estables durante milenios. En los deltas, todo se cruza.

Hay además una incógnita que preocupa especialmente. «El permafrost salino representa una de las mayores incógnitas de la ciencia climática del Ártico», advierte Benjamin Jones, coautor del estudio. Al contener sales, ciertos suelos pueden empezar a descongelarse por debajo de cero grados y responder al calentamiento antes de lo esperado.

El nitrógeno también importa

El inventario no se limita al carbono. Los investigadores calculan que los deltas almacenan 3,8 gigatoneladas de nitrógeno, de las cuales unas 2,6 gigatoneladas, alrededor del 70 por ciento, se encuentran en depósitos permanentemente congelados.

El nitrógeno es un nutriente básico para plantas y microorganismos. Si el deshielo y la erosión lo movilizan, puede modificar la actividad biológica del suelo, el transporte de nutrientes por los ríos y el funcionamiento de las aguas costeras del océano Ártico.

Aquí también quedan lagunas. La mayor parte de las muestras procede de las capas superiores y solo 91 mediciones de nitrógeno corresponden a profundidades superiores a dos metros, por lo que los propios autores piden interpretar esa estimación con cautela. Hace falta perforar más y mejor.

Una comparación que necesita contexto

El Instituto Alfred Wegener compara las 57,5 gigatoneladas almacenadas en los deltas con las aproximadamente 4,5 gigatoneladas de carbono que se añaden cada año a la atmósfera por actividades humanas. El depósito es más de doce veces mayor. No es poca cosa.

¿Significa eso que los deltas pueden emitir de repente el equivalente a doce años? No. El dato de 4,5 gigatoneladas se refiere al aumento anual que permanece en la atmósfera, no a todas las emisiones humanas, y la investigación tampoco calcula qué proporción del depósito acabará liberándose ni en cuánto tiempo.

La comparación sirve para entender la escala, no para anunciar una fecha de explosión. Los autores señalan además que estos almacenes profundos todavía no están bien representados en los modelos del sistema terrestre, lo que dificulta calcular su influencia futura sobre el clima.

Lo que viene ahora

La prioridad es observar cómo cambian los deltas grandes y pequeños, medir mejor sus capas profundas y seguir el destino del material que pasa del suelo a los ríos y al mar. También será necesario distinguir qué zonas continúan capturando carbono y cuáles empiezan a perderlo.

El hallazgo no confirma una liberación inmediata ni inevitable de todo el depósito. Sí cierra una laguna importante y coloca a los deltas árticos en el mapa de los puntos que pueden alterar el ciclo global del carbono. 

El estudio científico ha sido publicado en Nature Communications.

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