Lo que los científicos descubrieron tras la erupción del Monte St. Helens: tiraron topos dentro de un volcán que aceleraron la recuperación del ecosistema

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Por HoyECO
Publicado el 29 de marzo de 2026 a las 09:44
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Erupción del Monte St. Helens en 1980 con gran nube de ceniza tras el desastre natural en Estados Unidos.

Cuando el Monte St. Helens (EEUU) estalló en mayo de 1980, no solo arrasó árboles y fauna en superficie. El propio estudio recuerda que la explosión destruyó más de 350 km² de bosques y hábitats de montaña. También dejó el suelo, que es donde empieza casi todo, prácticamente “vacío” en algunas zonas.

Un estudio publicado en 2024 y una nota divulgativa de la Universidad de California explican que una intervención rarísima, soltar durante 24 horas a un pequeño roedor excavador, marcó la recuperación del ecosistema durante décadas. ¿Qué significa esto en la práctica cuando vemos una ladera calcinada o un terreno cubierto de ceniza? Que no basta con mirar lo que crece, porque los hongos y microbios del suelo pueden acelerar, o frenar, la vuelta de la naturaleza.

Un experimento que parecía una locura

A principios de los años 80, la llanura de pómez del Monte St. Helens era un paisaje de piedra volcánica y polvo. El estudio describe capas de material estéril muy profundas y, al inicio, sin carbono ni nitrógeno medible, dos piezas básicas para que el suelo “arranque”.

En ese escenario, los científicos probaron algo poco habitual. Encerraron durante un día a un «pocket gopher» (un roedor excavador) en una parcela de 1 metro cuadrado alrededor de una planta pionera, el lupino (Lupinus lepidus). La especie citada es Thomomys talpoides, un animal que vive bajo tierra y remueve el terreno sin parar. 

Michael Allen, microbiólogo de la Universidad de California en Riverside, lo resumió así. «A menudo se consideran plagas, pero pensábamos que sacarían suelo viejo, lo subirían a la superficie y ahí podría empezar la recuperación». Un gesto pequeño, una apuesta enorme.

La vida que no se ve

¿Por qué un animal así puede importar tanto? Porque al excavar mezcla capas y puede arrastrar consigo bacterias y hongos que quedaron “guardados” en suelos antiguos menos castigados. Es como abrir una despensa que estaba cerrada.

Aquí entra un concepto clave. Los hongos micorrícicos son socios de las plantas, se pegan a sus raíces y funcionan como una red que les ayuda a encontrar agua y nutrientes. Para entender qué quedaba en el suelo décadas después, el equipo comparó comunidades microbianas con técnicas moleculares.

Allen lo explica de forma directa. «Salvo unas pocas malas hierbas, la mayoría de las raíces no son lo bastante eficientes para conseguir por sí solas todo lo que necesitan». Por eso, en un terreno pobre, esa red subterránea puede decidir quién sobrevive. 

Los números que cambiaron el guion

Los resultados citados desde aquella prueba siguen llamando la atención. Según la Universidad de California, antes del experimento apenas se habían visto una docena de plantas en esas placas de pómez. Seis años después, en las parcelas donde estuvieron los gophers había unas 40.000 plantas, mientras que alrededor seguía casi todo vacío.

El artículo científico añade otro dato importante. En esa llanura de pómez, el material inicial se describe sin carbono ni nitrógeno medible, y con el tiempo se detecta un aumento claro de ambos. En un lenguaje menos técnico, el suelo empezó a “fabricarse” poco a poco.

Y esto tiene una lectura muy actual. Si el suelo gana nutrientes y vida microscópica, las plantas se establecen mejor, dejan materia orgánica y facilitan que lleguen otras especies. La recuperación deja de ser un milagro y pasa a ser un proceso.

El bosque viejo resistió mejor que el talado

El mismo trabajo compara dos paisajes del volcán. En una zona de bosque maduro, la ceniza cubrió pinos, abetos y douglasias, y muchas acículas se soltaron por el sobrecalentamiento. Los investigadores temían un colapso, pero no ocurrió.

Emma Aronson, coautora del estudio y microbióloga ambiental, apunta al papel de los hongos del suelo. «Estos árboles tienen sus propios hongos micorrícicos, que recogieron nutrientes de las acículas caídas y ayudaron a un rebrote rápido». En algunas partes, añade, «los árboles volvieron casi de inmediato, no murió todo como se pensaba».

En cambio, en una zona que había sido talada antes de la erupción, la historia fue otra. Sin árboles, no había acículas que alimentaran a esos hongos, y la recuperación se quedó muy atrás, como resume Aronson. «Aún no crece casi nada en el área talada, fue impactante ver la diferencia».

Qué lecciones deja para la restauración ecológica

Este caso no significa que haya que ir soltando animales a lo loco. Fue una prueba concreta, con una especie local y en un entorno muy específico. Pero sí deja una idea útil para la restauración tras desastres.

La primera lección es que el suelo no es un simple soporte, es un ecosistema. Si se queda sin microbios, sin hongos y sin materia orgánica, la recuperación suele ser más lenta. La segunda es que la gestión humana importa, porque un bosque maduro conserva redes subterráneas que un terreno talado pierde en buena parte.

Mia Maltz, autora principal y micóloga de la Universidad de Connecticut, lo resume con una frase que conviene recordar. «No podemos ignorar la interdependencia de todo en la naturaleza, sobre todo de lo que no vemos, como microbios y hongos».

El estudio científico ha sido publicado en Frontiers in Microbiomes.

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