Dieciocho loros domésticos participaron en 2023 en un estudio en el que podían pedir videollamadas a otras aves tocando una campana y señalando su foto. Los 15 que completaron el estudio hicieron 147 llamadas en dos meses. El trabajo lo firmaron investigadoras de la Universidad de Glasgow, la Universidad Northeastern y el MIT.
Durante las llamadas hubo cantos, juegos y acicalamiento frente a la pantalla, según el artículo presentado en el congreso CHI de Hamburgo. Los resultados apuntan a una forma de enriquecer la vida de algunas aves en cautividad. Lo que no demuestran es que las pantallas curen la soledad ni que sustituyan a otro loro en la misma habitación.
Una campana y una foto
Rébecca Kleinberger, Jennifer Cunha, Megha Vemuri e Ilyena Hirskyj-Douglas partían de un problema conocido. En libertad, muchas especies de loro viven en bandadas grandes. En casa suelen estar solas, y el aislamiento puede acabar en conductas como arrancarse las plumas, según la nota de la Universidad de Glasgow.
Durante dos semanas, cada cuidador enseñó a su ave una secuencia de dos pasos. Primero tocaba una campana. Luego elegía en la pantalla la imagen del compañero al que quería llamar, casi siempre en una tableta o un móvil, con Facebook Messenger.
Ese segundo gesto separaba una petición real de las ganas de jugar con la campana. Los premios de comida solo se usaron para aprender la secuencia. En la fase de llamadas libres no hubo ninguna recompensa.

147 llamadas de 234 posibles
Tres de los 18 loros dejaron el estudio tras la primera fase, por falta de interés y señales de estrés. Los otros 15 tuvieron ocho sesiones de tres horas con la campana a su alcance. Cada uno podía hacer dos llamadas por sesión, de cinco minutos como mucho.
De las 234 llamadas que permitía ese reparto, las aves hicieron 147. Todas pidieron al menos una. La que menos llamó lo hizo tres veces, y las dos que más llegaron a 16, el tope del protocolo.
Las autoras vieron además que quien más llamaba era también quien más llamadas recibía. La Universidad Northeastern lo comparó con la reciprocidad de la vida social humana.
Dos guacamayos que cantaban juntos
Uno de los casos más llamativos fue el de dos guacamayos machos, mayores y enfermos. Según la información de la Universidad Northeastern, apenas habían visto otro guacamayo en su vida. En las llamadas cantaban y bailaban juntos.
Cuando uno salía del encuadre, el otro le gritaba que volviera y tocaba otra vez la campana. Hirskyj-Douglas, profesora de Ciencias de la Computación en Glasgow, lo recordó así: «Fue realmente precioso, esos dos pájaros, para mí».
Otras parejas no funcionaron igual. Un periquito de bolsillo de unos 10 centímetros se alejaba de la pantalla en casi todas las llamadas. Solo regresaba cuando aparecía un compañero concreto.
Ya en la prueba piloto, con cuatro aves, Ellie, la cacatúa de Goffin de Cunha, se hizo amiga de Cookie, un loro gris africano de California. «Ha pasado más de un año y siguen hablando», contó Cunha en abril de 2023.
Buscar comida por primera vez
Al terminar, los cuidadores contaron cambios que no esperaban. La persona que cuida de ese periquito explicó que el ave aprendió a buscar comida por su cuenta, algo que llevaba un año intentando enseñarle. Otra cuidadora dijo que su loro empezó a volar más tras hablar con él.
También describieron aves más tranquilas, más seguras y con sonidos nuevos. Nadie informó de conductas negativas. Todos dijeron que la experiencia había merecido la pena, para sus loros y para ellos.
El propio estudio pide prudencia con estos testimonios, porque la mirada humana sobre lo que siente un animal es menos objetiva que los vídeos. Pasa lo mismo con otras conductas sorprendentes de los loros, que conviene leer con datos.
El experimento se suma a otros que han puesto a prueba la mente animal. Es el caso de los cuervos que superaron un test de geometría o de las jirafas que saben sumar mentalmente.
Directo frente a vídeo grabado
En mayo de 2024 el mismo equipo publicó un segundo trabajo con nueve loros durante seis meses. Esta vez podían llamar a un compañero en directo o ver un vídeo grabado de él. Según la Universidad de Glasgow, iniciaron 65 llamadas de 108 posibles en directo y solo 40 con las grabaciones.
Con interlocutores reales pasaron una media de 266 segundos por sesión, frente a 166 con los vídeos. En las sesiones grabadas, algunas aves se alejaban volando enseguida o ni siquiera iniciaban la llamada.
Sin grupo de comparación ni seguimiento
El estudio de 2023 no comparó a sus loros con otros que recibieran la misma atención sin pantallas. Por eso no puede separar el efecto de ver a otra ave del entrenamiento, la novedad o el tiempo extra con su cuidador. Según Northeastern, algunos loros disfrutaban mucho de esa atención.
Las autoras tampoco saben si las llamadas aguantarían a largo plazo sin el apoyo del equipo, porque exigían mucho tiempo y cuadrar horarios. En 2024, Hirskyj-Douglas admitió que «fue un estudio pequeño». Aún no se puede concluir si los loros distinguían el directo de la grabación.
Kleinberger advierte de que nadie debería abrir una videollamada con su loro y dar por hecho que irá bien. Los participantes tenían cuidadores con experiencia, y sin esa preparación las llamadas pueden provocar miedo o agresividad. «No estamos diciendo que puedas hacerlos tan felices como lo serían en libertad», resumió.
Foto: Matthew Modoono/Northeastern University








