Maryland anunció el 16 de septiembre de 2022 la erradicación del coipú, un roedor sudamericano que llegó en 1939 a una estación de investigación peletera. Hicieron falta 20 años de trabajo y unos 14.000 animales retirados de las marismas de la península de Delmarva. Colaboraron además más de 700 propietarios, según el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos (USFWS).
El último ejemplar conocido se capturó en mayo de 2015. Aun así, el anuncio tardó siete años más. Los equipos necesitaban pruebas de que ningún superviviente seguía escondido entre la vegetación.
Una estación peletera en Blackwater
El coipú (Myocastor coypus) es un roedor semiacuático que en inglés se llama «nutria». No tiene nada que ver con la nutria de los ríos españoles. Pesa de 5 a más de 9 kilos y tiene los dientes naranjas y la cola redonda.
En España también es una especie invasora que se controla en ríos de Girona. En Maryland, los primeros llegaron a la estación de animales peleteros del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Blackwater, en el condado de Dorchester. Algunos vivían en cercados al aire libre dentro de la marisma.
Según la base de datos de especies introducidas del Instituto Smithsonian, en la primavera de 1943 se mató a cinco ejemplares escapados en un cobertizo de barcas cercano. Ese registro añade que varios vecinos también soltaron coipús. La invasión, por tanto, no salió solo de aquella fuga.
Hacia 1994 se calculaba que vivían unos 100.000 en la zona de la bahía de Chesapeake. Para entonces, el negocio de la piel ya casi no existía.
Raíces arrancadas y marismas perdidas
A diferencia de los roedores nativos, el coipú no se limita a las hojas. El Departamento de Agricultura (USDA) explica que también se come raíces, rizomas y tubérculos. Son las partes enterradas que permiten a la planta rebrotar, así que la planta muere entera.
Sin esas raíces, el suelo queda suelto. El Departamento de Recursos de Vida Silvestre de Virginia describe cómo los coipús dejan las marismas convertidas en «manchas de barro desnudo». Con los años, la erosión las transforma en aguas abiertas.

Según el USFWS, Blackwater perdió más de 2000 hectáreas (5000 acres) de humedal. La culpa no fue solo del roedor, porque también influyeron la subida del nivel del mar y el hundimiento del terreno. En 2004, los daños del coipú se estimaban en 5,8 millones de dólares al año.
Esas marismas dan refugio a aves migratorias y al rascón negro. En ellas también se crían la lubina estriada y el cangrejo azul, de modo que su pérdida afecta a todo el humedal.
700 propietarios y 14.000 capturas
La campaña empezó en abril de 2002, tras un proyecto piloto de dos años. La dirigían el USFWS, el Departamento de Recursos Naturales de Maryland y Wildlife Services, el servicio del USDA que hacía el trabajo de campo.
Blackwater quedó limpio en noviembre de 2004, según el Smithsonian. Sin embargo, los coipús seguían en las fincas de alrededor. Cerca de la mitad de los 14.000 animales retirados salió de terrenos privados.
Kevin Sullivan, director estatal de Wildlife Services, lo resumió así: el proyecto «solo fue posible gracias a la extraordinaria colaboración entre socios privados, estatales y federales». Al final se protegieron más de 100.000 hectáreas de marisma.
Perros que buscaban excrementos
Cuantos menos coipús quedaban, más costaba encontrarlos. Los equipos entrenaron perros para oler excrementos, mucho más fáciles de localizar que un animal escondido en una marisma enorme.
También usaron coipús esterilizados con radiotransmisores, que llevaban a los técnicos hasta otros ejemplares. A eso se sumaron trampas para recoger pelo, cámaras y búsquedas en barca y a pie.
Un trabajo de 2016 citado por el Smithsonian concluyó que las trampas de pelo detectaban mejor que las cámaras. Un estudio posterior comparó perros y personas con cuatro coipús hipotéticos. La probabilidad de que un perro encontrara a cada uno iba de 0,16 a 0,95, y la de una persona, de 0,02 a 0,34.
Siete años sin una detección
Entre mayo de 2015 y el anuncio pasaron siete años de vigilancia sin capturas. Los autores lo explican en su artículo en Biological Invasions: «No detectar no equivale a una ausencia completa».
Su modelo usó los recorridos de perros y personas entre 2015 y 2018 en los 1,7 millones de hectáreas de Delmarva. Con los datos hasta finales de 2020, la probabilidad de erradicación era del 75 %. El objetivo para darla por hecha era del 95 %.
El cálculo preveía llegar a ese 95 % en junio de 2022 si no aparecían animales. Tres meses después llegó el anuncio oficial.
Jeannie Haddaway-Riccio, entonces secretaria de Recursos Naturales de Maryland, habló de años de trabajo duro. Según ella, habían demostrado que erradicar esta especie invasora «es posible».
Virginia sigue con coipús en 2026
El éxito no alcanza a toda la costa este. En 2021 aparecieron coipús en la zona de Tidewater, en Virginia, y el proyecto de Maryland pasó a formar y financiar a biólogos de ese estado.
Allí los animales llegaron desde Carolina del Norte por ríos y humedales costeros. El río Chickahominy es hoy su límite norte en el estado. El mapa del Departamento de Recursos de Vida Silvestre de Virginia, actualizado el 27 de abril de 2026, recoge avistamientos confirmados hasta febrero.
Ese organismo pide a los ciudadanos que avisen si ven uno y que, si pueden, manden una foto. Tampoco está resuelta la recuperación de Blackwater, porque quitar al coipú no frena la subida del mar.
El USFWS prioriza qué marismas restaurar y protege corredores para que puedan desplazarse tierra adentro. Es un camino parecido al de otros proyectos de restauración de ecosistemas que retiraron a una especie que se comía su hábitat.
Foto: Christine Eustis / USFWS








