Marruecos lleva años mirando al cielo y viendo pocas nubes. Tras una sequía prolongada, el país ha puesto sobre la mesa un giro grande en su forma de asegurar el agua potable, con una meta que impresiona por tamaño y por urgencia.
La idea es clara en el papel. Producir 1.700 millones de metros cúbicos de agua desalada al año en 2030 y, con ese volumen, lograr que el 60% del agua potable venga del mar, frente a alrededor del 25% actual, apoyándose en plantas alimentadas con energías renovables.
Un cambio de escala
El anuncio se conoció en diciembre de 2025, cuando el ministro de Equipamiento y Agua, Nizar Baraka, explicó que Marruecos quiere que la desalinización cubra el 60% del agua potable en 2030. Para ello, el objetivo es llegar a 1.700 millones de metros cúbicos anuales, sumando proyectos en marcha y nuevas plantas que irán saliendo a concurso.
Hoy la foto es muy distinta. Marruecos cuenta con 17 desalinizadoras que producen unos 345 millones de metros cúbicos al año, y hay cuatro más en construcción con una capacidad conjunta de 540 millones, previstas para 2027. Si se cumple el plan, el país pasaría a manejar una cantidad de agua desalada cercana a cinco veces la actual, algo así como 680.000 piscinas olímpicas cada año.
Lo llamativo es que el empuje no llega solo por la falta de lluvia, sino por la incertidumbre. En enero de 2026, Baraka llegó a declarar el fin de la sequía de siete años tras un invierno con lluvias un 95% superiores a las del año anterior y con embalses en torno al 46% de llenado medio. Eso da un respiro, pero no borra el problema de fondo.
Renovables para que el agua no dispare el CO2
Desalar no es magia, es electricidad y mucha ingeniería. La Agencia Internacional de la Energía recuerda que la desalinización es intensiva en energía y que a menudo requiere más de 1 kWh por cada metro cúbico de agua tratada, aunque la cifra depende de la tecnología y del diseño de la planta.
En plantas modernas de ósmosis inversa, que es la tecnología más extendida, el consumo eléctrico típico se mueve en torno a 2,5 a 4 kWh por metro cúbico gracias a mejoras como los sistemas de recuperación de energía. Dicho en lenguaje de calle, si la electricidad es cara, el agua también lo acaba siendo, y eso puede notarse en el riego y en el bolsillo.
Con esa referencia, la escala marroquí se entiende mejor. Producir 1.700 millones de m³ al año podría exigir del orden de 4 a 7 teravatios hora (TWh) anuales solo para la desalinización, según el consumo concreto de cada planta. Por eso Baraka insiste en que «todas las nuevas plantas de desalinización funcionarán con energías renovables» y en que «usar renovables ayudará de forma significativa a reducir el coste del agua».
Las plantas que vienen
El proyecto que más llama la atención es el previsto cerca de Tiznit, al sur del país. Según el ministro, se plantea una inversión de unos 10.000 millones de dírhams (en torno a 1.000 millones de dólares) y una capacidad anual de 350 millones de m³, pensada para abastecer tanto ciudades como zonas agrícolas.
Aquí hay un detalle importante para seguir la pista en 2026. Baraka explicó que «los estudios están en marcha» como preparación para el concurso de la planta, que debería anunciarse a mediados del año siguiente, lo que coloca el calendario de licitación en el corto plazo.
Además de Tiznit, el plan menciona futuras plantas en Nador y Tánger, y también en Rabat en colaboración con el grupo francés Veolia. En paralelo, se estudia un puerto en Tantan ligado a exportaciones de hidrógeno verde y amoníaco, una señal de que el agua empieza a cruzarse con la transición energética en más de un punto.
La salmuera, el otro lado del grifo
Hay un aspecto que suele quedar fuera del titular, pero que importa mucho en la práctica. En la mayoría de procesos de desalinización, por cada litro de agua potable se generan aproximadamente 1,5 litros de salmuera, un residuo más salino que el agua de mar y que puede contener restos de productos químicos usados en el tratamiento.
A escala mundial, la salmuera no es un detalle menor. Un trabajo muy citado sobre el estado de la desalinización estimó una descarga global de alrededor de 142 millones de m³ de salmuera al día, lo que obliga a pensar bien dónde y cómo se devuelve al mar para minimizar impactos.
Por eso, la clave no es solo construir plantas, sino diseñarlas bien y vigilar su funcionamiento. Sistemas de difusión, mezclado, controles del vertido y seguimiento ecológico ayudan a reducir riesgos, y cada costa tiene sus propios límites. Si el mar es la fuente, también es el ecosistema que hay que proteger.
Desalinizar no es gastar agua gratis
Marruecos también está marcando líneas rojas sobre para qué quiere usar esta agua. En junio de 2025, Baraka señaló que el agua desalada no se usará para el trigo por una cuestión de costes y de escala, pero sí puede liberar agua de embalses para la agricultura del interior.
El debate se vuelve más serio cuando entra el campo. En esa misma intervención, el ministro habló de «un desajuste entre el ritmo de la política agrícola y la política del agua» agravado por el cambio climático, y puso ejemplos como la prohibición de cultivos muy demandantes de agua (melones) en Tata y una reducción del 75% en Zagora.
En el fondo, la desalinización funciona mejor cuando no va sola. Reducción de fugas, reutilización de aguas depuradas y riego más eficiente suelen ser la otra cara de la moneda, porque el metro cúbico más barato y limpio es el que no hace falta producir.
La referencia institucional que enmarca esta hoja de ruta, con el objetivo de alcanzar 1,7 mil millones de m³ de agua desalada hacia 2030, está publicada en la web del Ministerio de Equipamiento y Agua de Marruecos.
Foto: Ministerio de Agricultura de Marruecos distribuida










