Greenpeace alerta del peligro que llega después de los incendios. Las tormentas caídas tras los terribles fuegos del verano amenazan con producir un desastre total. Greenpeace ha puesto el grito en el cielo pidiendo a los ayuntamientos que preparen de inmediato planes de choque.
La llegada inminente de las precipitaciones de otoño sobre montes arrasados amenaza con lavar la ceniza y arrastrar todo tipo de materiales. Ríos y embalses acabarán contaminados, poniendo en jaque el consumo de agua potable de las poblaciones.
Con más de doscientas sesenta mil hectáreas calcinadas este año, la pasividad de los políticos resulta alarmante. Se han superado récords históricos en varias comunidades sin que nadie aplique soluciones preventivas sobre el terreno.
Evitar una tragedia secundaria requiere frenar la erosión antes de que sea tarde. O las administraciones mueven ficha estabilizando el terreno expuesto, o los arrastres del fuego causarán daños completamente irreversibles.
Greenpeace alerta del peligro que llega después de los incendios: lluvias y cenizas
Greenpeace alerta del peligro que llega después de los incendios. Las lluvias torrenciales caídas en distintos puntos de España han vuelto a encender las alarmas ambientales. Greenpeace ha exigido a los ayuntamientos afectados por los incendios que tomen en cuenta que en breve llegarán las precipitaciones y hay que preparar actuaciones de choque de forma inmediata, para evitar que la escorrentía arrastre las cenizas hacia los ecosistemas fluviales y las localidades cercanas.
Luego de los incendios, la caída de lluvias resulta muy peligrosa, puesto que puede hacer que multitud de sedimentos, metales pesados y otros contaminantes acaben en los embalses, ríos y acuíferos. Es necesario tomar medidas para que no se produzca el deterioro de las reservas hídricas, para que se evite que la población corra el riesgo de no poder acceder a agua potable y que los pueblos de montaña vean peligrar su seguridad. Paralelamente, los ecosistemas acuáticos pueden acabar arrasados por esta causa.
Unos incendios que el cambio climático agrava
Los datos del MITECO son muy claros: más de 262.000 hectáreas fueron pasto de las llamas en lo que va del presente año. Y 44 grandes incendios forestales que se registraron no pueden considerarse una simple estadística, ya que confirman que el cambio climático está detrás de la virulencia de estos eventos extremos.
En el incendio de la localidad abulense de Burgohondo, que se considera el peor de la historia del país, ardieron casi 40.000 hectáreas, en los Gallardos, el fuego se llevó por delante 13 vidas, las 32.100 hectáreas calcinadas de Castilla-La Mancha son un récord histórico y la lista suma y sigue.
El escenario es desolador, por eso Greenpeace insiste en que no es posible que la pasividad permita que se produzca otra catástrofe cuando comience a llover. Proteger las aguas y las tierras de los procesos erosivos es vital para que las poblaciones, los ecosistemas y la biodiversidad no sigan pagando las consecuencias de los incendios.
Después del fuego hay que actuar rápido
Greenpeace alerta del peligro que llega después de los incendios. Tras los fuegos, los debates mediáticos suelen centrarse en el coste económico que supuso la extinción y en las promesas de que se hará lo posible por regenerar y recuperar los ecosistemas quemados.
Pero la que viene ahora mismo es una de las fases más críticas, puesto que tras el verano llegan las lluvias de otoño y se deben tomar medidas urgentes para fijar los terrenos y proteger al agua de la contaminación.
España es un país gravemente amenazado por la desertificación, con casi el 70% de su superficie afectada por este problema y que no puede darse el lujo de perder un solo metro cuadrado más de suelo sano. La FAO recuerda que la formación de unos 3 centímetros de tierra fértil requiere hasta mil años y la erosión del agua de lluvia puede acabar con ella en unas pocas horas.
¿Qué se puede hacer?
Hay varios métodos que pueden aplicarse con el objetivo de frenar la erosión de las laderas. Una de ellas que se emplea para detener el arrastre de lodos es el acolchado orgánico, también conocido como ‘mulching’, que suele combinarse con la instalación de barreras vegetales fabricadas a partir de troncos y ramaje. También se deben aislar y limpiar los cauces y los drenajes, para que no haya un taponamiento en las ciudades y pueblos cercanos.
El mulching cuenta con el consenso científico en cuanto a su utilidad, puesto que incrementa la infiltración del agua, al tiempo que reduce de forma drástica el desgaste de los terrenos durante el primer año tras un incendio.
Hay ejemplos muy claros de que estas técnicas funcionan, ya que se aplicaron en los incendios de Ponte Caldelas en Galicia y con ello se logró frenar la erosión de forma contundente hasta en un 95%, y en Las Médulas en la provincia de León, donde se actuó de manera inmediata colocando paja agrícola, lo que evitó la pérdida de más del 85% del terreno.
Está confirmado que estas soluciones son eficaces, pero lamentablemente la estabilización de los terrenos quemados continúa sin ser prioritaria en el ámbito de la gestión pública. Hacen falta protocolos unificados para evitar que las medidas se apliquen sin conocimientos ni criterios técnicos o simplemente lleguen tarde.
Resulta vital que se logre implantar una metodología común que apunte a una evaluación rápida de las situaciones y que permita que se realicen intervenciones en las cuencas principales de abastecimiento de agua potable y en las áreas con mayor desnivel, y que ello se haga con tiempo, antes de que llegue la lluvia.
Y si no se actúa a tiempo…
Las consecuencias de no actuar son trágicas. En Manzaneda de Valdueza, León, 2 mujeres fallecieron porque las arrastró una riada provocada por unas fuertes lluvias en una zona calcinada y desprovista de cubierta vegetal. Y en localidades orensanas como Valdeorras o Viana, los desprendimientos de tierra y el arrastre de ceniza causaron severos destrozos en muchas viviendas y obligaron a cortar el suministro de agua potable a los vecinos en pleno verano.
Para evitar lo que se conoce como «chapapote de monte», las acciones deben llevarse a cabo durante las primeras semanas posteriores al apagado de las llamas. Aunque la restauración forestal recae sobre las comunidades autónomas, la envergadura de los incendios actuales exige un mando coordinado con el Gobierno central en materia de financiación, gestión de cuencas e infraestructura hídrica para proteger la vida humana y el medio natural.



